Un prefacio para EU desde 1930

No hay nada que se compare con los nazis o con la privación masiva que siguió a la caída del mercado de valores de 1929. Sin embargo, hay ecos que sería insensato ignorar.
“La democracia occidental no enfrenta una amenaza mortal, pero pasa por una aguda prueba de estrés”.
“La democracia occidental no enfrenta una amenaza mortal, pero pasa por una aguda prueba de estrés”. (Foto: Shutterstock)

Cuando la gente hace comparaciones con Hitler -o Munich- normalmente busco mis tapones para los oídos. Lo mismo aplica para la Gran Depresión. La democracia occidental no enfrenta una amenaza mortal, pero pasa por una aguda prueba de estrés. Hay ecos que sería insensato ignorar. En ambos lados del Atlántico se perdió la fe en las instituciones públicas y en sus vecinos. La cooperación se desgasta y se cuestionan las fronteras abiertas. Ya no podemos estar seguros de que el centro se sostendrá, o incluso que lo merece.

La tendencia más insidiosa es la desaparición del optimismo sobre el futuro. Contrario a lo que se cree, el pesimismo de la mayoría data de antes de la crisis financiera de 2008. En el punto máximo de la última burbuja inmobiliaria en 2005, Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, dijo que la sociedad no podía tolerar durante mucho tiempo una situación donde la mayoría sufre por la disminución de los niveles de vida.

Para la mayoría de los estadounidenses y los europeos, la situación es peor hoy. Incluso una mayoría en ambos lados del Atlántico cree que a sus hijos les irá peor que a ellos.

Pueden que tengan razón. Los economistas debaten si la caída en el crecimiento de la productividad de los últimos 15 años es el resultado de una medición equivocada. Las encuestas sugieren que no hay nada mal con el criterio. La mayoría se siente peor, que es lo que importa en la política.

La segunda tendencia inquietante es la creciente sensación de injusticia, de que las élites se llenan los bolsillos. Los académicos hablan sobre la “Curva del Gran Gatsby”, el enorme aumento de la desigualdad que ocurrió en la década de 1920 antes de la crisis de Wall Street. Las cifras actuales son inquietantemente similares. La participación de la mano de obra en el ingreso nacional sigue desplomándose. A pesar de la recuperación económica de EU, en 2015 se tuvo el mayor aumento en la desigualdad de salarios desde que terminó la Gran Recesión.

El año pasado el presidente Barack Obama dijo que para demasiados estadounidenses desaparecieron las “escaleras de la oportunidad”. Estaba en lo correcto y no ha podido hacer mucho al respecto.

La tercera tendencia es la creciente cultura del nihilismo. Cuando la gente cree que van a ignorar sus preocupaciones arremete. No hay mayor furia que la de un electorado enojado. Es fácil burlarse del puntero republicano Donald Trump y el líder del Partido Laborista del Reino Unido, Jeremy.

Corbyn. Pero esto no debe ocultar lo que alimenta su éxito. El dilema no es que esas figuras encuentran una audiencia, sino que no surgieron antes. No esperen que ellos se desvanezcan repentinamente.

Hay un contraste entre la promesa de Trump de un fuerte liderazgo y de “ganar en grande” con el tímido incrementalismo de Clinton. Ella promete la delicadeza de las ganancias de los primeros dos mandatos de Obama. Trump promete cambiar las reglas del juego.

El último eco de la década de 1930 es el descenso del orden mundial. En una entrevista con el Atlantic, Obama se quejó sobre los “polizones” entre los aliados de EU, incluyendo a David Cameron de Gran Bretaña. También expresó su desdén por la obsesión de la clase dirigente de

Estados Unidos con la “credibilidad” como la medida del poder, y la fuerza como la solución perenne.

Las palabras de Obama provocaron indignación en Londres y en Washington. Sin embargo, fueron un buen resumen de la opinión pública. Lo que Obama dijo no es muy distinto de lo que argumenta Trump: los estadounidenses están hartos de pagar por la Pax Americana.

A diferencia de Gran Bretaña en la década de 1930, EU todavía puede soportar la carga. pero no quiere hacerlo Neville Chamberlain, el que propuso la pacificación nazi, comentó que Checoslovaquia no valía los huesos de un solo granadero británico. Obama cree casi lo mismo sobre Siria. El flujo de refugiados es un problema de Europa. El Medio Oriente debe valerse por sí mismo. Esos fueron los pensamientos de despedida de un presidente desencantado. No están muy lejos de los de Trump.

Los próximos meses ofrecen una prueba. En junio, el Reino Unido votará para ver si abandona la Unión Europea. Si ocurre el Brexit, el proyecto europeo puede empezar a dar marcha atrás. ¿Le preocupará a EU?

Para ese entonces, también vamos a conocer las líneas de batalla que habrá para las elecciones presidenciales de EU. La mayor posibilidad es que sea Clinton contra Trump. La democracia occidental está a prueba. Los autócratas en Rusia y China observarán con mucho interés.

*Edward Luce es comentarista político y columnista en Washington, D.C.Escribe para el Financial Times sobre economía y política exterior de Estados Unidos.