Rodrigo Duterte: castiga y engancha

El presidente de Filipinas actúa impulsivamente: mantiene una guerra sangrienta contra las drogas y se le responsabiliza de la muerte de 1,700 personas, pero muchos filipinos todavía lo justifican.
"Su argumento de ventas mezcla el populismo de izquierda social progresista con el autoritarismo de derecha, con el impulso de un comediante de stand-up que tiene la urgencia de entretener, sin preocuparse por ofender”.
"Su argumento de ventas mezcla el populismo de izquierda social progresista con el autoritarismo de derecha, con el impulso de un comediante de stand-up que tiene la urgencia de entretener, sin preocuparse por ofender”. (Reuters)

Rodrigo Duterte apenas tiene 100 días en el poder, pero ya logró más noticias que algunos líderes en todo su mandato. El presidente de las Filipinas puso en marcha una sangrienta guerra contra las drogas, amenazó con la ruptura de la alianza con Estados Unidos (EU) y llegó a los titulares con punzantes declaraciones sobre distintos blancos, que van desde Barack Obama hasta la ONU. Se le comparó con Donald Trump y él se dijo similar a Adolf Hitler.

La indignación que provocó la rabia incontrolable de Duterte oculta una astuta maniobra de un experimentado político que barrió una sorprendente victoria en mayo. 

Su argumento de ventas mezcla el populismo de izquierda social progresista con el autoritarismo de derecha, con la de un comediante de stand-up que tiene la urgencia de entretener, sin preocuparse por ofender.

“La audiencia de Filipinas aprecia el efecto general, mientras que los analistas internacionales se centran en los comentarios más descabellados”, dice Richard Javad Heydarian, analista de política de Filipinas, quien identifica lo que llama los “tres Duterte”: el hombre espectáculo, el castigador y una maquiavélica movida ofensiva. “Por eso mantiene su popularidad, pero el mundo se rebela contra él”.

La actuación combativa de Duterte, el político de 71 años, más o menos durante la última semana puede servir como un microcosmos de su presidencia a la fecha. Un domingo dijo que lamentaba los comentarios que hizo sobre Hitler, en los que dijo que le gustaría matar a millones de adictos. Para el martes, le dijo a Obama que “se vaya al diablo” y predijo que Manila podría cambiar su acogida militar que tiene con EU por un acuerdo de armas con Beijing y Moscú, lo que potencialmente ofrece una oportunidad para que China, con su hambre de territorio, domine el mar del sureste de Asia.

El jueves de esa semana, una encuesta independiente de opinión sugirió que más de tres cuartas partes de los filipinos están satisfechos con la actuación impulsiva de su líder, hasta el momento.

Las pistas importantes para entender a Duterte se encuentran en su crianza en la isla del sur de Mindanao, plagada de conflictos, es hijo de un político en busca de suerte, Vicente Duterte, quien logró ser gobernador de la provincia de Davao entre 1959 y 1965. Walden Bello, académico y exlegislador filipino, dice que Duterte es producto del “turbulento mundo de la política de la frontera” en una zona en la que, desde hace mucho tiempo, hay movimientos insurgentes islamistas y comunistas.

Duterte es un padre soltero de cuatro hijos de relaciones anteriores, primero fue alcalde de la ciudad de Davao en 1988, para después mantenerse en el cargo durante más de 20 años. Su implacable ofensiva contra el crimen le ganó el apoyo popular y el apodo de “Duterte Harry”. Cuando los grupos de derechos humanos afirmaron que escuadrones de la muerte que él apoyaba eran responsables de la muerte de 700 personas, Duterte afirmó sin vergüenza que el número era 1,700.

Asumió el papel de comisario duro y lo lleva sin complejos en el palacio presidencial. Esto tuvo un drástico impacto en la política extranjera, donde Duterte suavizó la posición de línea dura de la administración anterior sobre las reclamaciones marítimas de China y puso freno a las críticas de occidente sobre su historial de derechos humanos.

Otra pieza importante del rompecabezas de Duterte es su formación como abogado y el cultivo de amistades y alianzas con figuras de la izquierda política, algunos de los cuales asumieron cargos de ministros en su gobierno. Demostró que tiene un toque común al prometer medidas para mejorar la vida diaria de los filipinos ordinarios al reiniciar proyectos ferroviarios retrasados y disminuir el notorio embotellamiento de tráfico de Manila.

Duterte también le dio prioridad al largo y aparentemente intratable proceso de paz de Mindanao y trata de aprovechar sus relaciones con los líderes insurgentes. Reclamó una herencia musulmana e incluso cantó “Allahu Akbar” -Dios es grande- durante su campaña presidencial. Heydarian recuerda que se preguntó en una conferencia, medio en broma: “¿Qué tal si lo nominan al Premio Nobel de la Paz?”

La política más sorprendente a la fecha es su ofensiva contra las drogas que llevó a la muerte de más de 3,000 personas, se estima que la mitad de ellos murieron de forma extrajudicial. Logró tocar una fibra popular, porque el problema de narcóticos en el país es enorme y los esfuerzos anteriores para lidiar con el asunto fracasaron, a menudo cayeron presa de la corrupción. 

La tendencia de los seres humanos, que de otra manera son personas decentes, cuando están en una situación desesperada excusan un comportamiento brutal hacia otros, hizo el resto. “Sé que no está bien”, dijo una ciudadana filipina, quien pidió que no se diera su nombre, sobre la guerra contra las drogas en la que se describe la muerte de inocentes como “sacrificios” necesarios. “Pero tenemos que hacer algo. Y tenemos que ser duros”.

Con esas opiniones, Duterte mantendrá su popularidad. El riesgo para él es que su descaro, sus apuestas geopolíticas y el lado oscuro de su personalidad, lo abrumen. Aún disfruta de una luna de miel política. Queda mucho tiempo para una desilusión pública con este líder, uno de los más volátiles que existe.