Inversionistas anhelan el andar altivo de Dimon

Prevalece la idea de que la banca se parezca cada vez más a un humilde proveedor de electricidad, agua o gas.
La escultura de Arturo Di Modica, a las afueras de la Bolsa de Nueva York.
La escultura de Arturo Di Modica, a las afueras de la Bolsa de Nueva York. (Carlo Allegri/Reuters)

El cheque de pago de 68 millones 500 mil dólares de Lloyd Blankfein… la cómoda de John Thain de 35 mil dólares… hay menos arrogancia en el andar de Jamie Dimon, y en las recientes presentaciones de resultados brillan por su ausencia los anuncios de pérdidas de miles de millones de dólares en las obligaciones de deuda colateral.

Wall Street ha sido domada; la alteraron irrevocablemente junto con los bonos del presidente ejecutivo de Goldman Sachs, la decoración de la oficina del ex presidente ejecutivo de Merrill Lynch y la actitud del presidente ejecutivo de JPMorgan.

Los bancos se vieron obligados a ser más seguros y más aburridos. Con el cierre del casino, los reguladores redujeron las posibilidades de desastres, pero también disminuyeron la probabilidad de que los accionistas reciban enormes rendimientos. La compensación debe ser a un menor costo de capital y con dividendos estables. Como le dijo alguna vez Tom Hoenig, ahora vicepresidente de la Federal  Deposit Insurance Corporation (Corporación Federal de Seguro de Depósito), a los bancos: “Son empresas de servicio público, por todos los cielos”. La idea de que los bancos se parezcan cada vez más a un humilde proveedor de electricidad, agua o gas se volvió una frase común.

La frase está mal. Los bancos no son como las empresas de servicio público, y nunca lo serán. Por ejemplo, Exelon. Tal vez hay algunas similitudes superficiales entre un banco y la empresa de servicios públicos estadunidense. Con la flota de energía nuclear más grande del país, Exelon es también muy regulada. Ofrece un servicio vital para la sociedad, como lo hacen los bancos cuando transfieren dinero y proporcionan crédito. Pero el año pasado Exelon pagó 83 por ciento de sus ganancias en forma de dividendos. Al revisar las otras empresas de servicio público estadunidenses la historia es similar, más de 50 por ciento regresa a los accionistas. ¿Cuánto pagaron los bancos? JPMorgan, 33 por ciento. Mucho menos, pero JPMorgan de hecho es algo atípico. Goldman Sachs, 13 por ciento; Bank of America, 4 por ciento, y Citigroup, 0.9 por ciento.

Los “dividendos de la paz” —que el director de Bank of America, Brian Moynihan, espera obtener desde hace mucho tiempo por las regulaciones más estrictas— todavía no llegan. Tampoco los dividendos reales. El costo de capital de los bancos no cayó significativamente a pesar de la tan cacareada disminución de riesgo. “Creo que la razón de que no lo han hecho es que se sustituyó el riesgo de crédito y operación con el riesgo regulatorio y legal”, dijo Richard Ramsden, analista de Goldman. En otras palabras, los reguladores elevan el nivel en capital y los fiscales golpean a los bancos con multas récord. Esta no es una receta para rendimientos confiables.

La otra área donde se derrumba el paralelismo con las empresas de servicio público es el monto de la deuda. Exelon tiene alrededor de 20 mil millones de dólares (mdd) de deuda y casi la misma cantidad de capital. Esto todavía es más deuda que muchas empresas; en Silicon Valley muchos grupos de tecnología se financian exclusivamente a través de la venta de acciones. Pero todavía es una deuda mucho menor que la de los grandes bancos. JPMorgan Chase tiene alrededor de 210 mil mdd en capital y cerca de 2.2 billones (2.2 millones de millones) de dólares de deuda. Esa relación de alrededor de 10 a 1 es menor a la que existía antes de la crisis, cuando lo común era de 30 a 1. Pero todavía es mucho más alta que cualquier empresa de servicio público normal.

Para los bancos, además de la mayoría de los más apasionados halcones de capital, elevar su apalancamiento es visto como una característica, no un defecto. “El apalancamiento es una parte inherente y esencial de los sistemas bancarios modernos”, dijo Stefan Ingves, presidente del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, que establece los requerimientos mínimos globales para el capital de bancos, en un discurso del año pasado. Después dijo que, “hasta cierto punto”, hay beneficios para los bancos con un “alto apalancamiento (que) fluye a través de la sociedad en general”. Ese punto ocurre en alguna parte antes de que los bancos adquieran tanta deuda que disminuya el precio de sus activos y causen una implosión.

Incluso después de todo el trabajo de Ingves y sus colegas para disminuir la proporción de deuda que los bancos pueden utilizar para financiarse, los bancos se mantienen todavía con un apalancamiento muy alto en comparación con las empresas de servicio público. Los inversionistas quieren recibir beneficios y probablemente no se sientan seguros con un apalancamiento de 10  a 1, cuando pueden tener uno de 1 a 1 en una empresa de servicio público. Sí, es menos probable que los bancos se destruyan en comparación como lo que fue en el pasado. Pero —quizá afortunadamente— todavía es más probable que ellos vuelen por los aires que Exelon y sus centrales nucleares.

A los inversionistas les gustan las acciones de los bancos porque deben desempeñarse bien en un entorno de tasa creciente, exactamente lo contrario a las empresas de servicio público. El peligro es que el aspecto negativo se redujo —pero no se eliminó—, mientras que el aspecto positivo se limitó con firmeza. Los bancos de Wall Street solían ser todo lo contrario a las empresas de servicios públicos. Ahora se encuentran en medio. Los inversionistas todavía pueden anhelar esos días cuando los riesgos eran mayores, los bonos y los adornos de oficinas más extravagantes, pero los rendimientos también eran más grandes.

EL DATO

33%

Ganancias en forma de dividendos que pagó JPMorgan en 2014; Exelon dio 83%.

2,000 mdd

Capital de JPMorgan, con deuda de 2 bdd; Exelon debe 20 mil mdd y tiene el mismo capital.

68.5 mdd

Sueldo que recibió Lloyd Blankfein por ocupar el puesto de CEO de Goldman Sachs en 2007.