Brasil-Argentina, una rivalidad que se aviva

Mientras Buenos Aires resurge con un gobierno reformista y es preferida por los inversionistas, Brasilia enfrenta la mayor recesión de su historia.
Michel Temer puede asumir la presidencia brasileña.
Michel Temer puede asumir la presidencia brasileña. (Ueslei Marcelino/Reuters)

Buenos Aires, Sao Paulo y Miami

Después de emitir bonos por 16 mil 500 millones de dólares (mdd), la más grande que realiza una nación de mercados emergentes en la historia, Argentina es el nuevo favorito de los inversionistas. Por el contrario, a su vecino Brasil, el anterior preferido, lo sacude una fuerte recesión, la crisis política y un escándalo de corrupción tan extenso que ya envió a prisión a algunas de las personas más poderosas del país.

Las dos mayores economías de Sudamérica tienen una larga historia de celos mutuos. Pero a medida que cada uno se enfrenta a sus problemas de corrupción y la desaceleración económica que siguió a la caída de los precios de las materias primas, la rivalidad toma nuevas dimensiones.

Brasil, para molestia de algunos argentinos, tiene un sistema judicial fieramente independiente que obstinadamente mantiene una investigación sobre la corrupción en Petrobras, la compañía petrolera estatal, un proceso que puede llevar al juicio político de la presidenta Dilma Rousseff.

Por su parte, Argentina tiene lo que muchos brasileños quieren desesperadamente: un gobierno reformista. La administración del presidente Mauricio Macri, quien resultó electo hace cuatro meses, empezó a revertir el legado económico de la anterior presidenta populista Cristina Fernández, incluido seguir adelante con una emisión histórica de bonos.

“Espero que podamos liberarnos de los que ahora son adictos al poder para satisfacer sus propios proyectos políticos”, dice Miguel Reale Júnior, un ex ministro de justicia brasileño. “Espero que Brasil se vuelva como Argentina”.

Ese tipo de declaración de un político brasileño sería impensable que se hiciera hace solo unos meses. Sin embargo, tiene el aliento de la posibilidad de que el vicepresidente, Michel Temer, quien reemplazará a Rousseff si la presidenta tiene que enfrentar un proceso formal de juicio político, pueda realizar un esfuerzo de reforma similar.

A los brasileños los educan para creer que su país es superior a Argentina en todos los sentidos, desde el futbol hasta la economía y las relaciones internacionales. Mientras que en Buenos Aires se habla desde hace tiempo de reclamar las pequeñas Islas Malvinas a Reino Unido, el objetivo de Brasil es tener un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Aunque ahora esas percepciones se ponen de cabeza.

Mientras Brasil sufre de la peor recesión en un siglo, Macri se movió para alejarse del intervencionismo económico, desmantelar los controles de tipo de cambio, liberalizar el comercio y que Argentina vuelva a participar en la economía mundial. El Fondo Monetario Internacional pronostica que la economía brasileña de 1.5 billones de dólares se mantendrá sin cambios el próximo año, mientras que la economía Argentina de 438 mil mdd crecerá 3 por ciento. “Brasil empieza a parecerse a lo que alguna vez fue Argentina”, dice Otto Nagami, profesor de economía de la escuela de negocios Insper de Sao Paulo.

Durante las recientes manifestaciones callejeras contra Rousseff y su partido, el gobernante Partido de los Trabajadores, algunos manifestantes agitaban carteles donde pedían: “Menos como Venezuela, más como Argentina”.

“Es un síntoma de la desesperación de los brasileños”, dice Rafael Alcadipani, académico de la Fundación Getulio Vargas en Sao Paulo. “El odio que muchos sienten hacia el PT es incluso más grande que su odio por Argentina”.

Sin embargo, aunque muchos esperan que Temer realice reformas como las de Argentina en caso de que asuma el cargo de presidente, enfrentará importantes retos. La investigación sobre corrupción de Petrobras aún puede afectar al partido de oposición, el PMDB, mientras que los recortes de gastos serán una medida impopular.

Sin embargo, en otras áreas los argentinos ven con envidia a Brasil. Muchos observan al norte para admirar la fortaleza de las instituciones brasileñas, en especial las judiciales.

Brasil también atrae una gran cantidad de inversión extranjera directa, que creció a 17 mil mdd en el primer trimestre de 2016, en comparación con 13 mil 100 mdd en el mismo periodo del año pasado, de acuerdo con Alejandro Werner, director del departamento del Hemisferio Occidental del FMI. En parte, eso se debe a la resistencia de las instituciones brasileñas.

Por el contrario, el poder judicial de Argentina sufre de una “grave crisis de legitimidad”, dice Guillermo Jorge, abogado penalista de Buenos Aires. Mientras que los jueces brasileños detuvieron a ex presidentes y algunos de los hombres más ricos del país, “los jueces argentinos no son muy valientes” agrega Jorge, socio de Governance Latam, un grupo anticorrupción.

“Saben que si vas contra alguien más poderoso que tú, te pueden destruir en 15 minutos”, agrega.

La cuestión de la corrupción volvió a surgir en Argentina después de una serie de casos contra altos funcionarios de la administración de Fernández.

Este mes arrestaron a Lázaro Báez, un empresario de la Patagonia, después de que lo acusaron de malversación de fondos y lavado de dinero para Fernández y su fallecido esposo y predecesor en la presidencia, Néstor Kirchner. Él niega las acusaciones. Otras figuras poderosas afirman que los fiscales federales también los investigan, incluido a Julio Vido, ex ministro de Planeación, y el ministro del gabinete Aníbal Fernández. También niegan cualquier delito.

Pero pocos argentinos esperan que esas investigaciones vayan muy lejos. Carlos Germano, analista político en Buenos Aires, señala que los casos los manejan “los mismos jueces que hace apenas un año se hicieron de la vista gorda”.

También hay una sensación de cacería de brujas, dado que los jueces argentinos van detrás de los que salieron del gobierno, mientras que sus colegas en Brasil persiguen a los que todavía están en el poder.

“Sin embargo, ya se abrió una puerta y va a ser muy difícil cerrarla”, dice Germano, lo que refleja un sentimiento común en toda la región, donde ya no se tolera la impunidad como antes en medio de una crisis económica. “Las demandas de la sociedad para que se haga justicia son muy fuertes”.