La nueva administración en Latinoamérica

Mientras EU y Europa coquetean con el populismo, el romance desde el 2000 de casi todo el continente americano con los líderes de izquierda dio paso a la rabia hacia el Centro. 
Mauricio Macri de Argentina, Michel Temer de Brasil y Pedro Pablo Kuczynski de Perú son ejemplos de cómo termina un ciclo ideológico en América Latina.
Mauricio Macri de Argentina, Michel Temer de Brasil y Pedro Pablo Kuczynski de Perú son ejemplos de cómo termina un ciclo ideológico en América Latina. (AFP/Cortesía)

Gabriela Michetti, quien quedó confinada a una silla de ruedas después de un accidente automovilístico hace dos décadas, no sucumbe fácilmente a la desesperación. Sin embargo, en diciembre, cuando la nueva vicepresidenta de Argentina se trasladó por primera vez al edificio del Senado de Buenos Aires, rompió en lágrimas.

“Todo era un desastre. Descubrí que no hicieron licitaciones de contratos públicos durante años. Empecé a llorar”, dice la mujer de 51 años. “El despilfarro del dinero de los contribuyentes era flagrante. El servicio de internet que ahora usamos es siete veces más barato. Con esos ahorros, podemos reparar el edificio; quedó en ruinas”.

La historia sobre la consternación personal de Michetti por el desperdicio público es una parábola de la región.

Gran parte de América Latina está bajo nueva administración. Mientras Estados Unidos (EU) y Europa coquetean con el populismo, el romance de casi todo un continente con los líderes de izquierda que llegaron al poder en la década del 2000 dio paso a la “fatiga por el populismo”, el enojo por la corrupción y un cambio hacia una política de centro.

Al mismo tiempo, una desaceleración económica obligó a regresar a la ortodoxia. Se pronostica que la producción regional se reduzca por segundo año consecutivo por primera vez desde la “década perdida” de 1980.

“Se eligieron a muchos de los líderes populistas en medio de un auge mundial de materias primas que les ayudó con sus proyectos derrochadores y a su popularidad”, dice Chris Sabatini, profesor adjunto de relaciones internacionales de la Universidad de Columbia. “Con el colapso de los precios de las materias primas, esa era llegó a su fin, y se llevó a muchos de esos líderes”.

El año pasado, Argentina eligió como presidente a Mauricio Macri, un centrista, tras 12 años de gobierno populista de Cristina Fernández y de su fallecido esposo, Néstor Kirchner. Macri hizo de la “gobernanza” el grito de guerra y puso en marcha un programa de reforma económica.

Por su parte, el proceso de juicio político de Brasil hizo que Michel Temer reemplazara a Dilma Rousseff. Al igual que en Argentina, Temer quiere que una política económica sensata sea el sello de su gobierno, y nombró a puras figuras de alto calibre para su Ministerio de Finanzas, Banco Central, Petrobras y el banco nacional de desarrollo BNDES.

“Es posible que un grupo corrupto de políticos haya reemplazado a otro, pero al menos este grupo le ladra a los árboles correctos”, dice un capitán de la industria brasileña sobre el gobierno de Temer.

Los electores no solo rechazan el populismo de izquierda. Este mes, los peruanos eligieron como presidente a Pedro Pablo Kuczynski, un economista, y quien superó a la populista de derecha, Keiko Fujimori, hija del expresidente ahora en prisión.

Algo que aumenta la sensación de que termina un ciclo ideológico es el acercamiento de Cuba con EU después de más de 50 años de hostilidad, y la continuación de las conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). “Los símbolos de la tradicional izquierda de la guerra fría que quedaban llegan a su fin”, dice Sabatini. 

Un repentino knockout

La sensación del cambio regional es tan profundo como rápido: ocurrió en seis meses. Se aceleró por dos factores. El primero, el nefasto ejemplo del socialismo en Venezuela, el espejo que horroriza a la región. En medio de una inflación galopante y los líos por alimentos, la mala administración llegó a tal nivel que la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional estima que en 17 años de chavismo se vio la pérdida de más de 425,000 millones de dólares (mdd) de dinero público.

“Una razón por la que ganamos las elecciones del año pasado es que muchos vieron lo que ocurrió en Venezuela y se preocuparon de que pasara aquí”, dice Michetti. Una dinámica similar pasó en Brasil, cuando los manifestantes contra el gobierno de Rousseff gritaban: “más como Argentina, menos como Venezuela”.

El segundo factor es la rabia por la malversación pública de la izquierda que se supone defienden los derechos de los pobres. Así como la crisis financiera de 2008 aumentó la furia de los electores en EU y Europa, la dura época económica en Latinoamérica prendió la ira popular contra la corrupción permitida por el Estado.

“La intolerancia a la corrupción solo ocurre en épocas de necesidad económica”, dice Elisa Carrió, miembro del gobierno de coalición de Macri. Los ejemplos son varios, desde los escándalos de corrupción en Chile, Guatemala y Bolivia; el programa de sobornos de 3,000 mdd de Petrobras; o el extraño caso de José López, exdirector de obras públicas en Argentina, a quien arrestaron la semana pasada mientras enterraba 9 mdd en la noche en un convento.

“La hegemonía política de Fernández de Kirchner terminó con un repentino knockout”, dice Joaquín Morales Solá, columnista argentino. “Nada en el país volverá a ser como antes”.

En búsqueda de una visión

O, tal vez no sea diferente. El populismo -decirle a los electores lo que quieren escuchar, incluso si esas promesas, como el compromiso de Donald Trump de construir un muro en la frontera con México son irrealizables- siempre encuentra campo fértil, especialmente en países con gran desigualdad social.

Lo que tal vez termine es el “superpopulismo” de Venezuela y de Argentina. En su lugar, el continente regresaría al “populismo habitual” que caracteriza parte de su historia, dice Moisés Naím, de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional. 

Además, “las correcciones económicas que necesitan los nuevos gobiernos serán impopulares y crearán oportunidades para la izquierda”, agrega Naím.

A las complicaciones se le suman 55 millones de latinoamericanos que ascendieron a la clase media durante la última década y tienen altas expectativas de un avance continuo.

Una opción es seguir gastando, como lo hace Macri en Argentina. A pesar de subir 400% los precios subsidiados de la electricidad a principios de este año, una medida que provocó que lo llamaran “brutalmente neoliberal”, su gobierno mantuvo los programas sociales y relajó el anterior empuje de austeridad. Como resultado, se espera que el déficit fiscal llegue a 5% del producto interno bruto este año.

“La estrategia de Macri no está libre de riesgos”, dice Ignacio Labaqui, de la consultora Medley Global Advisors. “Pero mientras el mercado esté dispuesto a apoyar a Macri con financiamiento de la deuda, como ocurre hasta ahora, esas cifras de déficit no serán un problema”.

Al igual que los gobiernos de Chile, Colombia o Perú, Macri tiene suficiente credibilidad para recaudar fondos. Eso no pasa con Venezuela o Brasil que gastó los ingresos de la bonanza. “El problema no es el dinero, sino la gobernanza”, dice Ricardo Paes de Barros, quien ayudó a diseñar el programa de bienestar social de Brasil, Bolsa Familia, y que ahora es jefe economista en el Instituto Ayrton Senna de Sao Paulo.

Presión sobre las instituciones

Por toda esta aparente suavidad, un llamado generaliza sdo y a menudo iracundo por un mejor gobierno describe el ambiente político de América Latina. Desde Argentina hasta México, los ciudadanos están cansados. De ahí la popularidad de la purga anticorrupción de Brasil que ha visto que figuras intocables, como el empresario multimillonario Marcelo Odebrecht, vayan a la cárcel.

Las peticiones por un mejor gobierno tal vez puedan incluso alentar el cambio político en Venezuela. En otra señal del cambio de política de la región, la Organización de Estados Americanos se reúne para discutir la sanción a Venezuela por abusos a los derechos humanos. El debate habría sido inimaginable hace un año.

Si un mejor gobierno es el camino a seguir, eso genera sus propios problemas. Por ejemplo “ser razonable” y ser “institucional” no son lemas que logren acelerar los pulsos políticos.

“La buena administración es una condición necesaria, pero no es suficiente”, dice Andrés Velasco, exministro de finanzas chileno. “Los electores actualmente necesitan sentir que los líderes administran bien, y tienen que sentir que su corazón está en el lugar correcto, y que actúan en nombre del bien común”. Eso es tan cierto en América Latina como en otras partes.

“El populismo genera un cierto tipo de anestesia. Es una patología social, donde la gente prefiere vivir en una falsa realidad”, dice Michetti. “Esa anestesia se empieza a ir de Argentina, pero todavía necesitamos una narrativa épica... una visión”. 

La nueva generación de líderes de América Latina todavía tiene que encontrarla.

Información adicional de Andrés Schipani