Aerolínea

Al escuchar al piloto combinar palabras como turbulencia, riesgo y seguridad envía un mensaje perturbador.

Hay veces en que uno se sube a un avión piloteado por Satanás. Es raro, pero ocurre.

Ese día abordamos con un notable retraso de dos horas y media; los pasajeros, furiosos, estuvimos a punto de desbaratar el avión. El piloto anuncia: “Hoy tendremos un viaje tranquilo, sin embargo, podríamos encontrar un poco de turbulencia, pero nada que ponga en riesgo la seguridad del vuelo”. La mayoría de las personas no prestan atención a esta clase de mensajes, pero a mi lado viene un tipo trajeado que después de escuchar tal advertencia ya comienza a perspirar; hace una mueca, se afloja la corbata y se seca el sudor. Siempre hay gente que le aterra volar, y escuchar al piloto combinar palabras como turbulencia, riesgo y seguridad envía un mensaje perturbador.

Por fin despegamos y la gente aplaude.

Alcanzando cierta altura comienza el servicio. Como cocinero, presto especial atención al asunto de la comida. En primera clase te presentan un menú y debes escoger entre dos entradas, dos platos fuertes y postres. El alcohol viene incluido y puedes beberte hasta el oxígeno del avión si así lo deseas. Ordeno un whisky mientras llega la entrada. Mira, ya viene: camarones fosilizados con un puré asqueroso de aguacate y mango, repulsiva ensalada con vinagreta de albahaca y estiércol, panecillos tan duros como guijarros de río, mantequilla industrializada y vino rancio. Lo mejor es el plato fuerte: salmón –sin piel– extremadamente sobrecocido y con puntos quemados, acompañado de una guarnición bizarra de espinacas con una seudocrema y una gramínea amarga que no pude identificar. El salmón tenía la textura de un borrador escolar. Declino el postre y ordeno más whisky; mi cuerpo lo necesita. La azafata parece traer una telenovela en la cabeza y servir le importa un carajo: los foquitos de atención para llamar a la sobrecargo se encienden como focos de Navidad por toda la cabina. Todo mundo quiere algo, pero al personal parece importarle una chingada y la mitad de otra.

Las luces se apagan y de la consola superior se abren las pantallas de tele; se proyecta un filme que nadie conoce. De pronto el anuncio de abrocharse el cinturón se enciende y el piloto hace un anuncio: “Estamos experimentando turbulencia; por favor permanezcan en sus asientos con el cinturón de seguridad ajustado”. El tipo nervioso de al lado se desajusta la camisa y ordena un escocés doble; pronto cae dormido. Noto que tiene tanto vello en el canal auricular; los vellos son gruesos, largos, duros y negros. Me tensa un poco ir al lado de una persona con ese tipo de peculiaridad anatómica; es una imagen que no quisiera recordar. Atrás de mí vienen dos mujeres de cierta edad; no paran de hablar y yo tengo sueño. Para no escuchar a estas cotorras me pongo los audífonos. Ordeno más whisky. Afuera los relámpagos iluminan una densa masa nubosa mientras el avión se sacude. El nervioso de al lado despierta bruscamente, saca la bolsa de mareo y devuelve la cena. Las cotorras de atrás ríen y conversan –casi gritan–.

Iniciamos el descenso. El piloto hace un anuncio que nadie escucha ni le importa porque todos vienen o borrachos o dormidos o viendo la tonta película. Ya casi aterrizamos; no dejo de imaginar que tocando la pista el avión se va a romper y en medio de espantosos gritos y alaridos vamos a morir carbonizados. Siempre que estamos cerca de aterrizar me ocurre lo mismo. Doy un último sorbo al whisky, me ajusto el cinturón y observo al pasajero nervioso bañado en sudor apretar los dientes mientras encaja las uñas en el asiento.

Medio borracho, estresado y con el estómago hecho trizas abandono el avión y camino, zombificado, a recoger mi equipaje.

chefherrera@gmail.com