¿La sucesión en Banco Santander fue un dedazo?

Tras la muerte del presidente de la institución española, su hija fue nombrada de inmediato, sin seguir el proceso adecuado.
La presidenta del banco español, Ana Botín.
La presidenta del banco español, Ana Botín. (Eloy Alonso/Reuters)

De la gran cantidad de columnas que se escribieron por la muerte de Emilio Botín, el patriarca de la banca española, relativamente pocos cuestionaron el proceso para elegir a su hija Ana como presidente de Santander, el banco más grande de Europa. Sin embargo, el proceso habla mucho sobre la manera en que muchas empresas de ese continente eligen a sus jefes. Botín murió la tarde del 9 de septiembre. Al día siguiente, Ana fue designada al puesto.

Nadie cuestionaría sus credenciales. Ella tiene mucha experiencia, tanto en JP Morgan como en el mismo Santander, y como directora no ejecutiva de Coca-Cola, además habla un inglés casi perfecto. Su trayectoria en Santander es algo contradictoria. Ella presidió una incursión demasiado ambiciosa en banca de inversión en la década de los 90. Y, en Santander UK, el antiguo Abbey National, las utilidades cayeron durante su gestión de cuatro años.

Sin embargo, a pesar de sus buenas credenciales, Santander no pasó por el debido proceso de seleccionar a su presidente para una compañía que cotiza en bolsa. Esto no quiere decir que la otra alternativa, contratar cazatalentos y entrevistar a candidatos tanto internos como externos, sea perfecta. Pero al menos es transparente y competitiva. Además, la junta de administración de Santander, como muchas en Europa, han fracasado en aprovechar la oportunidad de separar las funciones ejecutivas de las de supervisión: la presidencia de Ana Botín tiene poderes ejecutivos, como la de su padre.

No solamente las empresas españolas manejan mal las sucesiones. La semana pasada, en Francia, Maurice Lévy fue designado para servir otros tres años más como director ejecutivo y presidente de Publicis, lo que llevará al hombre de 72 años a permanecer a la cabeza durante 30 años.

Al igual que Ana Botín, Lévy bien podría ser la mejor persona para el puesto, pero su reelección sugiere, al menos, que la junta de administración no se responsabiliza con la debida seriedad del plan de sucesión.