Un día en Caracas

Existe una gran humanidad en los lugares más inesperados de esta cuidad, a pesar de la crisis por la que atraviesa Venezuela. 
“Venezuela es un recordatorio de que la crisis puede sacar lo peor de las personas, pero también lo mejor. Existe una profunda humanidad en lugares inesperados".
“Venezuela es un recordatorio de que la crisis puede sacar lo peor de las personas, pero también lo mejor. Existe una profunda humanidad en lugares inesperados". (Ilustración: Shutterstock)

El Padre Pepe es un padre con “pilas”. El pasillo de su residencia en Caracas tiene una placa que dice: “Dios bendiga a la persona que no hace perder mi tiempo”. Adorado por los integrantes de su congregación, quienes bajan las ventanillas de sus coches para gritar, “Dios lo bendiga, padre”, erigió su iglesia en una ladera venezolana hace 26 años.

El último proyecto del Padre Pepe, cuando no oficia misas una tras otra, es construir un convento fuera de la ciudad. Le digo que me asombra que un hombre de 75 años levante ladrillos. Sus manos son ásperas y sus pantalones de franela están sostenidos por tirantes, el incansable padre solo encoge los hombros y sonríe. El loro en su patio trasero agrega una imitación de una risa alegre. 

Trabajé como periodista en Caracas en la década de 1990, y aunque es una ciudad de concreto que se construyó con el dinero del petróleo de la década de 1970 en el estilo áspero del centro de South Bank de Londres, de muchas formas sentí que eran los años dorados los que viví en este reino de lo maravilloso. Mi hijo nació aquí y a nuestro apartamento lo protegía un árbol de mango que dejaba caer la fruta en el techo.

En la actualidad, después de 17 desastrosos años de chavismo, queda muy poco de lo dorado en Venezuela, que está inmersa en la crisis, e incluso menos cosas por las que se puede uno reír. 

Regresé para ver qué tan mal están las cosas en el lugar que alguna vez llamé mi hogar, pero esta vez no como periodista. Me acompaña un amigo, el monje benedictino Laurence Freeman, quien actúa como traductor. Es el séptimo viaje de Freeman, y su misión es la misma cada vez que viaja: predicar sobre las virtudes de la meditación. Ésta es una práctica aparentemente sencilla, pero es muy difícil de hacer, sentarse quieto y vaciar tu mente durante 20 minutos cada día.

Freeman también da una serie de conferencias sobre “Romper el ciclo de la violencia”. Esto es muy relevante en un país con la segunda mayor tasa de homicidios del mundo. Es especialmente oportuno esta semana, ya que los emisarios del Vaticano se encuentran aquí para mediar las negociaciones entre la oposición y el gobierno, con las que se trata de detener un enfrentamiento sangriento aparentemente inevitable.

Freeman llama a la violencia “un fracaso de la imaginación”, que se produce cuando “no se controla la ira, cuando surge el enojo por la tristeza que experimentamos, cuando nos sentimos frustrados, traicionados o maltratados”. La meditación, agrega, interrumpe este pasaje de ira a la violencia porque hace que entremos en una pausa. Esto es tan cierto para una dura palabra o correos electrónicos de enojo como para un disparo. Ya que hay tanta furia sin control, la traición y el maltrato en Caracas, sus pláticas tienen mucha asistencia, y son profundamente conmovedoras.

Conducimos hacia Petare, el barrio marginal más grande de Sudamérica, para visitar la escuela jesuita “Fe y Alegría”, que se construyó “donde se detiene el asfalto”, como dice el refrán. Bordeamos un camino flanqueado por edificios de bovedilla, esquivamos autobuses que arrojan humo. Son las 8 de la mañana y debe ser la hora pico, pero las calles están extrañamente vacías. Veo una ventana ahumada con un letrero en la parte inferior que dice, “Tenemos café” y, agrega debajo, “pero ya no más”. 

Esta es parte del vacío que Padre Pepe nos describió la noche anterior, acompañados con una botella de whisky de 30 años -“Ye Monks Finest”-, una reliquia de los días en que se conocía al país como Venezuela Saudita y tenía el mayor consumo per cápita de whisky del mundo. Por supuesto, la vida diaria sigue su lucha, como en cualquier lado. Pero todo el que puede se va.

“Nadie quiere desperdiciar su vida aquí”, dice el Padre Pepe con una mueca. “También hay temor. Todo el mundo conoce a alguien al que detienen a punta de pistola. Mientras tanto, el gobierno habla de tonterías sobre de golpes de Estado y asesinos de derecha. Son una desgracia”. 

En Petare, la escuela es cualquier cosa menos una desgracia. El ambiente es brillante en el sol de la mañana, y el patio está limpio y recién pintado, con vistas a las montañas verdes. Entramos en un almacén para meditar con los alumnos y profesores. Me sorprende la facilidad con la que se tranquilizan los inquietos niños de ocho años, y por su autoabsorción. “El silencio es un lujo, hay demasiado ruido en casa, desde disparos hasta los motores en marcha”, dice un profesor. “Les encanta la meditación. Están menos agitados. Incluso vienen cuando la escuela está cerrada”. 

De regreso, nos detenemos a almorzar en una casa en Country Club, el distrito más rico de Caracas. A través de la vegetación tropical que oculta una reja con cadenas, veo carritos que cuidan y rodean un campo de golf.

Mientras comemos el pabellón criollo -un alimento básico de los trabajadores de arroz, frijoles y carne molida, ahora incosteable para la mayoría- escucho una historia sobre nuestro anfitrión, un empresario a quien secuestraron. Los gángsters le dieron una biblia para su consuelo y comenzó a aplicar la meditación durante su cautiverio. Un año después, cuando se pagó el rescate, los secuestradores le dijeron que era libre de irse, con la condición de que no los persiguiera después.

Venezuela es un recordatorio de que la crisis puede sacar lo peor de las personas, pero también lo mejor. Como subraya el padre Laurence, existe una profunda humanidad en lugares inesperados -incluso entre enemigos- y, por tanto, también el perdón y la posibilidad de una reconciliación, si se tiene una pequeña presencia meditativa en la mente.