El libre comercio pende de caprichos de Trump

El presidente electo de EU puede ser más letal para la globalización que las crisis y los ataques terroristas.
Tráileres con mercancías cruzan el puente internacional Zaragoza-El Paso, en la frontera México-EU.
Tráileres con mercancías cruzan el puente internacional Zaragoza-El Paso, en la frontera México-EU. (José Luis González/Reuters)

La era actual de la globalización, que comenzó en la década de los años 90, se compara frecuentemente con la “era de oro” de la integración económica mundial, que comenzó casi un siglo antes, en 1870. En ese entonces, como ahora, hubo protestas contra lo que se percibían como las desigualdades y vicisitudes del comercio, y se exigían aranceles para proteger a los productores locales de la competencia extranjera. Pero tuvo que ocurrir la Primera Guerra Mundial y más tarde la Gran Depresión para poner fin a esa era de globalización.

El fin de la era actual se ha predicho a menudo. Una serie de conmociones puso a prueba la resistencia del sistema de comercio mundial, los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, el enorme aumento de los precios del petróleo y la crisis financiera mundial de 2007-2009 fueron las principales.

El comercio de bienes, de hecho, se desaceleró en los últimos años. Sin embargo, hasta ahora, la nueva edad de oro no ha llegado a su final. Pero si hay una persona que amenaza con poner en peligro esta paz relativa, ésta es Donald Trump.

Si bien muchos candidatos presidenciales de Estados Unidos hablaron con un duro lenguaje proteccionista durante las campañas electorales, la retórica de Trump es diferente. Los planes que tiene el presidente electo, de imponer enormes aranceles a las importaciones de China y México y romper los acuerdos comerciales, a menos de que se vuelvan a negociar, fundamentalmente sería el golpe más grande que recibirá el comercio mundial en décadas.

Cuando llegue a la Oficina Oval, Trump estudiará un sistema de comercio mundial que parece peor de lo que en realidad es. El comercio de bienes creció más o menos el doble del PIB global en los años previos a la crisis financiera mundial, desde entonces apenas se desaceleró para mantener el ritmo. Pero aunque algunos afirman que el proteccionismo desempeñó un papel, la explicación más probable es que algunas cadenas de suministros que anteriormente se dividían entre países ahora se desarrollan cada vez más dentro de una sola economía, sobre todo China.

En principio no hay nada malo con eso: es el efecto de que los mercados emergentes suban en la cadena de valor y que las compañías tomen decisiones de negocios apropiadas. Pero la intervención generalizada y el proteccionismo del gobierno son un asunto diferente.

Trump compró la idea de que la economía mundial esencialmente es un juego de suma cero, y los empleos que se crearon en China se dieron directamente a expensas de los de Estados Unidos. La sección de comercio de su administración la empieza a llenar con personas que parecen pensar lo mismo.

Los candidatos de Trump para el puesto de secretario de Comercio, Wilbur Ross, y para dirigir el Consejo de Comercio, Peter Navarro, del nuevo gobierno son proteccionistas instintivos. Su elección para ser el representante de Comercio, Robert Lighthizer, es un abogado comercial que durante décadas peleó para proteger a la industria siderúrgica de las importaciones baratas.

La pregunta es si Trump en realidad quiere comenzar conflictos comerciales generalizados o simplemente ganar algunos puntos que le vendrán bien en los estados del medio oeste que le dieron su victoria.

Desde su elección pregonó un par de decisiones, las medidas de Carrier y de Ford para mantener parte de la producción en Michigan en lugar de ampliarlas en México, como evidencia de la posibilidad de que su presidencia conserve los empleos en EU. Estas decisiones, que implican algunos cientos de puestos de trabajo, son de pequeña importancia. Si Trump está contento con algunas victorias simbólicas, tal vez pueda abstenerse de entrar en un conflicto mayor y el comercio mundial puede continuar relativamente sin cambios.

Pero si realmente quiere usar el poder de la presidencia para obligar a los productores a fabricar sus bienes en EU, hay varios pasos significativos que puede tomar.

Como señala Gary Hufbauer, del Instituto Peterson, el grupo de expertos con sede en Washington, DC, los presidentes de Estados Unidos tienen mucho más poder para romper acuerdos comerciales que para hacerlos. Trump fácilmente puede cumplir con su amenaza de derogar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que ha sido una piedra angular de la política comercial de Estados Unidos durante más de dos décadas.

Además, al declarar que ahora tomará represalias contra las prácticas desleales de sus socios comerciales o que reacciona a una situación de emergencia, Trump puede elevar fuertemente los aranceles. Por supuesto, esas acciones estarán sujetas a litigios en la Organización Mundial de Comercio (OMC), pero si Trump realmente está decidido a luchar a ultranza, puede ignorar cualquier dictamen de la OMC y desafiar a sus socios de comercio e imponer sanciones o incluso salirse totalmente de la organización.

Después de tanto tiempo de desafiar la amenaza del proteccionismo y la depresión, es notable que el futuro del sistema de comercio mundial dependa tanto de los caprichos de un hombre.

Sin embargo, el papel preeminente de EU en el comercio mundial, además del extremismo de las opiniones de Trump sobre el comercio, sin rival por parte de ningún candidato a la presidencia y mucho menos de algún presidente electo desde la Gran Depresión, significan que la segunda era de la globalización se enfrenta a un futuro extraordinariamente incierto en 2017.