Los turistas se apoderan del mundo

Aunque el turismo es una excelente fuente de empleos e ingresos, muchas ciudades corren el peligro de convertirse en lugares para visitantes y no para sus habitantes.
Venecia ya no es una ciudad: sus 265 mil habitantes reciben más de 20 millones de visitantes al año.
Venecia ya no es una ciudad: sus 265 mil habitantes reciben más de 20 millones de visitantes al año. (Shutterstock)

Holanda

Crecí en Holanda, y a menudo les muestro Amsterdam a mis amigos extranjeros. En 1998, fui por un fin de semana con algunos colegas de FT. Una tarde, paseaban en una ciclovía cuando un ciclista local, quedó atrapado detrás de ellos, furioso tocó su campana. Felizmente inconscientes de que estaban en una ciclovía -o incluso de que eso existía- mis amigos lo ignoraron. Finalmente, los rebasó y les gritó. Como tengo mal carácter, le di una patada a su rueda trasera. Pero, por supuesto, él tenía razón: los turistas ignorantes estropeaban su vida cotidiana.

Desde entonces, los problemas de ese hombre empeoraron. En 2013, Amsterdam recibió 8 millones 400 mil visitantes internacionales, cerca del doble de la cifra de 1988. Otras bonitas ciudades europeas ceden ante el turismo, y las fricciones sólo empeoran. La Organización Mundial de Turismo espera mil 800 millones de visitas de turistas internacionales para 2030, en comparación con los 940 millones de turistas en 2010. Stephen Hodes, un arquitecto sudafricano que vive en Amsterdam, acaba de publicar una revista que pregunta: “¿Cómo puede mantenerse el equilibrio de esta ciudad si cada vez vienen más turistas internacionales?”.

Es cierto que el turismo permite permite al pequeño Amsterdam contar con restaurantes de clase mundial, museos y festivales. Sin embargo, los turistas los llenan. Las multitudes en Rijksmuseum te empujan a pasar al siguiente Rembrandt antes de que puedas registrarlo. Alegres hordas rodean la casa de Ana Frank, a la espera de tomarle una fotografía al escondite antes de entretenerse en las sex shops locales.

Por ahora, una casa en el centro de una hermosa ciudad europea es el privilegio del 1%. Pero eso puede cambiar si los turistas vuelven los centros de las ciudades en atracciones ruidosas. Durante siglos, los lugareños afirman su sentido de pertenencia al quejarse de los turistas, pero últimamente aumentó el número de quejas al igual que los turistas. Los visitantes de Hong Kong marchan en protesta contra los turistas chinos (a quienes llaman “langostas”), la gente que pertenece a la clase media alta del centro de Amsterdam intercambia diariamente historias de turistas idiotas.

La “hotelización” de Amsterdam (la frase es del periodista holandés, Frits Abrahams), no sólo es cuestión de nuevos grandes hoteles que aparecen por todos lados. Sitios web como Airbnb llevan turistas a tu edificio, a menudo demasiado rápido como para que puedan actuar los reguladores.

Cuando se les preguntó a funcionarios de turismo sobre estas cuestiones, dieron una respuesta fácil: extender el turismo en tiempo y espacio. Eso significa construir hoteles en suburbios, realizar festivales en invierno, y así sucesivamente. Pero, como dice Hodes, este extensión no funciona de forma brillante. La mayoría de los turistas no quiere visitar Amsterdam en enero. Quieren visitar el Rijksmuseum en junio.

Este es un choque entre la economía y la calidad de vida local. “El turismo es una industria que sigue creciendo cada año a pesar de la crisis”, dice Hodes. “Y emplea a mucha gente”. La industria también es una solución parcial al desequilibrio económico mundial: China ahora recicla la mitad de su superávit comercial anual de 200 mil millones de euros con turismo hacia el extranjero, calcula el economista francés, Robin Rivaton. Los europeos quieren ese flujo de ingresos, aunque algunos no quieren a los turistas chinos, quienes son (justa o injustamente) los herederos del estereotipo que se relaciona a los turistas estadounidenses en la década de los 70: grupos de turistas que bloquean el tránsito y compradores insensibles a la cultura.

Muchas ciudades europeas ahora apuntan a una mejor clase de turismo. Amsterdam redujo su zona roja, y esperan desalentar a las despedidas de solteros británicas.

Hodes les dice a las ciudades: “Tienen que hacer cosas impopulares. Y algunas veces tienes que sonar esnob”. En un artículo en su revista sugirió en tono de broma construir un muro alrededor de Amsterdam para que paguen para entrar. Un día esto puede pasar. Venecia ya considera cobrar a los visitantes una cuota de entrada. Esas medidas completarían la transformación de las ciudades más bonitas de Europa en comunidades cerradas para los súper ricos. Entonces el turismo podría volver a ser de nuevo un privilegio para las élites como lo fue en la década de los 50, cuando sólo 25 millones de personas viajaban internacionalmente.

Sin duda Venecia ya no es una ciudad: sus 265 mil habitantes reciben más de 20 millones de visitantes al año. El alcalde de Amsterdam, Eberhard van der Laan advierte que, “sin un equilibrio”, Amsterdam también puede convertirse en “una ciudad para turistas y no para sus habitantes”. Pero la tendencia puede ser imparable.