Francis Ford Coppola: Siempre estuve a un paso del despido

La leyenda cinematográfica empezó haciendo películas para luego convertirse en hotelero. Aquí habla sobre  películas idealistas y las ‘traumáticas’ lecciones del negocio.
“Cualquier cosa que sea como una especie de espectáculo, donde se reúne a gente de campos totalmente diferentes, es muy difícil hacerlo bien”.
“Cualquier cosa que sea como una especie de espectáculo, donde se reúne a gente de campos totalmente diferentes, es muy difícil hacerlo bien”. (Shutterstock)

Estados Unidos

“Poco a poco”, dice Francis Ford Coppola en un documental que vi la noche anterior a nuestra cita para desayunar, “me volví loco”. La película, Corazones en Tinieblas (Hearts of Darkness), se trata de la realización de la película de Coppola, Apocalipsis (Apocalypse Now) de 1979, que sigue como una piedra angular de la cultura norteamericana de la posguerra. Coppola puso cuerpo y alma, así como su salud mental en el proyecto.

Pero se recuperó. A diferencia de la gran cultura cinematográfica estadounidense de la década de los 70, que sufrió de un descenso terminal. No habría otra película como Apocalipsis. La obra maestra de Coppola marcó un punto de inflexión. Nadie quería películas que aspiraran a ser de arte después de eso. Eran demasiados problemas. Coppola todavía hizo películas muy buenas. Pero también hizo encantadores vinos, de su propio viñedo en Napa. Y construyó algunos centros turísticos hermosos. Para recuperar su salud, poco a poco se alejó de las películas y regresó a la vida real.

Londres está en su temporada de más lluvia y viento, y digo que me gustaría tener este desayuno con una o dos papayas en uno de sus centros turísticos (tiene dos en Belice, y en Guatemala, Argentina e Italia tiene uno en cada país). “Por eso están allí”, responde con alegría.

Fue el estrés de hacer películas lo que indirectamente lo llevó a comprar su primer centro turístico, dice. “Acababa de filmar Apocalipsis (en Filipinas). Dicen que cuando David Lean hizo Lawrence de Arabia, estaba tan integrado al desierto que casi no pudo soportar tener que irse. Y eso me pasó con la selva. Es un lugar muy incomprendido. Parece salvaje y aterrador, pero, de hecho es un lugar muy seguro. Puedes encontrar lo que necesitas. Estás protegido.

“Así que me quedé un poco más de lo que tenía pensado. Y encontré esa hermosa isla allí, Quería comprarla, pero mi esposa dijo que era mejor encontrar un lugar más cerca de California”, Al final fui a Belice y compré un pequeño refugio, que pronto se convirtió en un hotel boutique.

“Fue como un proyecto cinematográfico sustituto”, dice Coppola. “Un hotel es un espectáculo, con vestuario, personal, y un elenco de personajes. Era algo muy familiar para mí. Era como estar en el teatro”.

Pero debe ser más fácil abrir un hotel que hacer películas, comento. No hay un gigantesco Marlon Brando con quien lidiar. “En realidad, no. El gerente se vuelve loco y huye con el chef. Cosas así”. Le comento que yo pensaba que eso sólo sucedía en las películas. “Cualquier cosa que sea como una especie de espectáculo, donde se reúne a gente de campos totalmente diferentes, es muy difícil hacerlo bien”.

“Tuve un par de problemas financieros, sobre todo una gran quiebra”, dice Coppola cuando le pregunto sobre esa época. “La bancarrota es algo muy curioso. No es algo que sucede una sola vez. Es como un terremoto, tiene réplicas. Fue muy traumático para mí. Todo lo que tenía valor de repente se comprometió con el Chase Manhattan Bank”.

Llegó a un acuerdo con el banco, que le permitió mantener su viñedo de Napa, que compró en 1975, bajo la condición de que hiciera un pago fuerte al banco cada año. Una serie de películas durante la década de los 80, de diversa calidad, lo mantuvieron a flote. Pero se desencantó de la realización de películas. “En lugar de conseguir un trabajo para hacer una película sobre las Cruzadas -y no hay nada malo en ser un director profesional- siempre quise hacer algo más personal, como un novelista”, dice.

“Pero en la época que hice esas películas, la gente estaba cada vez menos interesada en algo personal. Incluso ahora, hay directores maravillosos que intentan reunir dinero y subsidios; no es fácil para ninguno de ellos”. Los problemas financieros sirvieron como una especie de epifanía para él. “Me di cuenta de que (en ese punto de) mi vida era perseguir cosas aburridas. Me dieron la oportunidad de complacerme”.

El mesero llega a tiempo para darle a Coppola la oportunidad de ampliar su punto. Le ofrecen otra bebida, se decide por un capuchino en lugar de otro americano. Hago lo mismo. “¿Ves?, ¿la forma como pasamos del café clásico a los capuchinos?”, pregunta con una enorme sonrisa en su rostro. “Así fue como pasé de las películas al negocio de los hoteles. Parecía lo correcto. Así es como lo hice. Así fue como ocurrió”.

Una de las claves para la alegría de Coppola, como es sabido, es el cariño que tiene por su familia. No sólo es una especie de dinastía cinematográfica (sus parientes incluyen a Talia Shire, Nicolas Cage, Jason Schwartzman y a sus propios hijos, Roman y Sofía), y ellos aparecen en las etiquetas de los vinos, y siempre aparecen muy cerca. Lleva más de 50 años de casado con su esposa, Eleanor, quien hizo el documental de Hearts of Darkness.

Este amor por la familia se permea a las películas de El Padrino de Coppola y les da tanto un esplendor operístico como una resonancia emocional. Cualquiera puede hacer una película de gángsters; casi nadie puede lograr que en secreto nos encante el gángster más malo de la película.

Coppola descansó cuando hizo su película más grandiosa, dice. Una cinta anterior sobre la mafia, Los Hermanos Sicilianos (The Brotherhood. 1968) fue un fracaso. “Creo que El Padrino se la ofrecieron a todo el mundo”, recuerda. “La única razón por la que pude hacerla fue porque era barato, era joven, era italiano y era guionista. Fue un golpe de suerte absoluto. No había razón para que hiciera una película tan importante. Siempre estuve a un paso del despido. No les gustaban mis ideas”.

Eso fue entonces, y esto es ahora. Sólo los más escrupulosos de los cinéfilos pueden nombrar ahora la última película de Coppola (fue Twixt en 2011). Pero la marca de Francis Ford Coppola Presenta comprende salsas para pasta, una revista literaria y cafés, así como vinos y centros turísticos. A todo el mundo le gustan sus ideas. Al enamorarnos de estas películas ferozmente atractivas, compramos su estilo de vida preferido; una copa de vino blanco, un plato de espagueti, una siesta a la sombra del sol caliente. Puede ser una alegoría de lo que sucedió en la cultura occidental en los últimos 40 años; o sólo la alteración de un felizmente afable maestro que casi pierde la razón por su arte pero que no permitió que lo destruyera. Un hombre poco común, como le gusta decir.