Entre el malestar social y las promesas de crecimiento

El populismo es uno de los peligros a los que puede sucumbir una ciudadanía que no confía en sus instituciones y cuyo malestar generalizado opaca las reformas históricas del actual gobierno.
El estado de derecho, más que la economía, es el reto más importante del país.
El estado de derecho, más que la economía, es el reto más importante del país. (Octavio Hoyos )

Nueva York

Hoy en México, como cualquier otro día de este año, las empresas extranjeras invertirán casi 100 millones de dólares (mdd) en el país; varios miles de coches saldrán de modernas líneas de producción y más de mil mdd en exportaciones cruzarán la frontera para entrar a EU.

México es uno de los países de comercio más libre en el mundo y disfruta de una economía más diversificada y estable que la mayoría de sus pares latinoamericanos que dependen de las materias primas.

“México está a punto de pasar por el efecto baby boomer que tuvo EU hace 30 años”, dice Joel Muñiz, socio del Boston Consulting Group, que estima que la clase media mexicana se expande 3%, o casi 2 millones de personas al año.

Pero este día también, alrededor de 55 personas serán asesinadas y se cometerán más de 90 mil delitos violentos -que van de la extorsión hasta el secuestro- de los cuales, menos de 10% se reportarán a las fuerzas policiales en las que pocos mexicanos confían. Puede surgir otro escándalo de corrupción que lleve al enojo público, pero probablemente sólo se levante una pequeña sanción legal; se pagará otro soborno; y los comentaristas locales se lamentarán de nuevo de la ausencia del estado de derecho en México y el malestar social.

Son contrastantes, pero igualmente son una realidad de un país extraordinario, cuyo pasado siempre vive en el presente y sin embargo pasa por una notable transformación.

Hace dos años, 38% del electorado eligió a Enrique Peña Nieto del Partido Revolucionario Institucional (PRI) como su presidente. “Siéntanse orgullosos, porque su voto va a cambiar a México”, dijo el elegante político de 46 años de edad en ese momento. “Vamos a dejar atrás las viejas prácticas. Este es un proyecto político comprometido con la democracia y la libertad”.

En muchos aspectos importantes, el ex gobernador del Estado de México cumple con su promesa. Pero en otros -igual de importantes- no lo ha hecho.

Al llegar al poder, Peña Nieto hábilmente dirigió una serie de reformas históricas a través del Congreso para hacerlas ley.

Se enfrentó a los oligopolios de telecomunicaciones anteriormente intocables; se cerraron los vacíos legales de impuestos corporativos; y se puso en marcha una renovación del sistema educativo de México.

Lo más impresionante, el sector de energía bajo control del Estado se abrió a la inversión privada por primera vez en 75 años.

Por un tiempo, las reformas colocaron un halo al gobierno y evocaron lo que se llamó “El momento mexicano”. México se “abrió a los negocios”, y los inversionistas y gobiernos extranjeros elogiaron la posición estratégica de la decimoquinta economía más grande del mundo.

Pero entonces, el año pasado, la burbuja estalló. El aparente asesinato de 43 estudiantes por parte de cárteles de las drogas en el estado de Guerrero, supuestamente con la participación del ex alcalde local y con la ayuda de la policía que trabajaba coludida con los cárteles, fue un espeluznante recordatorio del nivel de corrupción.

También surgieron una serie de escándalos de conflictos de interés, entre los que se se encuentran las casas del presidente y de Luis Videgaray y la relación con la constructora que ganó millones de dólares en contratos públicos.

Aunque los funcionarios insisten en que no hay nada ilegal, el escándalo parecía confirmar el temor de muchos mexicanos sobre el partido en el gobierno, el PRI. Ahora, bajo Peña Nieto, aparentemente regresó a las viejas mañas.

Metidas de pata presidenciales, como llamar a la corrupción “una cuestión cultural”, empeoró las cosas. La paciencia pública reventó y la indignación aumentó, instigada por los nuevos escándalos.

Los funcionarios del gobierno apuntan a las leyes que buscan establecer una fiscalía anticorrupción independiente y renovar la oficina de la Procuraduría General de la República. Pero esas iniciativas se topan con el escepticismo. Los niveles de popularidad de Peña Nieto cayeron a un mínimo en 20 años para un jefe de estado mexicano.

Las reformas del presidente pueden llegar a ser tan importantes e históricas como se aprecian en papel. Pero el estado de derecho, más que la economía, es el reto más importante del país, incluso lo reconoce Videgaray.

Más importante aún, existe el peligro de que el desencanto de la gente con la podredumbre de las instituciones del país pueden llevar a los mexicanos a sucumbir finalmente a las tradiciones latinoamericanas del populismo. Sólo “vean a Venezuela”, como advirtió Videgaray.

De hecho es realmente alto lo que está en riesgo en los siguientes cuatro años en el poder de la actual administración.