El existencialismo es un juego de hombres jóvenes

El creador de la exitosa serie televisiva Mad Men, habla sobre su gusto por la década de los 60 y su intención de abordarla desde una perspectiva alejada de la narrativa convencional.
“Creo que la gente busca respuestas en el entretenimiento: ¿quién soy y por qué estoy aquí?” Matthew Weiner, creador de la serie Mad Men
“Creo que la gente busca respuestas en el entretenimiento: ¿quién soy y por qué estoy aquí?” Matthew Weiner, creador de la serie Mad Men (Shutterstock)

Estados Unidos

Para el almuerzo con Matthew Weiner no nos citamos en ninguno de los bares del centro de Manhattan que frecuentan los personajes de Mad Men, su aclamada serie de televisión ambientada en los 60 sobre ejecutivos de publicidad. En lugar de eso, escogió el Café Boulud, un elegante restaurante francés del Upper East Side.

A diferencia del genio de la publicidad Don Draper, Weiner ni bebe tanto, ni parece estar devastado emocionalmente. Hoy es todo sonrisas y un ágil conversador. Se presenta como Matt y lleva la barba crecida con algunas canas.

Nos reunimos porque Mad Men llega a su fin.

Anteriormente escribió para The Sopranos y Weiner explica cómo fue que el guión para un programa piloto de Mad Men, una idea en la que trabajó durante años, lo llevó a formar parte de grupo de guionistas del programa de HBO sobre la mafia en Nueva Jersey. Hace 14 años fue que envió su guión a David Chase, creador de Los Sopranos, quien quedó muy impresionado y le ofreció un trabajo.

Después de cuatro años y medio, su reputación fortalecida por Los Sopranos y la aclamación de la crítica, retomó su proyecto de Mad Men y lo vendió a AMC, un canal que en ese entonces era mejor conocido por su programación de cine de antaño. En vista del éxito de HBO, AMC quería hacer sus propias series originales y encargó Mad Men, que salió al aire en Estados Unidos en julio de 2007, justo un mes después de que Los Sopranos llegara a su fin.

Weiner explica que ama las películas de los 60, la época de sus padres, y dice que quería replantear la narrativa convencional que se había presentado siempre sobre esa década.

Quería que su programa explorara los temas del pasado y que hiciera eco en los televidentes, pero que también los sacudiera un poco. “Estarías siguiendo la historia y al héroe cuando de repente él diría algo como: ‘no voy a dejar que una mujer me hable así’. O, cuando le preguntaran que si tenía empleados judíos, dijera, ‘No en mi turno’. Y entonces, tú pensarías algo así como: ¡Ah, sí! Antes hablaba así la gente”.

Sus padres le presentaron el cine y lo llevaban a ver muchísimas películas viejas y extranjeras en los cines de toda la ciudad.

Pero su verdadera educación cinematográfica empezó en la universidad y considera que la película Terciopelo Azul, la pesadilla distópica de David Lynch de 1986, fue un momento clave. “Decidí que yo quería hacer eso… era tan trascendente y tan personal”. Eso lo inspiró para hacer solicitud de ingreso para la escuela de cine de la USC, en donde habían estudiado directores como George Lucas y Robert Zemeckis.

Le pregunto por qué hizo una carrera en televisión si su gran amor es el cine. Deja su tenedor. “Yo no tengo esa jerarquía en mi cabeza. Por eso me enoja esto de ‘la era dorada de la TV’. Es un insulto al pasado. ¿Alguien cree que puede superar a MASH? ¿O a Dimensión Desconocida? ¿O El precio del deber?”.

Yo insisto en que la televisión ha cambiado. Los programas que se hacen en 2015 son muy superiores a los de décadas anteriores. Él no lo niega y dice que los contratos de los sindicatos que representan a los actores, escritores y directores sentaron las bases para que la televisión de EU por cable experimentara con diferentes tipos de programas dramáticos. “Pero tienen que considerar a los canales básicos de cable por lo que se reducen los costos y les permite hacer programas que de otra manera costarían tres o cuatro veces más”.

Este cambio se refleja en la forma en que surgieron los mayores éxitos televisivos de los canales básicos: por ejemplo, AMC presentó Breaking Bad, que se convirtió en otro éxito mundial.

En Mad Men, Weiner se apegó a sus ideales durante las siete temporadas creando, con su equipo, historias complejas y personajes poco convencionales.

Le pregunto sobre la clara relación entre Mad Men y Los Sopranos, la crisis existencial de los protagonistas en cada programa. “Ese es el único dilema”, dice. “Creo que la gente busca respuestas en el entretenimiento: ¿quién soy y por qué estoy aquí?”.

¿Los televidentes sienten afinidad con Los Sopranos y Mad Men porque hasta cierto punto tienen las mismas dudas? “Podría pensarse eso”, dice. “Pero a veces encuentran en el personaje algo que les molesta porque se reconocen a sí mismos”.

Pregunto si extrañará el programa que creó y que ha hecho con tanto amor y me cuenta una historia que indica que sí. Cuando trabajaba en Los Sopranos pasaba mucho tiempo en Nueva York lejos de su esposa y sus hijos que vivían en Los Ángeles y los extrañaba muchísimo. Se quedó en Nueva York para el programa piloto de Mad Men y su actitud cambió.

Su familia fue a visitarlo y por un momento, admite, se preguntó si no habría muerto. “Tal vez así va a ser en el cielo. Tenía que hacer lo que quería hacer y estoy aquí esperando a mi familia. Voy a estar bien”.

Y ahora todo llegó a su fin. Dice que quiere tomar un descanso “para recargarse de energía y reincorporarse a la sociedad”. Este programa le llevó una buena parte de su vida: tenía 35 cuando escribió el piloto y ahora tiene 49 años. “El existencialismo”, dice sonriendo de nuevo, “es un juego de hombres jóvenes”.