Trump transformó al 'brexit' en un suicidio

La decisión de salir de la Unión Europea deja al país en mayor dependencia de Estados Unidos en el momento justo en que el presidente es una figura inestable.
El republicano y la primera ministra de GB se reunieron la semana pasada en la Casa Blanca.
El republicano y la primera ministra de GB se reunieron la semana pasada en la Casa Blanca. (Carlos Barria/Reuters)

Para los partidarios más fervientes del brexit, la elección de Donald Trump fue una mezcla de reivindicación y salvación.

El presidente de Estados Unidos, por decir lo menos, cree que para Gran Bretaña es una gran idea salir de la Unión Europea. Es más, parece que le ofrece una emocionante ruta de escape. Reino Unido puede saltar de la balsa podrida de la Unión Europea hacia el brillante acorazado HMS Anglosphere. Es una imagen atractiva. Por desgracia, está muy equivocada.

La elección de Trump transformó al brexit de ser una decisión arriesgada a ser un absoluto desastre. En los últimos 40 años, Gran Bretaña tuvo dos pilares centrales para su política exterior: ser parte de la Unión Europea y una “relación especial” con Estados Unidos. La decisión de salir de la Unión Europea deja a Gran Bretaña con una dependencia mucho mayor de EU, justo cuando éste elige a un presidente inestable que se opone a la mayoría de las propuestas centrales sobre las que se basa la política exterior del Reino Unido.

Durante el breve viaje de la primera ministra Theresa May a Washington, esta desagradable verdad quedó opacada en parte por las trivialidades y el comercio. La decisión de Trump de regresar el busto de Winston Churchill a la Oficina Oval fue recibida con alegría servil por los partidarios del brexit. Más importante, el gobierno de Trump dejó claro que piensa hacer un acuerdo comercial con Reino Unido en cuanto se consume el divorcio de Gran Bretaña con la Unión Europea.

Pero en cuanto May salió de Washington, Trump provocó un alboroto con su “veto musulmán”, que afecta a los inmigrantes y refugiados de siete países. Después de que por un momento breve se mostró ambigua, la primera ministra tuvo que distanciarse de su nuevo amigo en la Casa Blanca.

La disputa de los refugiados destaca hasta qué grado May y Trump tienen visiones encontradas del mundo. Incluso cuando se trata de comercio, la supuesta base de su nueva relación especial, los dos líderes tienen visiones muy diferentes. Theresa May dice que quiere que Reino Unido sea el campeón del libre comercio mundial. Pero Trump es el presidente estadunidense más proteccionista desde la década de los años 30.

Ese marcado choque de visiones será mucho más difícil de superar cuando Trump comience a aplicar aranceles a los productos extranjeros e ignorar a la Organización Mundial del Comercio. Además, cualquier acuerdo comercial con el gobierno de Trump probablemente sea más difícil de tragar para Gran Bretaña e implicará hacer polémicas concesiones sobre el Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) y la agricultura.

Los líderes de Gran Bretaña y EU también tienen actitudes profundamente diferentes hacia las organizaciones internacionales. May es una firme creyente de la importancia de la OTAN y de las Naciones Unidas. (La pertenencia permanente de Gran Bretaña en el Consejo de Seguridad de la ONU es uno de los pocos tótems que quedan del estatus de gran potencia). Pero Trump ya en dos ocasiones llamó obsoleta a la OTAN y amenaza con reducir el financiamiento de Estados Unidos a la ONU.

Los gobiernos de May y Trump también están en desacuerdo en cuestiones vitales sobre el futuro de la Unión Europea y Rusia. Trump es abiertamente desdeñoso de la Unión Europea y sus asesores especulan que podría deshacerse. Eso refleja las opiniones de Nigel Farage y el partido Independencia de Reino Unido (UK Independence), pero no del gobierno británico actual.

May sabe que las difíciles negociaciones que tendrá en breve con la Unión Europea serán poco menos que imposibles si los Estados miembros creen que Reino Unido trabaja de manera activa para destruir su organización en alianza con Trump. Su postura oficial es que Gran Bretaña quiere trabajar con una Unión Europea fuerte. Es probable que incluso realmente sea cierto, dados los peligros económicos y políticos que surgirían con su desintegración. Uno de los mayores peligros es la creciente amenaza del resurgimiento de Rusia. El gobierno británico trabajó en estrecha colaboración con la administración Obama para imponer sanciones económicas a ese país después de la anexión de Crimea. Pero Trump ya coquetea con levantar las sanciones.

La realidad es que Reino Unido ahora se enfrenta a un presidente estadunidense que fundamentalmente está contra la visión británica del mundo. Por todas las sonrisas forzadas en la Oficina Oval la semana pasada, el gobierno de May sin duda sabe esto. Por razones políticas, Boris Johnson, el ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, tiene que hablar sobre la posibilidad de un acuerdo comercial con Trump. Sin embargo, apenas hace unos meses Johnson decía que Trump estaba “fuera de sus cabales” y que lo traicionaba una “asombrosa ignorancia del mundo”.

Si no fuera por el brexit, una causa que Johnson defendió con entusiasmo, el gobierno de Reino Unido podría adoptar un enfoque cauteloso a Trump.

Si Gran Bretaña hubiera votado por permanecer dentro de la Unión Europea, la respuesta obvia a la llegada de un proteccionista a favor de Rusia a la Oficina Oval sería acercarse a sus aliados europeos. Gran Bretaña podría defender el libre comercio de manera mucho más efectiva con el respaldo de la mayor parte de la Unión Europea y también podría iniciar el análisis de las posibilidades de una mayor cooperación de defensa de la Unión Europea.

Tal parece que Gran Bretaña se arroja a los brazos del presidente estadunidense al que el secretario de relaciones exteriores de Reino Unido definió como un loco.

gideon.rachman@ft.com