Los bancos centrales no son los enemigos

Desde que terminó la era Bretton Woods en 1971, la cotización de nuestras monedas no depende del oro, el petróleo o algo físico, sino en lo que los gobiernos aseguran que vale.
La sede del Banco de México.
La sede del Banco de México. (Juan Carlos Bautista)

Las economías se basan en la confianza. El crédito es la piedra angular de las finanzas, proviene de la palabra en latín para la confianza. JP Morgan, el fundador del capitalismo financiero, dijo que no hay nada más importante, y que él no le prestaría dinero a un hombre en el que no confiara “por todos los bonos de la cristiandad”.

Pero la confianza es frágil y está bajo ataque. La necesidad de darle una patada a los ricos y poderosos relaciona al voto en Reino Unido por salir de la Unión Europea, la nominación de Donald Trump y el surgimiento de movimientos populistas en toda Europa. La desconfianza en las élites gobernantes a menudo se justifica, pero la pérdida de confianza que ocurre en la actualidad es diferente. Las redes sociales, y la tendencia de internet que nos permite filtrar todo, menos las opiniones con las que ya estamos de acuerdo, convirtieron un debate robusto en un horrible tribalismo intolerante.

Los mismos políticos motivaron la desconfianza. Se puede ignorar a los expertos, dicen; hay sesgo en los hechos. Por lo tanto, el escepticismo se convierte en solipsismo, el temor de que nada es verdad. Y eso me asusta, sobre todo cuando se dirige a las instituciones que dependen de la confianza para su supervivencia. Todos los días observo esto como parte de mi trabajo, hacer comentarios sobre los mercados mundiales. Como con la plomería, la mayoría de las personas no presta atención a los mercados de capital, hasta que comienza una fuga. Cuando esto ocurre —como  cuando Lehman Brothers quebró en 2008— de repente nada es más importante. Los mercados de capital, que aprendimos a tener estos puntos críticos, controlan muchos aspectos de nuestras vidas. Y cuando se rompen, la gente se enoja mucho, y se inclinan más por desconfiar de cualquier narrativa que les den los expertos. Pero sin la confianza, el sistema no puede revivir.

Primero piensen en los bancos centrales. Los manejan seres humanos a menudo cometen errores que perjudican a millones de personas y no deben estar libres de críticas. Pero ellos dependen de la confianza. Desde que terminó la era Bretton Woods en 1971, el valor de nuestras monedas no depende del oro o del petróleo o de algo físico, sino de lo que los gobiernos y los bancos centrales dicen que valen. Si pierdes la confianza en estas instituciones, ya no tendrás moneda.

Se supone que los mismos bancos centrales se hicieron impopulares: como un presidente de la Reserva Federal de EU lo dijo, tienen que alejarse de la ponchera de dinero barato justo cuando comienza la fiesta. Pero desde 2008, cuando sacaron la ponchera para que todos se dieran un atracón de dinero barato y aumentara el precio de los activos en un intento por volver a iniciar el crecimiento, se convirtieron en el objeto de un odio apasionado y rampantes teorías de conspiración. El desacuerdo racional (el cual yo comparto) se convirtió en enojo irracional.

Está bien cuestionar la expansión cuantitativa, la práctica de comprar bonos para reducir su rendimiento y reducir las tasas de interés en la economía. Una medida desesperada que se debe usar únicamente cuando las principales tasas de interés de los bancos ya se encuentran cerca de cero, esta política profundiza la desigualdad (aumenta la riqueza de los que tienen acciones o propiedades), pero que hasta ahora, aún no impulsan el crecimiento económico. Pero hablamos sobre una medida monetaria técnica, que adoptan funcionarios civiles que se enfrentan a un conjunto único de circunstancias económicas sombrías. En el caso del sorprendentemente impopular Ben Bernanke, presidente de la Fed durante la crisis financiera, los resultados anteriores de una larga y distinguida carrera académica produjo una clara justificación para ese tipo de prácticas.

Sin embargo, todos los días, los comentarios de los lectores en las columnas de mercados de FT declaran una gran conspiración. Los bancos centrales participan en un intento de “acaparar el poder”; degradan deliberadamente la moneda. Se deben frenar. El lenguaje en las notas de los corredores de bolsa se vuelve más iracundo. En EU, empieza a politizar a la Fed. Rick Perry, cuando era gobernador de Texas, describió alguna vez las políticas de Bernanke como “traicioneras” y advirtió, “debemos tratarlo muy mal en Texas”. Todo esto está irremediablemente mal dirigido. Los banqueros centrales se sienten visceralmente incómodos con el dinero fácil. Dos veces en la última década el Banco Central Europeo elevó las tasas solo para tener que recortarlas de nuevo. La Fed anunció a principios de 2009 que elevaría las tasas de nuevo a finales de 2009. Ese momento no llegó hasta 2015.

La política monetaria se mantuvo demasiado flexible por mucho tiempo, pero esa no es la falla principal de los bancos centrales. En vez de eso, es un fracaso de los políticos, quienes evitaron los compromisos de gastos y reformas económicas más profundas, muy dolorosas al principio, que nos permitan dejar de depender del dinero barato. Y ese es un fracaso de los mismos mercados, que se descontrolan si se les niega su dosis de dinero barato. En lugar de ambiciosos acumuladores de poder, los banqueros centrales me parecen tecnócratas incómodos, profundamente incómodos con el papel de que la renuncia a la responsabilidad de parte de otros los obligan a ellos.

Hay una desconfianza más radical en los hechos mismos. La primera vez que sentí esto fue la noche del referéndum de la UE, cuando en un tuit publiqué una gráfica en la que se mostraba que la libra sufría su caída más grande en casi medio siglo. Eso era cierto. Sin embargo, me empezaron a llover tuits, donde me decían que estaba equivocado. El brexit no tenía nada que ver con eso, dijeron (una propuesta absurda). La libra de hecho no cayó, declaraban. Esto continúa. Si informo que los bonos de gobierno se venden a bajos rendimientos sin precedente, porque los inversores buscan lugares seguros para su dinero —ambas propuestas innegables y sin excepción—, a esto le siguen críticas. ¡Los mercados están arreglados! ¡Los rendimientos no están tan bajos! ¡Los operadores votaron por permanecer y tratan de socavar la democracia!

Los mercados no son eficientes, y a menudo se equivocan. Hice una carrera explicando esto. Pero no son parte de un proceso político, e ignorarlos no es una opción. Cuando fijan el precio al que podemos pedir prestado, o al tipo de cambio de una moneda, crean verdades con las que tenemos que vivir. Sin la base de la confianza, que parece alejarse, la economía pierde una piedra angular. Y ni siquiera todos los bonos en la cristiandad pueden reconstruir eso.

John Authers es comentarista "senior" de inversión de FT.
john.authers@ft.com