El poder del cambio está en Enrique Peña Nieto

“La necesidad de cambio es en gran medida moral. Pero también es útil. El lugar de México en la economía mundial significa que el actual sistema “prehistórico” ya no funciona".

Nueva York

Luis Rubio es uno de los comentaristas más inteligentes y experimentados de México. Como grupo son propensos a lamentos periódicos de por qué su país, tan rico en muchos aspectos, todavía es tan pobre. ¿Está en su ADN? ¿O en su geografía e historia? ¿O se debe a un choque entre lo nuevo y lo antiguo, lo democrático y lo autoritario?

En su último libro, Una utopía mexicana, Rubio toma un enfoque distinto. Es menos de cómo hacer que México sea rico y más de cómo hacerlo mejor y más amable. Su visión utópica es ligeramente irónica; Rubio admite que los lectores pueden preguntarse “¿qué se fumó?”. Sin embargo, su tesis es seria y oportuna.

“El problema de México no es la delincuencia o la violencia”, escribe, “sino la ausencia de gobierno, la ausencia de instituciones competentes que sean capaces de mantener el orden, imponer reglas y ganar el respeto de la ciudadanía”.

En resumen, los problemas de México son la flagrante impunidad legal y la ausencia del estado de derecho. Cabe destacar que el libro se terminó antes de la desaparición de 43 estudiantes en el estado de Guerrero el año pasado, y antes de que los escándalos por conflictos de interés sacudiera la presidencia de Enrique Peña Nieto. Es testimonio de la clarividencia de Rubio que su libro se lee como un comentario de los dos acontecimientos.

Rubio sostiene que México está atascado, aunque no en el sentido convencional de la palabra. La economía tiene bases sólidas y cuenta con muchos centros de modernidad y excelencia genuina, especialmente entre las industrias de exportación y manufactura. Y en los primeros dos años de su presidencia, Peña Nieto aprobó una serie de reformas económicas radicales -que incluyen la apertura del sector energético a la inversión privada- que pueden ampliar esas áreas.

Sin embargo no es la economía lo que aqueja a México.

La ausencia del estado de derecho es común en muchas de las economías emergentes, pero en México tiene características particulares.

Durante la mayor parte del siglo XX, a México lo gobernó el Partido Revolucionario Institucional (PRI) bajo una “democracia de un solo partido”. Era un sistema estable, con base en una estructura piramidal con un presidente convertido en emperador en la parte superior; los jefes políticos y corporativos debajo de él, y el resto por debajo.

Aunque con un sistema corrupto, con base en el clientelismo y el poder discrecional, ofreció 71 años de estabilidad. Entonces, el PRI perdió las elecciones presidenciales del año 2000 y se desmanteló la pirámide. Institucionalmente, no había mucho que tomara su lugar.

La excepción fue el Tratado de Libre Comercio de América del Norte de 1994. El TLCAN instituyó un grado de modernidad: tranquilizó a los inversionistas al establecer un marco de normas que limita la discrecionalidad de las élites. Su compensación fue tener menos poder a cambio de un mayor dinamismo económico. Sin embargo, el resto del aparato democrático de México -las estructuras que refuerzan a la ciudadanía y la rendición de cuentas del poder- siguieron a medias.

Rubio quiere un equivalente del TLCAN para el resto de México, un marco institucional que apoye el estado de derecho y sustituya al clientelismo y a la corrupción.

La necesidad de cambio es en gran medida moral. Pero también es útil. El lugar de México en la economía mundial significa que el actual sistema “prehistórico” ya no funciona. De hecho, la falta de estado de derecho incluso amenaza los frutos de las reformas de Peña Nieto.

¿Cómo lograr este estado utópico? Rubio cita el ejemplo de la transición de España a la democracia. Allí, escribe, la principal preocupación del primer gobierno después Franco fue enfocarse menos en los “qué” de lo que se tenía que hacer y más en los “cómo”, es decir, los acuerdos institucionales de España.

En México, eso significa despojar al sistema de sus privilegios y que toda la sociedad se someta a la las leyes. Esa clase de cambio requiere de los operadores políticos más astutos.

Entonces, ¿quién podria conducirlo? Rubio flota en una paradoja: el mismo Peña Nieto, porque, como demostró con su paquete radical de reformas, “el mayor activo de Peña Nieto es su capacidad para la operación política”.

Eso puede ser un sueño de opio, pero es una de las posibilidades más fértiles que se plantean en este libro tan gratificante. Con sólo 145 páginas, cuenta con el mérito adicional de la brevedad,  está disponible para su descarga gratuita desde el centro de investigación Wilson Center en Washington DC.