José Mourinho: El carismático señor del caos

Con el Chelsea en crisis, el celebrado director técnico de futbol lucha por su temible reputación.
José Mário dos Santos Mourinho Félix, director técnico
José Mário dos Santos Mourinho Félix, director técnico (Foto: Shutterstock)

Imagina que José Mário dos Santos Mourinho Félix se mantuvo en el curso de negocios en que lo inscribió su madre al inicio de sus veinte años, cuando se apagó su carrera como futbolista. Ahora es un jefe de capital privado. Irrumpe en una compañía y eleva su desempeño, y descarta la ortodoxia y la cortesía antes de salir para repetir el truco en otro lado.

Los estudiantes en Harvard toman clases con Sir Alex Ferguson, pero el ex director técnico del Manchester United es un mal caso de estudio. La mayoría de los ejecutivos no pueden pasar 27 años en la cima de la organización. El director técnico portugués del Chelsea, con sus períodos de tres años y sus relaciones contingentes, es más parecido.

Lo único que faltaba en la historia de Mourinho era una crisis. Después de ganar la Liga Premier de Inglaterra la temporada pasada, el Chelsea ocupa el lugar 15 de 20 equipos, hasta el momento ya perdió la mitad de sus 10 partidos. Mourinho se pelea con árbitros, con periodistas, sus empleados, un director técnico rival, y un miembro de su propio equipo médico.

Si Roman Abramovich, el propietario ruso del Chelsea, decide que vale la pena pagar el paquete de indemnización de su director técnico, habremos vivido otro cambio en el ciclo de Mourinho. Él se hace cargo de un club, llena su vitrina de trofeos, cautiva a los neutrales con su inteligencia en ebullición, después se va en medio de actuaciones mediocres y una atmósfera extraña de su propia creación. El Chelsea de 2004 a 2007, después el Inter de Milán hasta 2010, después el Real Madrid hasta 2013, ahora Chelsea de nuevo: una vida nómada de gloria.

El señor del caos del futbol nació en un hogar acomodado en Setúbal, cerca de Lisboa, en 1963. Su padre fue un guardameta profesional y su madre una maestra.

“Más tiempo para estudiar”, teoriza Mourinho, es lo que convierte a los futbolistas poco trascendentes en grandes directores técnicos. Probó como defensa en pequeños equipos de Portugal, pero pronto supo que lo suyo era la dirección. Ya con un dominio de varios idiomas y obsesionado con los pequeños márgenes que deciden los partidos, abandonó la escuela de negocios después de un día, para estudiar ciencias del deporte en la Universidad Técnica de Lisboa.

Buscó la certificación como director técnico y pasó por varios equipos hasta que llegó una oferta atractiva.

Bobby Robson, el recién llegado director técnico inglés del Sporting de Lisboa, necesitaba un intérprete. El trabajo desvió a Mourinho de la dirección técnica pero lo relacionó con los conocedores del deporte. Sorprendió a Robson con su conocimiento de futbol y lo siguió al Barcelona en 1996, con lo que amplió su papel en el camino a buscador de talentos.

Mourinho y el club catalán, los grandes estilistas del juego, después cultivaron una enemistad tóxica. Pero Barcelona fue una lección en elitismo. La cercanía con las superestrellas le enseñaron que su dominio de la táctica no le serviría de nada sin el carisma para hacer que los millonarios cedieran a su voluntad. Se llevó la lección a casa, donde trabajó para a ser el director técnico del Porto.

Su equipo ganó la liga, la copa de la UEFA y después la Liga de Campeones, el mayor premio del futbol europeo. Esta hazaña lo convirtió en una estrella en Inglaterra antes de que llegara en 2004 con su esposa, Matilde, y sus dos hijos. Así empezó una década de éxitos en las ligas de élite de Europa.

El método de Mourinho mezcla la lógica con la emoción. Gana mediante sofisticados planes de juego, pero también crea una intensa atmósfera de trabajo que con el tiempo, se agota. Prepara a sus jugadores para que estén contra el mundo exterior, inventa agravios y alimenta la agresión. Predica la disciplina y el nihilismo. Trabaja con ciencia y fuego.

Su visión del mundo resulta en sus relaciones divergentes con los jugadores. Le gusta Branislav Ivanovic, un jugador poco glamoroso que acata las instrucciones. Con Eden Hazard, un príncipe con muchas cualidades que proviene de academias de futbol, la relación es de negocios. Favorece a los jugadores que se formaron a sí mismos, que arden en “espíritu competitivo” y que los londinenses llaman “aggro” (agresivos).

El cenit de Mourinho llegó hace cinco años cuando su equipo, el Inter de Milán, celebró en Barcelona, en ese entonces tal vez el mejor equipo de la historia, un empate sin goles fuera de casa. Los catalanes se burlaron de él y le decían ‘El Traductor’, pero él iba en camino a otra final de Liga de Campeones que ganaría.

Y ahora, la crisis del Chelsea. No hay un precedente reciente en un liga importante y la reputación de Mourinho podría pelear con ella. Cada vez es más difícil hacer pasar su guerra con el mundo como una astuta táctica de distracción. Su impaciencia con los jugadores talentosos parece, por primera vez, contraproducente: Kevin de Bruyne, a quien liberó en 2014, ahora brilla en el Manchester City como un maestro de 55 millones de libras.

Si Chelsea se recupera -empezando con el partido contra Liverpool- Mourinho se mantiene en su camino hacia la grandeza de todos los tiempos, tal vez sólo al lado del italiano Carlo Ancelotti y el catalán Pep Guardiola, dentro de su generación. Pero si su gestión termina en otro chasco, su curriculum tal vez un tome un matiz menos halagador.

¿Es un ganador en serie o un entrenador cortoplacista incapáz de construir cosas que perduren? ¿Se le recompensó por una ética de equipo o simplemente lo dejan perplejo visionarios solitarios como Hazard y de Bruyne?

Y los trofeos, ¿los ganó con equipos que los hubieran ganado sin él? Estas preguntas habrían sido imprudentes hace seis meses. Los directores técnicos siempre luchan por su trabajo. Mourinho lucha por su lugar en la historia.