El fenómeno del cubetazo: divertirse no siempre es hacer el bien

La campaña viral de recaudación ha sido todo un éxito gracias a la presión social, ¿pero qué tan racionales son las donaciones?
En un mundo de generosidad y recursos limitados, ¿quién tiene el derecho de decir cuál es la causa que necesita más apoyo?
En un mundo de generosidad y recursos limitados, ¿quién tiene el derecho de decir cuál es la causa que necesita más apoyo? (Shutterstock)

Estados Unidos

La semana pasada finalmente me rendí a la presión social e invité a algunos colegas de la BBC para que me grabaran cuando me echaba una cubetada de agua helada sobre mi cabeza. Como ya todo mundo sabe, la idea es que la gente se grabe mientras se moja y done dinero a la ALS (las siglas de la Asociación Estadounidense para la Esclerosis Lateral Amiotrófica) además de retar a tres personas a que hagan lo mismo.

El reto es contagioso, con humillación en la tele, pirámides de dinero, y una manera genial de juntar dinero. Lady Gaga lo ha hecho al igual que Mark Zuckerberg y George W. Bush.

La presión social es algo muy poderoso y resulta reconfortante saber que se usa para provocar sonrisas y darle alas a un espíritu generoso. Claro que esto no es algo nuevo. La beneficencia siempre ha buscado el apoyo de las celebridades y ya es toda una tradición ver que la gente famosa se empapa. Y en cuanto a la búsqueda de patrocinios para correr un maratón o escalar el Kilimanjaro, sabemos que la esencia del ejercicio es la presión a ultranza a amigos y colegas para que donen.

La presión entre colegas también puede conseguir que quien dona lo haga a regañadientes. Adriaan Soetevent, un economista de la Universidad de Groningen, realizó un estudio sobre las colectas en las iglesias: en canasta abierta contra bolsa cerrada. La canasta abierta obtuvo mejores donativos. Y en otro experimento astuto por parte de los economistas Stefano DellaVigna, John Listo y Ulrike Malmendier, siguieron a recaudadores de donativos que trabajaron de puerta en puerta. Algunas casas habían recibido volantes en los que les avisaron la hora en que los recaudadores pasarían a tocar. Y este aviso aumentó las probabilidades de que nadie abriera las puertas. Al parecer, no todos estamos dispuestos a donar dinero a obras de caridad al azar.

Pero esta vez, el factor social parece ser una fuente de gran diversión.  Así que el ‘Ice Bucket Challenge’ es algo bueno: juntar dinero para una buena causa mientras que muchos nos divertimos. Pero perdón, como todo buen economista, tengo que preguntar: “¿bueno comparado con qué?” Algunos críticos sugieren que las donativos benéficos son una suma cero: darle más dinero a las asociaciones de la ALS y MND significa menos donativos para otras beneficencias. La evidencia de esto es endeble. Sin embargo, aún si las docenas de millones de dólares reunidas en el ‘Ice Bucket Challenge’ son actos nuevos de caridad, de todos modos cabe preguntar en qué se podría gastar mejor ese dinero.

La fortaleza de una campaña viral de donativos es también su punto débil: la gente se une para divertirse porque sus amigos los han retado, no porque hayan hecho un análisis lógico de la causa. La enfermedad neuromotora atrapa a quien la padece en sus propios cuerpos, que van perdiendo la capacidad de moverse, hablar, comer y eventualmente de respirar. Es una condición horrorosa. Pero también lo es el cáncer gastrointestinal, la muerte por diarrea o por inanición. En un mundo de generosidad y recursos limitados, ¿quién tiene el derecho de decir cuál es la causa que necesita más apoyo?

GiveWell es una organización que parece estar mejor informada para responder estas preguntas. Su objetivo es dar a los donantes la información para que su colaboración sea más efectiva. La idea de GiveWell es encontrar la mejor fórmula, efectiva en costo y a prueba de todo. Por ejemplo, busca las organizaciones benéficas que mejor puedan distribuir mosquiteros para combatir la malaria. Una de sus mejores recomendaciones es la SCI: Iniciativa para el Control de la Esquistosomiasis, (una organización caritativa que podría buscarse un nombre más atractivo). La SCI patrocina tratamientos para combatir parásitos (una causa poco sexy). Lo más increíble es que aunque estos gusanos son muy dañinos, combatirlos es muy barato. Esta es la evidencia de que la SCI hace rendir los donativos.

A fin de cuentas, envié unas cuantas libras de mi reto del cubetazo de agua helada a la ALS. De alguna manera me hubiera sentido mal si no lo hubiera hecho así. Pero le mandé un donativo más grande a la SCI, que seguramente es una de las asociaciones caritativas con menos amigos en el planeta. Todas las vidas valen lo mismo, pero salvar a algunas es más barato que otras.

Sin duda algunos pensarán que este razonamiento es más frío que una cubetada de agua helada. Pero la verdad es que cuando damos dinero para una causa, lo que hacemos es tomar una decisión sobre qué tanto lo merece. Cuando una campaña social explota, la gente la sigue por naturaleza humana, espontáneamente y sin pensarlo. Se siente bien. Pero sentirse bien y hacer el bien no es lo mismo.

Se puede donar al SCI en: www3.imperial.ac.uk/schisto

El libro más reciente de Tim Hardford es: “El economista encubierto contraataca”.