Larry Page: El CEO que no tiene llenadera

El cofundador y presidente ejecutivo de Google habla sobre las ambiciones de la empresa de tecnología para involucrarse en más áreas de negocio.
Larry Page es el cofundador y presidente de Google
Larry Page es el cofundador y presidente de Google (Cortesía Google)

Londres

¿El mundo no sería un lugar más feliz si 90% de la gente con empleo pudiera relajarse y dejar que los robots hicieran el trabajo? ¿Por qué la última casa que compraste no costó solamente 5% de lo que pagaste por ella? Y, ¿hay alguna razón por la que tú o tus hijos no puedan algún día disfrutar de energía barata e ilimitada de una planta de fusión nuclear y tener una esperanza de vida mucho más larga?

Estas son el tipo de preguntas que ocupan la mente de Larry Page. A los 41 años, el cofundador y presidente ejecutivo de Google se está liberando para pensar en grande. Con una reorganización en los últimos días pasó la responsabilidad de muchos de los negocios actuales de la compañía a un lugarteniente y eso lo dejó con espacio para disfrutar de sus impulsos más ambiciosos. El mensaje: la empresa más poderosa de internet en el mundo está lista para cambiar el dinero de su monopolio de motor de búsqueda por un pedazo de la bonanza tecnológica del próximo siglo.

Viendo 100 años hacia el futuro a las posibilidades que se están abriendo, dice: “Probablemente podríamos resolver una gran cantidad de problemas que tenemos como humanos”.

Ya pasó una década desde la primera descarga de idealismo que acompañó a su primera cotización en la bolsa, y toda la charla de Google de “no seas malo” y “hacer el mundo un lugar mejor” ha llegado a sonar un poco pintoresca. Su poder y riqueza han despertado el resentimiento y ha originado una reacción negativa, particularmente en Europa, en donde se encuentra bajo investigación por la forma como ejerce su poder como monopolio en las búsquedas en internet.

Sin embargo, Page no se aleja ni un centímetro de sus principios altruistas o de sus enormes ambiciones que él y el cofundador, Sergey Brin, establecieron en una época aparentemente más inocente. “La meta social es nuestro primer objetivo”, dice. “Siempre intentamos decir eso con Google. Creo que no hemos tenido tanto éxito como nos gustaría”.

Incluso la famosa misión de largo alcance de Google, “organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”, no es lo suficientemente grande para lo que ahora tiene en mente. El objetivo: usar el dinero que está llegando de la publicidad de su negocio de búsquedas para replantear sus posiciones en las industrias que tendrán un auge en el futuro, desde la tecnología hasta la robótica.

Cuando le pregunté si esto significa que Google necesita una nueva misión, contestó: “Probablemente la necesitamos”. Y cuál podría ser: “Todavía estamos trabajando en eso”.

Cuando nos reunimos recientemente para una entrevista de varios temas en el corporativo de Silicon Valley, Page mostró su estilo personal característico de timidez que contrasta marcadamente con la completa seguridad de la mayoría de los jefes corporativos. Sin duda está consciente de la responsabilidad que conlleva dirigir una compañía con 55 mil trabajadores y que cada vez más se encuentra bajo los reflectores; también elige con más cuidado sus palabras en comparación con lo que hacía antes. Pero no ha habido un cambio aparente en la ambición y en la expansión de sus ideas -incluso si, como padre de dos niños, dice que se ha vuelto más consciente en los temas de largo plazo como la educación.

Page se encuentra al mando de una de las empresas de tecnología más poderosas del mundo en un momento de la historia cuando la avalancha de cambios tecnológicos están amenazando con crear un barrido social y una perturbación empresarial. Las metas de Google son más grandes que los de la mayoría; sin embargo, incluso cuando gasta dinero en nuevas empresas, el dinero se sigue acumulando. Ahora supera los 62 mil millones de dólares (mdd).

“Estamos en un pedazo de territorio desconocido”, dice. “Estamos intentando entenderlo. ¿Cómo usar todos estos recursos … y tener un impacto mucho más positivo en el mundo?” Para los inversionistas de Google, que recientemente se han vuelto más cautelosos del tamaño de las grandes apuestas de la compañía en el futuro a largo plazo, esto podría ser tan sólo el comienzo.

Como lo ve Page, todo se reduce a la ambición, una materia prima con la que el mundo simplemente no cuenta con un abastecimiento lo suficientemente grande. En medio de uno de sus auges periódicos, Silicon Valley, que todavía se mantiene como el epicentro del mundo de de la tecnología, se ha vuelto miope, dice. Sin embargo afirma que el Valle no está fundamentalmente “quebrado”, está de acuerdo en que está sobrecalentado.

“Definitivamente hay mucho capital y emoción, y estas cosas tienden a ocurrir en ciclos”, dice. “Pero dentro de 100 años probablemente no nos vamos a preocupar de eso”.

Gran parte del dinero que se vierte en la industria de tecnología se extrae por la promesa de ganancias fáciles por el último auge de consumidores de internet, dice. “Puedes hacer una compañía de internet con 10 personas y puede tener miles de millones de usuarios. No se requiere mucho capital y haces mucho dinero, realmente mucho, pero mucho dinero, así que es natural que todo el mundo se enfoque en este tipo de cosas”.

Page estima que solamente alrededor del 50% de los inversionistas están buscando las verdaderas tecnologías innovadoras que tienen el potencial de hacer una diferencia importante en la vida de la mayoría de las personas de la tierra. SI hay algo que detiene esas ideas, no es la falta de dinero o incluso una barrera de dificultades técnicas insuperables.

Cuando se persiguen los adelantos del tipo que tiene en mente, no está “impulsado realmente por algún avance técnico fundamental. Simplemente es impulsado por personas que trabajan en ello y con ambición”, dice. No hay suficientes instituciones -especialmente los gobiernos- que estén pensando de una manera lo suficiente expansiva sobre estos temas: “probablemente como mundo estamos invirtiendo menos en eso”.

Para la pregunta sobre si una empresa privada, en lugar de los gobiernos, debería poner todo su peso detrás de los proyectos científicos más ambiciosos y de largo alcance, él responde: “Bueno, alguien tiene que hacerlo”.

Aquí es donde entra en juego la mente de ingeniero de Page. Al hijo de un profesor de informática, no hay nada que le guste hacer más, de acuerdo con la gente que lo conoce, en las reuniones que profundizar en las cuestiones técnicas. Por ejemplo, él describe cómo profundiza en el funcionamiento de los centros de datos de Google, y sigue el tema hacia la cantidad que paga la compañía por la electricidad y pregunta sobre el diseño de las redes eléctricas. Con el enfoque y la aplicación correcta, indica que no hay nada que no pueda mejorarse y hacer que funcione con mayor eficiencia.

Una visita reciente a una startup que está trabajando en la fusión nuclear lo ha entusiasmado con la posibilidad de un adelanto en materia de energía de bajo costo. Otro startup que lo sorprendió es poder “leer” la mente de un humano al mostrarle imágenes. “Un grupo realmente inteligente de personas comprometidas con 50 mdd pueden progresar mucho en algunos de estos problemas. Pero eso no está pasando (en la cantidad) suficiente”, dice.

Algunas de las apuestas más grandes de Google son en áreas que él describe como que están en el “margen” -cosas que aparentemente están abiertas a una solución tecnológica pero que, por alguna razón, no han recibido la atención concertada. Como ejemplos, elige los automóviles que se conducen solos y las enfermedades que aquejan a la gente mayor, esta última es el campo en el que trabajó su esposa en un laboratorio de la Universidad de Stanford. “No fue algo de gran estatus”, dice. A través de su nueva rama de biotecnología llamada Calico, Google ahora planea invertir cientos de millones de dólares propios en esta área.

“Nos beneficiamos del hecho de que una vez que decimos que vamos a hacerlo, la gente cree que podemos hacerlo, porque tenemos los recursos”, dice. “Google ayuda de esa manera: no hay muchos mecanismos de financiamiento como ese”.

Cuando todos dejen de trabajar

Un eterno optimista cuando se trata de tecnología, afirma que todo eso cambiará. Las mejoras rápidas en la inteligencia artificial, por ejemplo, harán que las computadoras y los robots adopten la mayor parte de los trabajos. Si a la gente se le da la oportunidad de dejar de trabajar, a nueve de cada 10 personas “no les gustaría hacer lo que están haciendo ahora”.

¿Qué hay de la gente que podría lamentar perder su trabajo? Una vez que los trabajos queden obsoletos por la tecnología, no habrá razón para perder el tiempo anhelando por ellos, dice Page. “La idea de que todo el mundo debe de trabajar servilmente para hacer algo de una manera ineficiente y mantener su trabajo, no tiene sentido para mí. Esa no puede ser la respuesta correcta”.

Él ve otra bendición en el efecto que  tendrá la tecnología en los precios de muchos de los bienes y servicios cotidianos. Se aproxima una gran deflación: “Incluso si no hay alguna alteración en los empleos de la gente, en el corto plazo es probable que sea haga para que disminuya el costo de las cosas que necesitamos, lo que creo que es realmente importante y no se habla de ello”.

Las nuevas tecnologías no harán que las empresas sean un 10% más eficientes, sino 10 veces más eficientes, dice. Siempre y cuando eso fluya para que haya menores precios: “Creo que las cosas que quieres para vivir una vida cómoda podrían ser mucho, mucho, mucho más baratas”.

El desplome de los precios de las casas podría ser otra parte de esta ecuación. Incluso más que la tecnología, él deja esto a los cambios en las políticas necesarias para hacer que  haya más disponibilidad de tierra para la construcción. En lugar de costar más de un millón de dólares, no hay razón para que una casa de tamaño medio en Palo Alto, en el corazón de Silicon Valley, no cueste más de 50 mil dólares, dice.

Para muchos, la idea de tener trastornos de este tipo en su economía personal podría parecer como que carecen de fundamento, sin dejar de mencionar que es algo muy perturbador. La perspectiva de que millones de trabajos se consideren obsoletos, que el valor de las casas privadas se desplomen y que los precios de los bienes cotidianos caigan en una espiral deflacionaria, difícilmente suena como una receta para el nirvana. Pero en un sistema capitalista, afirma, la eliminación de la ineficiencia a través de la tecnología tiene que llegar a su conclusión lógica.

“No puedes desear que estas cosas no sucedan, van a pasar”, dice Page. “Vas a tener algunas de las funciones más asombrosas en la economía. Cuando tenemos computadoras que pueden realizar más y más trabajos, nuestra manera de pensar sobre el trabajo va a cambiar. No hay vuelta de hoja. No puedes desear que no suceda”.

Cuando se trata de discutir sobre política, Page, como muchos tecnócratas, rápidamente suena frustrado por la dificultad de los temas que no son susceptibles al tipo de rigor que imprime en sus investigaciones tecnológicas. “Algunas de las preguntas más esenciales que la gente no está pensando, es la cuestión de, ¿cómo organizamos a las personas, cómo las motivamos?”, dice. “Es un problema realmente interesante, ¿cómo organizamos nuestras democracias? Si miras (el nivel de) satisfacción en EU, no va para arriba, va para abajo. Eso es muy preocupante”.

En una referencia de lo que él ve como el débil apoyo de Europa al emprendimiento y a la tecnología, agrega: “Creo que muchos de los problemas de Europa son así”.

El que mucho abarca

Otro obstáculo está más cerca de casa. Para alcanzar los máximos premios de la industria de tecnología, quizás Google ya ha tocado los límites de lo que es posible que haga una compañía. Page relata con frecuencia un debate que dice que tuvo con Steve Jobs, el jefe de Apple, quien murió hace tres años: “Él siempre me decía, estás haciendo demasiadas cosas”.

El argumento que le hizo a Jobs: “No es satisfactorio que haya todas estas personas, y nosotros tenemos todos estos miles de millones que deberíamos de invertir para hacer que la vida de la gente sea mejor. Si solamente hacemos las mismas cosas que ya hicimos antes y no hacemos algo nuevo, eso me parece un crimen”.

Él está pensando sobre cómo superar el techo invisible que parece que se ha estado creando últimamente. Google X, el laboratorio interno fue una idea de Brin, marcó el primer intento de regresar a las nuevas grandes ideas, con proyectos como el Glass y los autos sin conductor. A pesar de que Brin se retiró del negocio principal de Google, Page todavía lo describe como un aliado cercano. “Pasamos mucho tiempo juntos … hay muy pocas personas que comparten esa experiencia”, dice. De la constante agitación de Brin para llegar a apuestas más grandes, añade; “Él siempre está en el lado más extremo, lo que es importante”.

Ahora, moviéndose más allá de X, Page experimenta estableciendo unidades de negocios independientes con líderes semi-independientes encargados de la construcción de grandes nuevos negocios bajo la protección de Google. Además de Calico, En los últimos días Google reveló que estas incluirán a la división Nest para “hogares inteligentes”, así como una nueva unidad que comprende sus inversiones en el acceso a internet y a la energía. En los últimos dos años Google también se ha convertido rápidamente en el mayor inversionista de riesgo de Silicon Valley.

No hay un modelo para el tipo de compañía en la que Google quiere convertirse, dice Page. Pero si hay una sola persona que representa muchas de esas cualidades que cree que se necesitarán para las tareas que vienen, entonces sería el famoso inversionista Warren Buffett.

Sonando muy diferente al joven tecnólogo idealista que alguna vez habló sobre implantes cerebrales que contestarían las preguntas con el poder del pensamiento, dice: “Una cosa que estamos haciendo es proporcionar capital de largo plazo”.

Él está en una edad en donde todavía puede darse el lujo de mirar a largo plazo. Pero con una ambición que muestra pocos límites, la paciencia puede ser otra cosa.

Richard Waters es el editor de FT de la Costa Oeste de Estados Unidos.