En busca de un Martín Lutero musulmán

Tras los ataques a la revista francesa Charlie Hebdo resurgió el debate sobre una reforma islámica y la necesidad de un personaje unificador.
La gran mayoría de los clérigos afirman que los yihadistas malinterpretan su religión y la gran mayoría de los musulmanes nunca recurren a un acto de violencia. Pero eso no quiere decir que no se necesita una reforma.
La gran mayoría de los clérigos afirman que los yihadistas malinterpretan su religión y la gran mayoría de los musulmanes nunca recurren a un acto de violencia. Pero eso no quiere decir que no se necesita una reforma. (Reuters)

Medio Oriente

Cuando leí sobre el llamado para reformar el Islam de Abdel Fattah al-Sisi, imaginé una caricatura de Charlie Hebdo en donde ridiculizaban al mensajero.

Días antes de la masacre de París a la revista satírica que dejó traumatizada a Francia, el presidente egipcio, que se hace pasar como la voz progresista contra el extremismo musulmán sunita, llamó a una revolución dentro del Islam.

Es inconcebible, le dijo a los clérigos de la universidad Al-Azhar en El Cairo, el centro de aprendizaje sunita, que “el pensamiento que tenemos como lo más sagrado debe provocar que toda la umma (mundo islámico) sea una fuente de ansiedad, peligro, muerte y destrucción para el resto del mundo”.

El discurso pasó desapercibido antes del ataque de París, pero desde entonces se mantiene como una respuesta progresista para el radicalismo islámico. Algunos incluso insinúan que Sisi puede surgir como el Martín Lutero del mundo musulmán.

El ex general que dirigió el golpe de estado de 2013 contra el gobierno islamista electo de la Hermandad Musulmana desde entonces libra una implacable y sangrienta campaña de represión contra el grupo y toma medidas enérgicas con los medios. Es un inverosímil líder de una reforma.

Sí, habla mucho, y tal vez es un verdadero creyente del pensamiento religioso moderado. Pero las acciones de su gobierno también contribuyen a la radicalización de los islamistas y exacerbaron su sentido de victimización. También tiene un problema con el humor. Una ligera burla sobre Sisi terminó con la carrera de televisión del popular escritor satírico, Bassem Youssef.

A los grandes ataques terroristas a menudo los acompañan llamados a la reforma del Islam. Pero será una larga espera para que surja un Martín Lutero. No hay iglesia o jerarquía en el Islam y hay varias escuelas de pensamiento, así que las interpretaciones por lo general se basan en el consenso de las instituciones clericales. La gran mayoría de los clérigos afirman que los yihadistas malinterpretan su religión y la gran mayoría de los musulmanes nunca recurren a un acto de violencia. Pero eso no quiere decir que no se necesita una reforma.

Después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, surgió un raro y bienvenido debate sobre la ideología y enseñanzas de la corriente puritana del Wahhabi del Islam que se practica en Arabia Saudita y su papel en engañar a la juventud. A los liberales se les dio el espacio para discutir su caso y el lenguaje de los clérigos se moderó. Pero después se desvaneció la presión, al igual que las reformas.

El año pasado, algunos liberales del mundo árabe aterrados observaron el surgimiento del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS) y de nuevo cuestionaron las enseñanzas religiosas.

Sin embargo, la respuesta radica en parte en el estado de descomposición sociopolítica de un Medio Oriente al que asola la autocracia, el caos y una problemática, y a veces irracional, relación con occidente.

Instituciones como la Universidad Al-Azhar (que por cierto, apoyó el golpe militar de Egipto) estarían en mejor posición para promover la moderación si existieran en un entorno político libre y abierto. Ahora, mucha gente las ve como las ramas de los regímenes que los explotan con fines políticos, por momentos incluso alientan a las instituciones a adoptar puntos de vista radicales para impulsar la legitimidad del gobierno. Mientras tanto, en gran parte de la región, cualquier académico musulmán que predica interpretaciones liberales del Corán, el hadiz, de los refranes del Profeta y gana un amplio seguimiento se considera una amenaza política.

Como el Instituto de El Cairo para Estudios de Derechos Humanos señaló en su reacción al ataque a Charlie Hebdo, las reformas religiosas en el mundo árabe son necesarias, pero no pueden lograrse sin una reforma política.

Por ejemplo, una señal de progreso sería si se permite un debate sobre religión sin que nadie que se atreva a cuestionar el Islam termine en prisión. Es una triste ironía que, dos días después de la atrocidad de París, un bloguero saudita recibiera 50 latigazos (y 950 más por venir, y una sentencia de 10 años en prisión) por manejar un sitio web liberal en donde supuestamente insultó a las autoridades religiosas. La misma semana, un tribunal en Egipto sentenció a un estudiante a tres años en prisión después de acusarlo de que escribió publicaciones en Facebook que insultaban al Islam.

No es en un ambiente de intimidación e intolerancia en la que cualquier cambio -mucho menos una reforma de ideología y discurso religioso- se logre alcanzar algún día.