El mundo sin Barack Obama

El próximo presidente de EU deberá decidir si su gobierno perpetúa el orden económico y de seguridad de 70 años, y explicarlo dentro y fuera del país.
El 8 de noviembre los estadounidenses votarán a su nuevo presidente y despedirán a Barack Obama, quien por ocho años ha ocupado la Casa Blanca.
El 8 de noviembre los estadounidenses votarán a su nuevo presidente y despedirán a Barack Obama, quien por ocho años ha ocupado la Casa Blanca. (Shutterstock)

El 20 de enero de 2017, Hillary Clinton o Donald Trump heredarán el legado de Barack Obama, de la misma forma en que éste aún usa el mandato de George W Bush como referencia del suyo. A grandes rasgos, la política exterior de Obama reflejó una oscilación del péndulo que se alejó de lo que se consideró como el activismo agresivo de su predecesor y guerras de larga duración. 

Sin embargo, el próximo presidente liderará un cuestionamiento público, no solo de si las políticas de Obama crearon vacíos que las fuerzas hostiles llenaron, y si -y cómo- debe intervenir Estados Unidos (EU).

El Pew Research Center informó que 57% de los estadounidenses cree que EU debe “lidiar con sus propios problemas” y “debe dejar que los demás países enfrenten los suyos de la mejor manera posible”.

Sin embargo, una sólida mayoría formula observaciones similares desde la década de 1960. Es más, una mayoría significativa aún está de acuerdo con que EU no “debe ir por su lado en asuntos internacionales”.

La mayoría de ambos partidos (Republicano y Demócrata) apoya la campaña contra ISIS. Cerca de 77% dice que la OTAN es buena para el país. La mayoría aún está a favor del comercio internacional, aunque los electores se preocupan por los salarios más bajos y la pérdida de empleos.

En resumen, los estadounidenses no están seguros y están preocupados, pero no son aislacionistas. Muchos de ellos parecen preocupados de que no se respeta a su país como lo creían.

El pueblo de EU tal vez destila impresiones que plantean un reto estratégico para el próximo presidente. El orden económico y de seguridad de 70 años que EU ayudó a establecer después de la Segunda Guerra Mundial -y adaptó en los años siguientes-, se fractura bajo la tensión. Después de una larga era de paz de las grandes potencias y la mejora de la suerte económica, muchos dieron por sentado el sistema internacional. 

Los nombramientos de Clinton

Un gran éxito para la segunda mitad del siglo XX -la pacífica integración económica y política de Europa democrática- se tambalea al borde de la desunión. Las grandes migraciones de sus vecinos desesperados tensan la política. Las políticas monetarias excepcionales del Banco Central Europeo compraron tiempo, pero por sí solo no puede suministrar el crecimiento que aliviaría el estrés. 

La Unión Europea (UE) todavía no decide lo que va a hacer del Brexit, si un nuevo tipo de acuerdo europeo o una lección dolorosa. 

Las elecciones en Alemania y Francia, en 2017, van a determinar si el centro -nacional y en toda Europa- se puede mantener. A medida que va a la deriva a UE, Rusia, de Vladimir Putin, quiere volver a configurar las fronteras en Ucrania y Georgia, y amenaza al Báltico; manipula la política europea y de EU, y le recuerda al mundo sus prerrogativas de poder.

Si la UE se divide más, puede sobrevenir la lucha del siglo XXI para lograr un equilibrio de poder, el último en un largo drama de la historia europea.

En la región Indo-Pacífico, la pregunta es si Beijing buscará la hegemonía regional o un ajuste al orden actual. Japón, la India y los países del sudeste de Asia se reposicionan a sí mismos y a sus relaciones con EU, mientras que China da señales de sus intenciones.

En 2017, se espera que el nuevo Comité Permanente del Buró Político del presidente Xi Jinping ofrezca su dirección para el futuro, incluyendo la transición económica de China.

En el noreste de Asia, las armas nucleares y los misiles de largo alcance que están bajo el control del joven líder Kim Jong Un van a desafiar la política de Obama de “paciencia estratégica”. 

La nueva administración de EU se definirá por las personas. Al equipo de Clinton lo va a opacar el fantasma del embajador Richard Holbrooke, cuya muerte le privó de un amigo que habría impulsado la política con su activismo.

Probablemente recurra a exfuncionarios que, en su mayoría, son conocidos en el mundo. Jake Sullivan, quien actuó como jefe de Planeación Política en el Departamento de Estado bajo el mando de Clinton, es su director de Políticas de la campaña, y Tom Donilon, exasesor de Seguridad Nacional de Obama, es una figura importante en el equipo de transición de Clinton.

Otras personas que uno podría esperar que asuman los altos puestos en la administración Clinton son Michéle Flournoy, Jim Steinberg, Bill Burns y Kurt Campbell; cuentan con el respeto a nivel internacional. Clinton podría sumar a exoficiales del Ejército de alto rango a la mezcla, como el almirante retirado Jim Stavridis, ahora decano de la Escuela de Derecho y Diplomacia Fletcher de la Universidad de Tuffs. 


Admirador de “hombres autoritarios”

Dotar de personal a la administración de Trump es una tarea más difícil de adivinar porque demasiados republicanos experimentados se oponen a él. Un asesor notable es Michael Flynn, el teniente general retirado y exdirector de la Agencia de Inteligencia de Defensa, quien acompañó a Trump a los informes de Inteligencia.

También están los exfuncionarios republicanos que se mantuvieron al margen, tal vez con la esperanza de que podrían moldear la forma de pensar de Trump. Los aspirantes a ser los Thomas Cromwell probablemente se sientan frustrados por su naturaleza narcisista e instintos reflexivos.

De hecho, la personalidad de Trump tal vez sea el mejor indicador de su política exterior. “Todo es negociable”, es su explicación favorita. Actúa caso por caso, señala las posturas extremas y después improvisa.

Trump admira a personas que llama “hombres fuertes”, como los presidentes Putin y Xi, e incluso al fallecido Saddam Hussein. Rusia y China conspiran para alimentar el ego de Trump, mientras se aprovechan de su ignorancia en política exterior para socavar las alianzas de EU. 

Trump afirma que EU perdió demasiado tiempo y dinero tratando de resolver los problemas del mundo, así que tal vez estaría satisfecho de ceder temas complicados a otros. Pero nadie sabe cómo responderá la vanidad de Trump, si una contraparte en el extranjero lo menosprecia.

Sin duda, Trump no valora la fiabilidad de EU en alianzas y sistemas económicos de largo tiempo. Las obligaciones de los tratados serán contratos sujetos a una renegociación. 

Trump parece arrogante acerca del papel de EU en ofrecer una disuasión nuclear para (a partir de ahora) aliados que no tienen capacidad nuclear. Las relaciones económicas serán de suma cero y mercantilistas. Uno debe esperar amenazas en aumentos de aranceles y obstrucciones al comercio y a la inversión: las represalias probablemente llevarían a negociaciones tempestuosas y daños colaterales para los mercados. 

Hay una gran posibilidad de que Trump renuncie a la agenda climática de París; intente construir un muro en la frontera con México, deportar inmigrantes indocumentados, y erigir barreras al comercio. Sus acciones contra México pueden impulsar el apoyo a Andrés Manuel López Obrador, un político populista, proteccionista y contra EU, en las elecciones presidenciales de México en 2018.

Clinton como presidenta también gobernaría con algunos temas predominantes. El presidente de su campaña, John Podesta, tiene un gran interés en el cambio climático. Calladamente ayudó a organizar el acuerdo climático Obama-Xi y, probablemente, buscaría continuar sobre esa base, posiblemente como secretario de Estado. Clinton también avanzaría su defensa de toda la vida de oportunidades para las mujeres.

Tanto Clinton como Trump probablemente se enfoquen, primero, en las frustraciones internas, especialmente las económicas. Habrá oportunidades para que Clinton combine sus posturas sobre la inversión en infraestructura y la migración con profundos vínculos norteamericanos, un tema de interés tanto para la comunidad hispana como para la empresarial.

Las políticas de energía de Trump podrían aumentar las opciones de producción de EU, pero sus amenazas sobre el comercio proyectan una oscura sombra sobre el crecimiento. 

Europa se queda para los europeos

Los problemas de Europa probablemente se dejen en las manos de los europeos, aunque Clinton respetaría las obligaciones de la OTAN y actuaría con firmeza, pero no de forma beligerante, hacia Rusia.

Trump, de forma extraña, siente admiración por Putin y apoya los movimientos nacionalistas populistas de Europa. Parece desdeñar la inversión histórica de la integración europea y la garantía de seguridad transatlántica de Estados Unidos.

Así, los conflictos fiscales con Europa tienen más probabilidad que una negociación de los estándares modernizados de comercio del estancado Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión.