Ahí viene el agua

Si ya saben por dónde va a pasar el agua, ¿por qué seguir construyendo en esos lugares?

Como todos los años, ya viene la temporada de lluvias. Y como todos los años, los huracanes y aguaceros nos van a romper la madre. Lo que no logro explicarme es cómo dejamos que ocurra la tragedia una y otra vez; el agua llega, nos ahoga y destruye… y este ciclo parece repetirse sin posibilidad de romperse. Le explico: todo se basa en la observación, ese proceso fundamental que sirve de base para el método científico. Año tras año hemos tenido oportunidad de registrar el comportamiento de los flujos de agua. De esta manera ya sabemos por dónde baja, dónde se concentra, los daños más probables que causará y así. Pero he visto tantos ejemplos de lo contrario; una avenida cerca de mi casa es atravesada por un arroyo que baja de la montaña. Cada que llueve torrencialmente, el flujo arrastra rocas, troncos y chingadera y media y obstruye la calle. Y después ve usted a una cuadrilla limpiando el escombro. Hace unos meses al municipio se le ocurrió la brillante idea de cavar un túnel para que el arroyo drenara su carga directo al río. Bien ahí. El detalle es que durante décadas a nadie se le ocurrió resolver el problema; creo que les pareció que salía más barato limpiar el caos que ocasionaba que pensar en una solución a largo plazo.

He escuchado muchas historias de personas que viven en estados como Tabasco, Veracruz y Guerrero que no comprenden cómo en poblaciones que cada año sufren inundaciones severas la gente sigue construyendo en los mismos sitios por donde siempre pasa el agua o en terrenos que siempre terminan anegados. Coño, si ya saben por dónde va a pasar el agua, ¿por qué seguir construyendo o regresando a esos lugares? Inexplicable. Recuerdo el azote del huracán Gilberto allá en los ochenta; aquí en Nuevo León nos pegó bien duro. Semanas después visitamos los cañones en las montañas para apreciar el espectacular torrente de agua drenándose hacia los ríos; el escenario era avasallador. Basta con estudiar la geomorfología del entorno para darnos cuenta que el agua es el principal factor de erosión. Hay que ser muy pendejos o de plano no tener memoria para no prever, para no adelantarse a lo que sabemos va a ocurrir. Es como pararse frente a un tren que viaja a toda velocidad guiado por un maquinista ciego, sordo y enloquecido que además va alcoholizado y pegando de gritos. Gánele.

En el cuento de Francisco Rojas González, El Diosero, se narra la historia de un chamán lacandón que, en medio de un tormentoso aguacero y al lado de un río desbordado, se pone a elaborar dioses de barro de diferentes formas y potencias en un altar para combatir a las fuerzas de la naturaleza. Al final y después de varios intentos infructuosos, logra controlar el torrencial con un dios zoomorfo, quien gana la batalla, salvando la milpa y a la familia del chamán. En la realidad, ni chamanes ni rezos ni prendiéndole la veladora al santo o a la virgen van a evitar que la naturaleza exprese sus hálitos candentes, sus aguas, vientos, lumbres y sacudidas. El problema es que el fiero poder de la naturaleza no puede ser evitado, pero sí de cierta manera eludido, como al toro en el ruedo. Y, como dije al principio, eso se logra con observación y planeación. Y no es fácil, porque vivimos en un país donde los gobiernos no están efectivamente conectados con la población que se supone representan, luego no se da esta sinergia que logra que las cosas funcionen correctamente.

La naturaleza sigue su curso, como lo ha hecho durante millones de años, y nosotros nos atravesamos a lo pendejo, sin fijarnos. La cosa es que ahí viene el agua: hay que prepararnos ya, haciéndonos a un lado o viendo la forma de encauzarla, e incluso, aprovecharla.

chefherrera@gmail.com