TPP: el club "todos contra China" necesita a... ¡China!

El acuerdo puede ayudar a Pekín a transitar de una economía productiva dirigida por el Estado a otra encabezada por las firmas privadas.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es uno de los promotores de la unión.
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es uno de los promotores de la unión. (Reuters)

Durante los años de las negociaciones arcanas y secretas que culminaron en el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por su sigla en inglés) de esta semana, los participantes hicieron a un lado la idea de que el TPP se diseñó para excluir a China. Esto no fue un "club de cualquiera menos China", protestaron enérgicamente sus defensores. Tal vez demasiado enérgicamente.

Esas afirmaciones tensaron la credulidad. Cuando bajan la guardia, los impulsores del TPP a menudo hablan del nuevo pacto no en términos económicos, sino más bien geopolíticos. El TPP, en su disfraz de real politik, fue el complemento económico para el eje militar de Washington en Asia, un medio para unir a EU más estrechamente con sus aliados asiáticos frente al resurgimiento de China. En un artículo reciente muy discutido que realizó el Consejo de Relaciones Exteriores, Robert Blackwill y Ashley Tellis escribieron que el TPP se debe de ver como parte de una "gran estrategia" para resistir el ascenso de China. Al firmar acuerdos comerciales preferenciales con aliados, Washington puede ayudar a frenar a China, aprovechar sin esfuerzo el sistema internacional de comercio y contrarrestar lo que ellos llamaron el "poder geoeconómico" de Pekín. Incluso esta semana, Barack Obama, el presidente de Estados Unidos, quien depositó muchas esperanzas en los efectos de pulir el legado del TPP, no pudo resistirse a lanzar una indirecta a Pekín. "No podemos permitir que países como China escriban las reglas de la economía mundial", dijo.

Ahora que se acordó el marco del TPP, si bien todavía no se ratifica, los Estados miembros deben mantener su palabra de que su club no le va a prohibir la entrada a China. Deben invitar a Pekín a que se una. China debe hacer algo mejor. Debe poner en evidencia a todos al iniciar las negociaciones para hacer eso.

La idea no es tan descabellada como suena. Desde el punto de vista de Pekín, hay buenas razones para entrar al TPP. Es verdad, el TPP —menos un pacto comercial y más un ejercicio detrás de las fronteras de protección de inversiones y estandarización de regulaciones— tiene muchas fallas. Va demasiado lejos en el fortalecimiento de la influencia de las corporaciones, al permitirle a las empresas demandar a los poderes soberanos que acusen de erosionar sus utilidades. Es verdad también, el TPP contiene disposiciones contra el ejercicio del poder económico del Estado, que parece que se diseñó con China en mente. Incluso así, los objetivos del TPP y de los que buscan la transformación económica de China están muy alineados. A finales de la década de los 90, Zhu Rongji, el primer ministro, condujo la última gran transformación económica de China por medio de su adhesión en 2001 a la Organización Mundial del Comercio para impulsar el cambio en el país. En la actualidad, el TPP puede desempeñar un papel similar.

Por ejemplo, la prohibición del TPP al trato preferencial para las empresas de propiedad del Estado. China no logra cumplir con ese estándar, ofrece todo a sus gigantescas empresas estatales, desde crédito barato hasta electricidad barata. Sin embargo, Pekín dijo explícitamente que quiere parar esas prácticas y obligar a sus empresas estatales, en su mayoría ineficientes, a operar en una base más comercial. Del mismo modo, el TPP tiene disposiciones estrictas sobre la propiedad intelectual, que abarca las marcas registradas, los derechos de autor y las patentes, todas esas áreas que violan las empresas chinas. Sin embargo, los líderes chinos saben que esto tiene que cambiar también. A medida que sus propias compañías, algunas de las cuales gastan grandes sumas en investigación y desarrollo, asciendan en la cadena de valor, Pekín querrá proteger sus innovaciones y no alentar una actitud promiscua hacia la propiedad intelectual.

El TPP tiene disposiciones ambientales para prevenir que los países atraigan inversiones que destruyan su propio ecosistema. Una vez más, China se mueve cautelosamente en esta dirección, ya que busca limpiar el destrozo ambiental que provocó su primera etapa de industrialización. En temas laborales también, la agenda nacional de reformas de China y las disposiciones del TPP están en sincronía. China quiere ver que una mayor proporción de producción entre a los bolsillos de sus trabajadores, quienes entonces tendrán más dinero para gastar. Es verdad, Pekín tendrá cuidado de que no surjan sindicatos verdaderamente independientes. Pero puede al menos presentar falsas promesas sobre la idea de negociaciones colectivas en los propios intereses económicos del país. Entonces, el TPP también debe ser bueno para China, al reiniciar su estancada transformación de una economía de producción dirigida por el Estado a una de servicios dirigida por empresas privadas. Pero, ¿realmente tendrá la posibilidad de unirse? Los obstáculos tal vez no son tan altos como parecen. Otros países, como Vietnam, son miembros del TPP. Vietnam es un Estado de un solo partido con empresas estatales protegidas y una actitud hacia la propiedad intelectual casi tan desdeñosa como la de China. Si Hanoi puede unirse, seguramente Pekín puede hacerlo también.

Shinzo Abe, el primer ministro de Japón, ha sido uno de los más explícitos al imaginar al TPP como una organización geopolítica. Sin embargo, esta semana parece que abrió la puerta a la adhesión de China, cuando dijo que el TPP tendría un "sentido estratégico significativo si se uniera China". Abe tiene razón. Sin China, el TPP parece una estrategia de contención disfrazada. Con China a bordo, puede ayudar a relajar a Pekín a un mundo post-OMC. El TPP entonces puede empezar a parecerse al pacto comercial progresista que sus defensores pretenden que siempre fue.

david.pilling@ft.com