El golf en el hoyo, sin nuevos clientes

Si el juego no apuesta por integrar a las nuevas generaciones, que buscan más dinamismo y rapidez, este deporte corre el riezgo de convertirse en una caricatura de sí mismo
En el Reino Unido, la membresía de los clubes cayó casi una cuarta parte entre 2004 y 2014.
En el Reino Unido, la membresía de los clubes cayó casi una cuarta parte entre 2004 y 2014. (Foto: Shutterstock)

UK

Los jugadores aficionados, y peor aún, los posibles jugadores evitan el golf en los mercados desarrollados. Puede que no lo parezca desde St Andrews, el hogar espiritual y administrativo del deporte en Escocia, donde sus discípulos y sumos sacerdotes se reunieron en los últimos días para el Abierto Británico de Golf. Las multitudes atascaron las gradas y se alinearon en el campo para ver a los principales jugadores (incluyendo al joven irlandés amateur que desafía a la gravedad, Paul Dunne) para competir cuatro rondas de 18 hoyos.

Pero los aficionados siempre están listos para pasar horas viendo a los mejores del mundo. El próximo año, el golf tendrá un lugar en los Juegos Olímpicos, una mayor oportunidad para promocionar el juego a su nivel más alto.

El problema es que los espectadores no toman un driver (madera número 1) cuando salen del campo o se alejan de la pantalla. Antes del Abierto Británico, el veterano jugador estadounidense Tom Watson resumió los obstáculos para acercarse al juego: “El golf es caro, es lento y toma mucho tiempo para jugar, y es un juego difícil de aprender”. La gente ahora pasa tiempo en las redes sociales y el correo electrónico, agregó, se desespera con los retos del juego.

El diagnóstico de Watson resonará con miles de clubes de golf que ven que se hunde la cantidad de gente que participa. Alrededor de 400 mil jugadores renunciaron al golf en 2015 en EU. En el Reino Unido, la membresía de los clubes cayó casi una cuarta parte entre 2004 y 2014.

Sin embargo, es engañoso ver esto como un problema meramente cultural. Como David Joy, director ejecutivo de England Golf, dijo a la BBC la semana pasada, muchos clubes “son negocios, y los negocios necesitan que la gente pase la puerta”.

Desafortunadamente, demasiados se centraron únicamente en sus clientes actuales, e ignoraron a los que podrían garantizar su futuro.

Mi recuerdo de jugar golf cuando era niño es que era una mezcla de diversión y temor de transgredir en algún momento la detallada etiqueta bajo la mirada punto detallado de etiqueta bajo la mirada lagañosa de las autoridades vestidas en una casa club. Cuando jugué de nuevo recientemente, me sorprendió lo poco que cambió. La percepción general es la de un deporte sofocado por la rigidez.

El paralelismo entre los viejos hábitos que arruinan el capitalismo occidental -el aumento en donde se apoyó el éxito de muchos clubes en Estados Unidos y el Reino Unido hasta que se desató la crisis financiera- es difícil de resistir. Un poco parecido las juntas de administración, los comités de los clubes de golf a menudo se concentran en nombrar a jugadores a su propia imagen, e introducirlos en el antiguo culto, cuyos códigos deben respetarse.

Sin embargo sería igual de equivocado suponer que el golf es una industria monolítica ya que sería una generalización radical sobre, digamos, la banca. Un informe de 2012 de HSBC, un gran “cliente” del juego, como el Abierto Británico curiosamente le llama a los patrocinadores corporativos, señaló que el golf se va a conformar por las mismas tendencias profundas del mundo empresarial: un cambio hacia Asia, una mayor participación de mujeres, la urbanización, la tecnología digital y sustentabilidad.

En su visión optimista del golf para 2020 prevé que habrá formas más cortas y rápidas del deporte (como defiende Rory McIlroy, la gran estrella del golf de 26 años de edad), un mayor cruce con los videojuegos, y un aumento en el uso de sensores para mejorar la técnica. Los tradicionalistas pueden estremecerse, pero tendrán que aceptarlo, como HSBC tuvo que hacerlo en sus actividades bancarias básicas, que cuando los negocios se convierten en caricatura de sí mismos, algo salió mal.

Tal vez no es necesaria una revolución. Al igual que sólo unos cuantos clientes pagarán alegremente por beneficios y privilegios de la banca privada, así unos cuantos clubes de golf podrán persistir con la antigua y conocida oferta. Otros pueden beneficiarse al ofrecer un oasis de relajación sin conexión al mundo mundo siempre activo de jugadores estresados más jóvenes. Pero la mayorçía tiene que escuchar más de cerca a su posibles futuros miembros.

Otro veterano, Greg Norman, el gran jugador australiano cuyo estilo no convencional sacudió el juego en los 80 y los 90, ve los nuevos hábitos como una oportunidad, no como una amenaza. Dijo a la BBC la semana pasada que el golf tiene que abrirse a los tipos “inteligentes, de redes sociales, que se conectan con mi dispositivo”.

Una visión estrecha e inflexible de lo que quiere el cliente es fatal para la mayoría de los negocios. Los recién llegados están ansiosos de conocer formas alternativas para entrar en el golf. Los clubes que las ofrecen florecerán. El resto estarán condenados a perder la oportunidad.