La sombra del dinosaurio que se cierne sobre el gobierno mexicano

Aún con su carácter reformista y moderno, Enrique Peña Nieto, a quien sus partidarios vendieron como un JF Kennedy mexicano, debe vencer a los fantasmas de un partido repleto de claroscuros.
Editor de asuntos internacionales de FT.
Editor de asuntos internacionales de FT. (Cortesía)

Estados Unidos

A dos años de que inició el mandato de seis años que prometía tanto, el presidente de México, Enrique Peña Nieto, se ve en peligro de frenar de golpe. La resurrección del Partido Revolucionario Institucional (PRI) del joven líder, que gobernó México durante la mayor parte del siglo XX, llegó con una agenda de reformas que tienen la intención de transformar la mediocre economía del país.

Peña Nieto logró cumplir con gran parte de esto. Rompió el oligopolio de telecomunicaciones y abrió la industria petrolera. Esta última estuvo cerrada al capital privado desde que se nacionalizó en medio de la aclamación reverencial en 1938; abrirla es un evento histórico, que requiere un tacto casi teológico al igual que capacidad política.

Ahora corre el riesgo de que los problemas políticos que se ignoraron durante mucho tiempo en sus prospectos de reforma, como la seguridad pública, los derechos humanos y la corrupción de la que el viejo PRI se convirtió en sinónimo.

En primer lugar, llegó el vergonzoso terror a nivel internacional de la desaparición y aparente asesinato en septiembre de 43 estudiantes en Iguala, la ciudad en el estado de Guerrero, al que el gobierno fue dolorosamente lento para responder. Después llegó el asunto de la mansión personal de Peña Nieto, que construyó y pagó un contratista al que favorece, no sólo su gobierno sino la administración que dirigió anteriormente en el Estado de México, que limita con la capital del país. Después se dio a conocer que su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, le compró una casa al mismo constructor.

En una entrevista con FT, Videgaray admitió que el gobierno necesita recuperar la confianza pública. “Podemos hacer 10 reformas energéticas, pero si no le añadimos confianza, no vamos a aprovechar todo el potencial de la economía mexicana”, dijo.

Nada de esto es necesariamente terminal. Aunque los acuerdos de las casas son opacos y desprenden un tufo de capitalismo entre amigos, palidecen ante los enormes sobornos del pasado del PRI. Pero los mexicanos más viejos pueden sentir que ya vieron esta película.

En 1988, Carlos Salinas de Gortari, un astuto joven tecnócrata a la cabeza de un gobierno lleno de entusiastas, llegó al poder con la promesa de una era de modernización de leyenda. Seis años después, la economía mexicana se desplomó y llegó el efecto Tequila, los poderosos grupos del narcotráfico penetraron sus instituciones y Salinas designó a un sucesor, el creíble reformista Luis Donaldo Colosio, a quien asesinaron.

Aunque sus animadores prefirieron ignorarlo, había dudas sobre los resultados que podría tener Salinas. Se alió con “dinosaurios” corruptos de la vieja guardia del PRI, quienes impusieron su elección mediante el fraude y después se dieron el lujo de interpretar libremente lo que el código penal calificaba como “enriquecimiento inexplicable”.

Los escépticos con la administración de Peña Nieto, a quien sus partidarios vendieron como el John F. Kennedy de México, quien tiene la apariencia de una estrella de cine y una esposa estrella de telenovelas, encontraron ecos del pasado. Él es de una nueva generación, pero también es heredero de un clan de ricos y poderosos barones de la vieja guardia. Como un comentarista mexicano le preguntó después de su elección: ¿el ave fénix renació de sus cenizas, o es un pterodáctilo más aerodinámico el que le regresó sus dientes a los dinosaurios del viejo PRI?

La comparación es cuestionable, con diferencias tan importantes como las similitudes. El viejo PRI era un partido parecido a una nación, una pirámide de corporativismo que aglomeraba a la mayor parte de la sociedad en sindicatos, que se manejaba desde la cima y se lubricaba con el clientelismo, de la cual la última fuente era la presidencia. Ahora en México hay verdaderos partidos, la sociedad civil es resistente y está mejor informada.

La maquinaria del PRI está oxidada. Si Peña Nieto es el viejo PRI con una máscara que se ve bien en televisión, todavía tiene que operar en un contexto diferente.

Las similitudes con la saga de Salinas es el descuido de las estructuras del poder, la idea de que la economía es una técnica aislada de la política. Eso es más que discutible en países como México, envuelto con intereses creados, infestado con cárteles del narcotráfico salvajemente violentos, que cojea con instituciones débiles y con un estado de derecho que en el mejor de los casos se aplica de forma desigual.

Peña Nieto se rodeó con algunas mentes de primer nivel. Pero el gobierno de Salinas fue una de las administraciones con más cerebros que jamás se armó. Los dos equipos -fatalmente en el caso de Salinas- dejaron la política a los barones.

El Congreso mexicano, por ejemplo, es un feudo de los barones. La prohibición histórica para la reelección de diputados y senadores les dio un férreo control. Como sólo sirven un periodo, no pueden llevar al ejecutivo a rendir cuentas, y sus votantes no pueden recompensarlos o castigarlos. Sólo sus jefes políticos pueden hacerlo.

En 2013 el Congreso votó para que se levantara la prohibición de la reelección -pero sólo a partir de 2018- y dejó intacto el poder de los líderes de los partidos para que puedan elaborar la listas de candidatos. Esto le deja fuerzas a los barones y dientes a los dinosaurios por un tiempo más.