La insensata guerra contra las bajas tasas de interés

El gobierno quiere proteger a los que pierden con la política monetaria, pero debe sopesar otras reclamaciones sobre sus recursos escasos.
“Lo que reduce las tasas de interés real y los precios de los activos es un mayor pesimismo sobre las perspectivas económicas. Los bancos centrales no provocan ese pesimismo".
“Lo que reduce las tasas de interés real y los precios de los activos es un mayor pesimismo sobre las perspectivas económicas. Los bancos centrales no provocan ese pesimismo". (Ilustración: Shutterstock)

Muchos detestan las tasas de interés ultrabajas de la actualidad. También dejan en claro a quién culpar: a los bancos centrales.

Theresa May, primera ministra británica, se unió a la contienda, y dijo que “si bien la política monetaria ofreció el medicamento de emergencia que se necesitaba después de la crisis financiera, hay que reconocer que algunos efectos secundarios son negativos. La gente con activos se vuelve más rica. Las personas sin ellos, sufrieron. La gente con hipotecas descubrió que sus deudas son más baratas. Las personas con ahorros descubren que son más pobres. Se debe dar un cambio”.

Así que, ¿cómo puede el gobierno lograr ese cambio? La respuesta no es obvia. Como Ben Broadbent, vicegobernador del Banco de Inglaterra, señala, las tasas de interés reales a largo plazo cayeron a cero (o por debajo) en los últimos 25 años. Por otra parte, según el FMI, la inflación subyacente a los precios del consumidor fue débil en las economías de altos ingresos. “Con una inflación relativamente estable, es difícil creer que los bancos centrales hacían mucho más que seguir un descenso similar en la tasa de interés neutral”, dice.

A primera vista, los bancos centrales siguen las fuerzas reales de la economía, mientras toman en cuenta la reciente debilidad de la demanda que provocó la crisis financiera y la excesiva acumulación de deuda privada que le precedió.

Al tomar esto en consideración, los descensos sostenibles en las tasas de interés real, la inflación baja y la débil demanda privada, ¿existe una alternativa creíble de políticas?

Una objeción a las políticas actuales es aullar de dolor: las bajas tasas de interés minan los modelos de negocio de los bancos y de las aseguradoras; los bajos ingresos de los ahorradores, devastan la solvencia de las pensiones, aumentan los precios de los activos y empeoran la desigualdad.

Como señaló Mark Carney, gobernador del banco de Inglaterra, la política monetaria tiene consecuencias de distribución pero “el gobierno compensa si así lo desea”. Que el gobierno use recursos fiscales para compensar a la gente que tiene grandes cantidades de cuentas de ahorros es dudoso. Estos difícilmente son los más pobres. En la medida en que las bajas tasas promueven la recuperación, casi todo el mundo se beneficia.

Las consecuencias en la distribución de las políticas monetarias después de la crisis también son complejas. En el Reino Unido, la distribución de los ingresos parece ser menos inequitativa, pero la desigualdad de la distribución de la riqueza es mayor.

Las tasas de interés más bajas no deben empeorar los déficits de las pensiones: eso depende de lo que ocurre con el valor de los activos que tienen los fondos de pensiones. Normalmente, las tasas de interés más bajas elevan a estos últimos, lo que reduce las tasas de interés real y los precios de los activos es un mayor pesimismo sobre las perspectivas económicas. 

Los bancos centrales no provocan ese pesimismo sino que tratan de compensarlo. El impacto de las tasas bajas, incluso nominales negativas, en los modelos de negocios de intermediarios financieros, se puede tratar con un cambio en esos modelos o al eliminar la necesidad de ese tipo de tasas bajas.

Un grupo de objeciones más convincente es que el marco de la política o la visión de cómo funciona la política está equivocada. En el centro del marco está el objetivo de inflación, que puede causar problemas, sobre todo si se ignora el impacto que tiene la política sobre las finanzas, como durante la crisis.

Pero es imposible creer que la deflación puede hacer que la administración de la economía mundial, que se caracteriza por su demanda débil, sea más fácil. Por el contrario, la deflación hace que sean necesarias las tasas nominales negativas. Es esencial mantener, y lograr, el objetivo de inflación.

Algunos argumentan que las bajas tasas debilitan la demanda al reducir el gasto, estancar el crecimiento de la productividad y estimular el endeudamiento privado. Pero no hay una razón clara de por qué las tasas bajas deben reducir el gasto agregado, ya que se desplazan los ingresos de los acreedores a los deudores. Las bajas tasas también hacen que sea más barato el endeudamiento. Eso debe estimular la inversión y aumentar el crecimiento de la productividad.

Las tasas bajas hacen que las deudas sean más soportables y alientan al endeudamiento y al gasto. Si a los gobiernos no les gusta este mecanismo, tienen que reemplazar el endeudamiento privado con el público, en apoyo a la inversión en infraestructura. Además, necesitan reformas estructurales, especialmente en los impuestos, para fomentar la inversión privada y desalentar el ahorro. Entre los países más grandes de altos ingresos, Alemania y Japón son los que necesitan más esas reformas.

Lo que ha hecho May es causar confusión. Es un error que un jefe de gobierno critique al banco central en sus esfuerzos por lograr el objetivo que el mismo gobierno fijó. No hay una razón para creer que el Banco de Inglaterra va en el camino equivocado sobre su mandato.

Sin embargo, si el gobierno quiere cambiarlo, entonces esto requiere un análisis cuidadoso. Todos los cambios crean riesgos. Deshacerse de las líneas es una forma equivocada de comenzar. Si el gobierno quiere proteger a los que pierden con la política monetaria, debe sopesar otras reclamaciones sobre sus recursos escasos.

Pero si quieren disminuir la carga de la política monetaria, déjenos cantar “aleluya”. Ya es hora de que los gobiernos examinen la combinación de la política fiscal, la reestructuración de la deuda y las reformas estructurales que pueden ayudar a que los bancos centrales logren el vigoroso crecimiento económico que la economía mundial necesita.