Miguel Zugaza: tras las bambalinas del Museo del Prado de Madrid

Con una formación como historiador de arte se deleita con extraer de las bóvedas los nuevos descubrimientos, así como recorrer el museo en medio de las multitudes.
Miguel Zugaza, actual director del Museo del Prado,
El Prado no es extenso, sino profundo. Realmente puedes sentir la presencia de los artistas aquí”, dice Zugaza. (Facebook: Museo Nacional del Prado)

Lo primero que sorprende de Miguel Zugaza es su oficina. El director del Museo del Prado de Madrid no trabaja en el edificio palaciego que alberga al mayor museo de arte de España, sino en una cuadra anónima al otro lado de la calle. Su modesta oficina está llena de libros y catálogos, y como decoración tiene un puñado de pinturas modernas. Pero no hay nada que indique el esplendor de la colección que administra desde 2002.

Zugaza es un hombre que tiene ideas claras sobre el papel que desempeña un museo en el siglo XXI, y sobre los difíciles equilibrios que tiene que lograr, entre la conservación, la presentación, entre acoger tecnología de vanguardia y permitir que los visitantes disfruten una obra maestra de cientos de años de antigüedad sin un filtro moderno.

Con una formación como historiador de arte y que logró su nombre como director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, se deleita con extraer de las bóvedas los nuevos descubrimientos. (Un hallazgo reciente fue una versión contemporánea de taller de la Mona Lisa). Pero también disfruta recorrer el museo en medio de las multitudes, ver a los visitantes mientras observan el arte.

Zugaza presidió una expansión histórica del Prado y organizó exitosas exposiciones como la retrospectiva de Hieronymus Bosch (El Bosco) este año. Sin embargo, insiste en que la primera tarea, y la más importante, de un museo es conservar, preservar, restaurar y comprender la colección. Hacer un espectáculo para las masas nunca debe ser la prioridad, dice, y no es la del Prado.

“El papel de un museo se basa en la memoria de la nación y de la civilización. Tenemos una gran responsabilidad para conservar el pasado, la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, un museo es una herramienta para educar a la sociedad”, dice Zugaza. Sin embargo, la conservación siempre viene primero: “Incluso si nunca abriéramos las puertas del Prado cumpliríamos una importante misión, la conservación del material intelectual de nuestra colección”.

No es que a Prado le falte atractivo popular. El número de visitantes anuales subió constantemente en los últimos años, y tan solo la exposición de Bosch atrajo a 600,000 entusiastas del arte durante el verano. Pero Zugaza insiste en que sería malo evaluar a su institución bajo esos estándares. “No creemos que el éxito de un museo dependa de la audiencia. Ese no es el criterio que utilizamos en el Prado”, dice.

“Algunas exposiciones tienen más visitas que otras. Pero es un error pensar que el futuro de un museo, o su viabilidad económica, dependen del éxito de sus exposiciones”.

La mayoría de los tesoros del Prado provienen de la colección real de España, y reflejan los gustos y la época de los anteriores gobernantes del país.

Según Zugaza, eso le da al museo una personalidad que lo separa de otras grandes colecciones como la National Gallery de Londres. El Prado, dice, no afirma que tiene una amplitud enciclopédica. En vez de eso, se enorgullece de ser propietario de obras clave de un pequeño, pero ilustre, grupo de pintores.

Ningún otro museo se acerca a la colección que tiene el Prado de obras de Velázquez, El Greco y Goya. Maestros flamencos como Bosch, Bruegel y van der Weyden tienen una representación magnífica, al igual que Tiziano y Rubens. Algunos pintores muy conocidos están ausentes, pero el Prado compensa por mucho esos vacíos con obras importantes de Fra Angelico, Rafael, Botticelli y Albrecht Dürer.

“El Prado no es extenso, sino profundo”, dice el director. “Realmente puedes sentir la presencia de los artistas aquí. Es un poco como caminar del estudio de Bosch al estudio de Tiziano al taller de Rubens en Amberes. Este no es un lugar para historiadores del arte, sino para los artistas”.

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El Prado tampoco es un lugar para los smartphones, algo inusual. “A los visitantes no se les permite tomar ‘selfies’, y tampoco tomar fotografías de las pinturas. Queremos ofrecer una relación directa entre el visitante y la obra de arte. No hay necesidad de que intervenga la tecnología”, dice Zugaza.

La política, insiste, no tiene nada que ver con una aversión a la tecnología (el Prado fue una de las primeras grandes galerías que permitió la distribución gratuita de imágenes en alta resolución en línea). Tampoco es que el museo se muestre renuente al cambio.

Este año, en parte como respuesta a una exposición histórica, el Prado decidió transformar los salones de su célebre colección de Bosch y Bruegel. De manera crucial, el famoso tríptico de Bosch “El Jardín de las Delicias” ahora está visible por primera vez de todos los lados. O a una escala mayor, el Prado se prepara para conmemorar su 200 aniversario como museo público en 2019, y continúa con sus planes para incorporar otro edificio en las cercanías a su cartera de espacios de exposición.

Sin embargo, a pesar de todos los cambios y desafíos a los que se enfrenta actualmente el museo de arte, la razón para venir y ver el Prado siempre será la misma: “Si quieres entender Europa en la era moderna, del siglo XV al XVIII, tienes que venir a ver el Prado”, dice Zugaza. Su museo, dice el director, no es otra cosa que “un retrato de Europa”.