Sang-Hyun Song: “¡Con la ley podemos cambiar el mundo!”

El extrovertido presidente del Tribunal Criminal Internacional habla sobre crecer en Corea, negociar en Libia y las dificultades de llevar a juicio los crímenes de guerra.
“Nací optimista. La ICC no es una misión imposible; sólo es una misión difícil.” Sang Hyun Song
“Nací optimista. La ICC no es una misión imposible; sólo es una misión difícil.” Sang Hyun Song

Nueva York

En un día soleado, pero la Torre de La Haya se encuentra envuelta en niebla, una metáfora adecuada a la Corte Penal Internacional (ICC, por sus siglas en inglés), cuyo presidente surcoreano, Sang-Hyun Song, se reunirá conmigo para el almuerzo.

La corte se fundó en 2002, después del genocidio de Ruanda y la limpieza étnica de la antigua Yugoslavia, la ICC tenía grandes ambiciones: terminar con la impunidad que tienen los países y sus líderes responsables bajo la ley internacional de crímenes atroces. La realidad es más prosaica: la corte es una institución frágil y joven en un mundo hobbesiano donde el poder normalmente triunfa sobre lo correcto.

Se dice que Song, de 73 años, es súper inteligente, pero suave y algunas veces ineficaz. Después de una larga carrera como profesor de derecho en Seúl, se convirtió en uno de los primeros jueces de la ICC y lo designaron como presidente en 2009. Las personas que lo conocen dicen que su debilidad se deriva de su oficina, la ICC tiene un presupuesto de más de 100 millones de euros, pero no tiene facultades para realizar arrestos, no cuenta con una policía, no tiene recolección de inteligencia y debe depender de la voluntad de los países miembros; de hecho, dicen, Song es valiente y generoso, un filántropo que cofundó un centro de asistencia legal para las mujeres en Corea del Sur.

El presidente llega a tiempo, un hombre delgado con cabello lacio y negro con un poco de gris. Viste un traje oscuro con una camisa azul claro y una corbata rosa con patrones de diamante.

Song, es hijo único, nació en Seúl en 1941. Su infancia quedó marcada por la ocupación japonesa, la segunda guerra mundial y la guerra de Corea.

La gran oportunidad de Song llegó cuando le concedieron la beca Fulbright para ir a EU y eligió Tulane en Nueva Orleans, Luisiana.

De vuelta en casa, y con dominio del inglés, Song era un bien escaso. Corea crecía rápidamente en las décadas de los 70 y los 80, un exportador dinámico que desafiaba a Europa y EU. Surgieron las disputas comerciales y se convirtió en el abogado al que recurría el gobierno.

A tres años de su retiro, se acercaron a Song para que fuera uno de los primeros jueces de la ICC. Él seguía fascinado por el derecho penal internacional, pero sabía que se necesitaba algo más ambicioso: un tribunal permanente e independiente que investigue y lleve a juicio los crímenes contra la humanidad, los crímenes de guerra y el genocidio en situaciones donde los países no están dispuestos o no pueden hacerlo por sí mismos.

“A pesar de todos los obstáculos, las limitaciones y los desafíos, la ICC tiene un gran impacto en la dirección hacia la paz, la estabilidad, los derechos humanos y el estado de derecho”. Hace una pausa, “¡A través de la ley, podemos cambiar el mundo!”.

Song es un incansable evangelista de la ICC, visitó más de 60 países. El número de Estados miembro aumentó a 123, incluyendo a los más nuevos como Bangladesh, Chile, Guatemala, Filipinas y Túnez. Estados Unidos, después de ser extremadamente hostil al principio, ahora es más cooperativo bajo la presidencia de Obama. Y recientemente la Autoridad Palestina indicó que aceptará la jurisdicción de la ICC con la esperanza de tener juicios contra Israel y Hamas. El fiscal abrió un examen preliminar, pero Song señala que todavía no se decide nada.

Toco un tema sensible: el secuestro en 2012 de cuatro miembros del personal de la ICC en Libia por cargos de espionaje. Song desempeñó un papel vital en su liberación, pero la historia completa nunca se ha contado.

El incidente se relaciona con Saif al-Islam Gaddafi, hijo del depuesto líder libio. La ICC todavía quiere presentar cargos contra Saif, pero permanece detenido en el bastión rebelde de Zintan. En 2012, la corte envió a Melinda Taylor, una abogada australiana, para ayudar con la defensa de Saif en el caso de la ICC. Detuvieron a Taylor junto con otros tres miembros de la ICC por supuestamente pasar documentos codificados a Saif. Song llamó inmediatamente al presidente de Libia, quien se comprometió a garantizar la liberación de los rehenes en 72 horas. No pasó nada.

Una delegación libia llegó a La Haya. Tras horas de negociaciones infructuosas siguió un emplazamiento a Trípoli y Song decidió ir él mismo.

El viaje a Zintan llevó dos horas y media. La milicia fuertemente armada montó guardia mientras Song ocupó su lugar en el podio junto con el comandante local. “La línea Maginot era que yo no iba a ofrecer ninguna disculpa sincera porque no hicimos nada malo”.

Song eligió un enfoque suave: un tributo a los sacrificios de la revolución libia, y le siguió una reverencia. Las negociaciones para liberar a los rehenes iban y venían. Cerca de las 4 de la tarde, el comandante propuso una pausa para el almuerzo. Song insistió en que primero quería ver a los presos.

Song y su comitiva caminaron por el edificio hasta que llegaron a una línea blanca. Song continuó caminando hacia una enorme habitación, bien decorada y con aire acondicionado y se sorprendió de lo que vió: cuatro rehenes cubiertos en el vestido tradicional libio de la cabeza a los pies. Le tomó tiempo identificarlos. “Se veían como fantasmas. Solo nos abrazamos uno por uno y dije: ‘vine para llevarlos a casa, no se preocupen’”.

Y así lo hizo, después de más regateo libio. La historia es un digno colofón a la presidencia de Song en la ICC (dejó el cargo después de seis años).

Mientras nos preparamos para salir le pregunto si sigue optimista. “Nací optimista”, responde, ajustando su gorra de golf. “La ICC no es una misión imposible; sólo es una misión difícil”.