Aburridos

¿Realmente cree usted que con tanta cosa que hacer la vida pueda ser aburrida? Por favor. Desarrolle un interés por algo —lo que sea— y entréguese a él.

Estaba yo en mi casa cuando recibí la llamada de un cierto amigo. “Hola, estoy aburrido; ¿tú qué haces?”. Le di las buenas tardes y le colgué el teléfono. No puedo creer que alguien pueda llegar a aburrirse. Ojo: no confundir el ocio con el aburrimiento; el venerable ocio, que además de ser agradable, es no hacer nada —que a veces es mucho— mientras que el aburrimiento es no hacer nada sin quererlo y estar molesto por ello.

¿Realmente cree usted que con tanta cosa que hacer la vida pueda ser aburrida? Por favor. Desarrolle un interés por algo —lo que sea— y entréguese a él. Hay que ser un auténtico perezoso para no hallar una distracción adecuada. Aburrirse en una época así, no mamen.

Yo pienso que el problema es todo lo contrario: hay demasiada distracción e información. Vea usted: el fenómeno electrónico virtual ocupa —creo— la mayor parte de nuestro tiempo. El problema es que, además de la computadora, hemos diseñado un aparato móvil que nos acompaña a todas partes y al cual accedemos a toda hora. Imagine que a su teléfono o tableta se le acaba la pila, ¿qué hace? Hay gente que se angustia, no es broma. Otros sufren ataques de pánico. Y todavía se siguen haciendo esos objetos interesantísimos que constan de muchas páginas pegadas o cosidas entre un par de tapas; se llaman libros y son la fuente de nuestra sabiduría. También hay instrumentos musicales, cámaras fotográficas, ¡yoga!, el Selecciones del Reader’s Digest y el viejo truco de tomar un papel en blanco y ponerse a dibujar cualquier cosa con un lápiz. Y si todo eso falla, saque a pasear al perro. Qué complicado, de veras. Un señor que vivía antes por mi cuadra se la pasaba sentado en el porche de su casa, bebiendo cerveza y mirando todo cuanto ocurría en aquella calle (que no era mucho). Una vez que salí a pasear al perro me detuve a conversar con él; le pregunté de manera muy diplomática si tenía algún tipo de trabajo. “No”, contestó, “lo mío es beber y ver cómo van cambiando las cosas durante el día”. Cómo refutar eso. El tipo es un filósofo y yo pensando que era un flojo borracho. Ahí un ejemplo de lo que se puede hacer para combatir el aburrimiento, sin más.

El aburrimiento es un estado como de nihilismo momentáneo, una clase de cinismo, una inconformidad con el ambiente. Aburrirse es un término estéril, no existe, es una invención creada por seres depresivos, melancólicos y sin imaginación; no es un estado clínico ni psicológico; es un estado de confusión cultural que produce una inactividad inquietante.

Pero, ¿qué lo produce? Hay que pensar en la monotonía, hastío, el estrés, la angustia que genera la mortandad, la pérdida del gusto por lo simple y lo espontáneo; algo así. Pues no: el aburrimiento proviene directamente de la pereza mental, de no tener ganas. Ahórrese la explicación filosófica.

El punto es éste: en esta época uno no puede aburrirse, sencillamente no es posible. Le explico: tenemos la mejor pornografía de toda la historia, los videojuegos más estrambóticos y complejos, todas las películas que se han proyectado y que podemos accesarlas en un teléfono celular, ¿angry birds? También hay barajas y puede uno jugar solitario, aunque yo prefiero la masturbación. Encima, tenemos a nuestra disposición toneladas de alcohol y toda la música que guste y quiera. No entiendo dónde está el problema. Una persona que dice estar aburrida presenta un problema grave y tiene dos opciones: se suicida o va con un doctor para que le inyecten cafeína en el cerebro.

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