'El rey de la soya' apuesta a la tecnología de punta

Gustavo Grobocopatel contribuyó a que Argentina se convirtiera en el tercer mayor exportador mundial de granos.
Su empresa, Los Grobo, cultiva 50 mil hectáreas.
Su empresa, Los Grobo, cultiva 50 mil hectáreas. (Shutterstock)

El rey de la soya de Argentina utiliza su corona de mala gana. Gustavo Grobocopatel hace muecas ante la mención de su apodo, lo descarta como solo el resultado de la gente que le quiere "poner un rostro" a una historia, en su caso, la notable recuperación de Argentina de su colapso en 2001, que impulsó el auge de la industria de la soya.

"No inventé nada. Es injusta la posición que ocupo", dice uno de los líderes empresariales más influyentes de Argentina y pionero de la industria de la soya, que despegó en la década de los 90 para convertirse en el tercer mayor exportador de granos del mundo, después de Brasil y EU, y principal exportador de aceite de soya.

En realidad, Grobocopatel es cualquier cosa menos regio. El voluminoso y jovial empresario, de 53 años, cantante de un trío folclórico, se reúne con FT en el distrito de Puerto Madero en Buenos Aires, lleva una camisa de manga corta metida en su short.

Sus mejillas coloradas con barba delatan sus orígenes rurales: nació dentro de una familia de "gauchos judíos" en las fértiles llanuras de las Pampas. Su bisabuelo, quien vivió en lo que ahora es Moldavia, se unió a la ola de inmigración hacia Argentina a principios del siglo XX cuando era uno de los países más prósperos del mundo.

A pesar de su éxito —las innovadoras prácticas administrativas de Grobocopatel son tema de estudio en las escuelas de negocios, incluido Harvard— sigue con los pies en la tierra. Recuerda que sus propios estudios no eran muy prometedores. "Cuando me gradué como ingeniero agrícola me dijeron que no tenía futuro, pero resultó ser una bendición".

De hecho, pudo aplicar sus conocimientos a Los Grobo, el negocio familiar que su padre, Adolfo, fundó en 1984, el mismo año en que se graduó. El joven Gustavo sugirió la siembra de soya y se dedicó a modernizar la compañía. En poco tiempo se encontraba entre los primeros en Argentina en adoptar las técnicas más avanzadas que fueron pioneras en EU, como agricultura con mínimo de labranza y semillas transgénicas, y así revolucionó la productividad.

En tres décadas transformó la compañía de un pequeño negocio familiar con apenas mil hectáreas de tierra agrícola en una operación internacional que se mantiene como propiedad privada y cultiva hasta 350 mil hectáreas con ingresos de más de mil mdd. Se convirtió en uno de los mayores productores latinoamericanos de granos, que también incluyen trigo y maíz.

Aunque hoy se acusa a El rey de la soya de abdicar al trono. Los Grobo gradualmente redujeron su producción de granos, después de hacer una salida "táctica, pero no estratégica" de Brasil, y actualmente cultiva 50 mil hectáreas en Argentina, en comparación con las 120 mil de hace tres años. Esto se debe en parte a que los impuestos y las restricciones comerciales que implementó el gobierno de Cristina Fernández, así como una inflación galopante y el derrumbe de los precios de las materias primas.

Pero se espera que tras las elecciones presidenciales de octubre llegue una administración más orientada al mercado, y Grobocopatel se aleja de los temores del final del auge de las materias primas.

"El precio no es sinónimo del auge", dice con confianza. "Cada día hay mayor demanda de granos. Lo que sucede es que hay desacoplamientos temporales que hacen que los precios suban o bajen, pero para mí, el boom continúa".

Tan optimista como siempre sobre las perspectivas del poderoso y avanzado sector agrícola de Argentina, Grobocopatel dice que solo se prepara para el futuro. Afirma que la tecnología será cada vez más importante, dice que Los Grobo cambia su enfoque de plantar soya a prestar serviciosde biotecnología y siembra de precisión.

Está convencido de que el vibrante y emprendedor sector agrícola argentino está perfectamente posicionado para ir a la vanguardia de "una nueva revolución industrial verde", mientras convergen los desarrollos de impresión en 3D, nanotecnología, robótica, comunicaciones y vida artificial. Las potencias agrícolas tradicionales como EU tienen demasiada protección y son inflexibles, dice, mientras que los agricultores europeos tienen "demasiados subsidios que casi son jardineros; no importa si producen más o menos".

Grobocopatel lanza un apasionado discurso sobre su visión del futuro de la agricultura, en donde él cree que vamos a tener que pensar que "una planta es un fábrica sin chimenea, no emite dióxido de carbono pero lo consume; es una fábrica que utiliza la luz del sol, o energías renovables; es una fábrica y está en el campo, que regresa al campo la migración a las ciudades; es una fábrica limpia que resuelve los problemas de seguridad alimentaria, del medio ambiente, geopolíticos y de la pobreza rural".

Con eso en mente, Grobocopatel se prepara para lanzar un proyecto de siembra de precisión de nombre Frontec, una empresa conjunta con una compañía satelital propiedad del Estado. Al utilizar las imágenes del satélite para determinar la calidad y rendimiento del suelo, piensa que puede ayudar a los agricultores a impulsar su utilidad de operación cerca de 30 por ciento, al optimizar la densidad de semillas plantadas y la cantidad de fertilizante a utilizar.

Cree que revolucionará la agricultura: "Esta tecnología es para la agricultura lo que el microscopio fue para la medicina".

La diversificación de Los Grobo fue posible por su modelo de negocio flexible, rentar gran parte de la tierra que cultiva y subcontratar mano de obra y maquinaria. Aunque en los últimos años la tierra agrícola en América Latina es uno de los fondos de cobertura más atractivos donde juega el capital privado, Grobocopatel dice que su estrategia ayudó a su firma a adaptarse a los distintos riesgos que enfrenta, desde el clima hasta la política y los precios. Y en el largo plazo cree que de todos modos la experiencia tecnológica en la que invierte va a valer más que la tierra.

"La diferencia entre los pobres y los ricos no se va a determinar por el capital, sino por el conocimiento, y el flujo de ese conocimiento", dice. "Mientras más cerca estés de la revolución tecnológica y de conocimiento, tu capacidad será mayor para captar valor...y creo que más temprano que tarde el mercado copiará eso".