Declive industrial, causa de la antiglobalización

Mayor interrelación comercial de los países no explica la pérdida de empleos, sino el cambio tecnológico, comentan especialistas.
Seguidores de Donald Trump despiden el avión del magnate en Ohio.
Seguidores de Donald Trump despiden el avión del magnate en Ohio. (John Minchillo/AP)

En el debate sobre cómo entender el surgimiento de la antiglobalización —alimentada profundamente por la ansiedad cultural o económica—, pocos están en desacuerdo de que los núcleos de respaldo de Trump, del brexit y de otros movimientos contra lo establecido fueron áreas con un marcado declive industrial, como el Cinturón del Óxido de Estados Unidos o el norte de Inglaterra.

Esas áreas desde hace mucho tiempo comenzaron su desindustrialización. El final de los antiguos sectores de fabricación —y la desaparición de muchos empleos con una remuneración razonable para los hombres con baja cualificación— comenzó en la década de los años 70, y la industria británica pasó por el cambio más rápido de todos en la década de los 80. Pero debemos señalar que, en todas partes, no fue la cantidad que producían las fábricas lo que disminuyó —no fue así—, sino que la producción se realizaba cada vez más con menos trabajadores, gracias al cambio tecnológico.

Diane Coyle escribe emotivamente en FT acerca de su ciudad natal de Lancashire, donde vio grandes pérdidas de empleos en las fábricas a finales de los 70. Su punto principal es que el daño económico para esas comunidades, y la ira que se engendró, provinieron mucho antes de que la inmigración fuera un factor tan importante en el debate del brexit. Y eso no lo provocó la globalización, sino la automatización, y “el fracaso catastrófico de Reino Unido y otros gobiernos occidentales para poder cumplir con la tarea más fundamental de la democracia: proteger a la gente contra un golpe que abarque todo el sistema que no se podría prever o prevenir”.

Sin embargo, existe evidencia de que el “choque de China” empeoró las cosas y aceleró el aumento del apoyo a las políticas contra la globalización. Los economistas analizaron las elecciones de EU y encontraron que el cambio en la participación de los votos hacia el Partido Republicano, desde 2000, fue más grande en zonas donde la penetración de las importaciones de China tuvo un efecto mayor, después de que ese país se unió a la Organización Mundial del Comercio en 2001. Por ejemplo, los resultados sugieren que “si el crecimiento de importaciones chinas hubiera sido 25 por ciento menor, calcularon, Clinton habría ganado en Wisconsin y Michigan”.

Lo mismo parece ser cierto en Gran Bretaña. Italo Colantone y Piero Stanig establecen que “las regiones donde hay más exposición al reciente aumento de las importaciones de fabricación de China, debido a su histórica especialización industrial, muestran sistemáticamente una mayor participación del voto por salir. Afirmamos que ese es un efecto causal derivado de la desocupación determinada por la globalización, en ausencia de una compensación efectiva para los que pierden”. Antes, los mismos investigadores encontraron una relación similar entre la exposición a la competencia de importaciones chinas y el respaldo para los partidos nativistas en todas las regiones europeas.

Entonces, el golpe de China tuvo que ver. Pero los avances de la tecnología significan que incluso sin eso se deberían esperar alteraciones similares como consecuencia de la creciente automatización con el paso del tiempo. Lo que plantea la pregunta de qué deben hacer los gobiernos.

No restringir el comercio, como explica Chad Bown: cancelar los acuerdos comerciales no ayuda mucho a los trabajadores desplazados, y hay algo en los acuerdos comerciales modernos que impide que los gobiernos formulen políticas internas para mitigar el daño para los que se encuentran del lado perdedor, como una mejor provisión de atención de salud en EU. La solución no solo es que los gobiernos nacionales “recuperen el control” que tienen las instituciones y reglas globales, sino que usen mejor el control que siempre mantuvieron.

Eso, como señala Coyle, requerirá que se produzcan con seriedad “las políticas nacionales que se aplican en lugares específicos. La geografía de la economía se ignoró”. En presencia de un choque regional, la política nacional se debe orientar para mantener una fuerte demanda agregada en los lugares afectados, para que se estimule la creación de puestos de trabajo.

Y entonces está la necesidad pedestre pero crucial de las políticas para adaptar las habilidades de la gente a lo que estos nuevos empleos pueden ser. David Leonhardt informa desde New Castle, Delaware, que “tuvo que enfrentar la devastación postindustrial... que ahora tiene la atención del país”. Un desarrollo de capacidades y educación que aprovechó “la profunda conexión cultural con las artesanías” para hacer cosas y trabajar con sus manos” del área parece que ayudó a enfrentar tanto el declive económico y el estado de ansiedad que conlleva. En palabras del titular de Leonhardt, equivale a “una sacudida de la esperanza obrera”. Eso es algo que los principales políticos de todas partes deben tratar de ofrecer, para que de esa manera la falsa esperanza que venden los antiglobalistas sea considerada el último recurso.