El fin de las grandes repúblicas

Donald Trump encarna una unión entre la plutocracia y el populismo de derecha. Ante esto, los estadounidenses deben decidir qué tipo de persona quieren en la Oficina Oval de la Casa Blanca.
Donald Trump logró una cómoda victoria en las primarias y se afianza como el favorito del Partido Republicano con siete estados en su bolsillo.
Donald Trump logró una cómoda victoria en las primarias y se afianza como el favorito del Partido Republicano con siete estados en su bolsillo. (Foto: Shutterstock)

¿A qué se debe el ascenso de Donald Trump? Es natural pensar en comparaciones con demagogos populistas del pasado y de la actualidad. También es natural preguntar por qué el Partido Republicano puede elegir a un bravucón narcisista como su candidato a la presidencia. Sin embargo, esto no solo se trata de un partido, también se trata de un gran país. Estados Unidos (EU) es la república más grande desde Roma, el bastión de la democracia, el garante del orden mundial liberal. Sería un desastre mundial si Trump se convirtiera en presidente. Incluso si no, ha hecho que lo impensable se pueda lograr.

Trump es un promotor de las fantasías paranoides, un xenófobo y un ignorante. Su negocio consiste en erigir monumentos horribles para su propia vanidad. No tiene experiencia en un cargo político. Algunos lo comparan con los populistas latinoamericanos. También se le puede considerar un Silvio Berlusconi estadunidense, aunque sin el encanto o la visión de negocios. Pero Berlusconi, a diferencia de Trump, nunca amenazó con acorralar y expulsar a millones de personas. Trump no tiene ninguna calificación para el puesto político más importante del mundo.

Sin embargo, como Robert Kagan, un intelectual neoconservador, sostiene en una poderosa columna en el Washington Post, que Trump también es “el monstruo de Frankenstein del Partido Republicano”. Es, dice Kagan, el monstruoso resultado del “obstruccionismo salvaje” del partido, es la demonización de las instituciones políticas, es el coqueteo con la intolerancia y un “síndrome de desvarío con tintes raciales” sobre el presidente Obama. Y agrega: “Se supone que debemos creer que la legión de Trump es un conjunto de personas enojadas que están molestas por el estancamiento salarial. No, están enojados con todas las cosas que los republicanos les dijeron de las que deberían estar molestos durante estos últimos siete años y medio”.

Kagan está en lo correcto, pero no va lo suficientemente lejos. No se trata de los últimos siete años y medio. Estas actitudes se veían en la década de 1990 con el juicio político del presidente Clinton. De hecho, se remontan a la respuesta oportunista del partido al movimiento de derechos civiles en la década de 1960. Por desgracia, con el tiempo empeoraron, no mejoraron.

Pero ¿por qué pasó? La respuesta es que esta es la forma como una clase de donantes ricos obtuvo los soldados rasos y electores que requería. Esto es, entonces, “pluto-populismo”: la unión de la plutocracia y el populismo de derecha. Trump encarna esta unión, pero lo hace al tirar parcialmente los objetivos de libre mercado, impuestos bajos, disminución del tamaño del gobierno de sistema del partido, al que se aferran sus rivales económicamente dependientes. Esto le da una ventaja aparentemente insuperable. Trump no es un conservador, se queja la élite conservadora.

Trump es atroz. Sin embargo, en algunos aspectos las políticas de sus dos principales rivales, los senadores Cruz y Rubio, son igual de malas. Los dos proponen recortes de impuestos muy regresivos, igual que Trump. Cruz desea, por su parte, regresar al estándar de oro. Trump dice que los enfermos no deben morir en las calles. Cruz y Rubio no parecen estar tan seguros.

Sin embargo, el fenómeno de Trump no es la historia de solo un partido. Se trata de un país, es más, del mundo. Al crear la república estadounidense, los padres fundadores estaban conscientes del ejemplo de Roma. Alexander Hamilton argumentó en los Papeles Federalistas que la nueva república necesitaría un “ejecutivo enérgico”. Señaló que la misma Roma con su cuidadosa duplicidad de magistraturas, dependía en sus horas de necesidad de la concesión absoluta, aunque temporal, del poder de un hombre, al que llamaron “dictador”.

EU no tendrá ese cargo. De hecho, tendrá un ejecutivo unitario; el presidente electo como monarca. Este tiene autoridad limitada, pero grande. Para Hamilton, el peligro de un poder desmesurado se puede contener “primero, con la debida dependencia de las personas, y segundo, con la debida responsabilidad”. Durante el primer siglo antes de Cristo, la riqueza del imperio desestabilizó la república romana. Al final, Augusto, heredero del partido popular, terminó la república y se instaló como emperador. Lo hizo al preservar todas las formas de la república, mientras prescindió de su significado.

Es precipitado suponer que puedan sobrevivir las restricciones constitucionales a la presidencia de alguien electo porque no entiende ni cree en ellas. Acorralar y deportar a 11 millones de personas es una enorme empresa coercitiva. ¿Se puede prevenir que un presidente electo haga esto? Y si se puede, ¿quién? ¿Qué debemos hacer con el entusiasmo de Trump por las barbaridades y la tortura? ¿Encontrará gente dispuesta a realizar sus deseos?

No es difícil para un líder decidido hacer lo que anteriormente era impensable al apelar a las condiciones de emergencia. Tanto Abraham Lincoln como Franklin Delano Roosevelt hicieron cosas extraordinarias en tiempos de guerra, pero estos hombres conocían los límites. ¿Trump conoce los límites? El ejecutivo “enérgico” de Hamilton es peligroso.

Fue el presidente ultraconservador Paul von Hindenburg quien hizo canciller a Hitler en 1933. Lo que hizo que el nuevo gobernante fuera tan destructivo no solo es el hecho de que era un lunático paranóico, sino que gobernó con gran poder. Tal vez Trump no es Hitler. Pero EU tampoco es la República de Weimar. Es un país mucho más importante.

Todavía es posible que Trump no obtenga la nominación republicana. Pero, de hacerlo, la élite de ese partido tendrá que plantearse preguntas difíciles, no solo sobre cómo ocurrió la elección, sino cómo deben responder de manera adecuada. Más allá de eso, los estadounidenses tendrán que decidir qué tipo de ser humano quieren poner en la Casa Blanca. Las implicaciones para ellos y para el mundo con su elección serán profundas. Por encima de todo, Trump tal vez no tiene un cariz único.

Un “cesarismo” estadounidense ahora se hizo realidad. Parece un peligro real y preocupante el día de hoy. Pero además, puede volver de nuevo en el futuro.