La fiesta se acabó en América Latina

Una caída en el precio de las materias primas está provocando una desaceleración en todas las economías del continente. El reto ahora está en manos de los administradores públicos.
John Paul Ratbone nos da su opinión
John Paul Ratbone nos da su opinión (Cortesía )

Londres

En los últimos 10 años, América del Sur nunca lo había pasado tan bien. El continente aprovechó en el auge de los precios mundiales de las materias primas, ayudados por un abundante capital global. En la sabia frase de mercadotecnia de Sir Martin Sorrell, la década de 2010 iba a ser la “década de América Latina”. Se abrieron concesionarias de Maserati en Bogotá, mientras que en Brasil cada día surgían 22 nuevos millonarios. No únicamente se beneficiaron los ricos. La pobreza se redujo así como la desigualdad social.

Pero como todas las cosas buenas, la fiesta está terminando. Mientras caen los precios de las materias primas con la desaceleración de la economía china, hay una nueva sensación de ansiedad. En todas partes, los países están vibrando con un pánico ligeramente controlado -y el final de la expansión cuantitativa de EU no ayuda al estado de ánimo. A medida que cambia el ciclo económico, muchos gobiernos parecen confundidos sobre qué dirección tomar. Teniendo en cuenta todo lo que se ha logrado, a menudo hay un profundo desacuerdo sobre el futuro.

El crecimiento ya se está desacelerando a tan sólo 1.2% para la región este año. Mientras tanto, el Banco Mundial advierte en su panorama regional más reciente: “No está claro si la desaceleración está tocando fondo”. Los niveles de inversión que llegaron a ser comparables a los de Asia, impulsados por el “superciclo de las materias primas” están cayendo.

Mientras tanto, las protestas sociales están aumentando, tanto a través de las urnas, como en la cerrada elección en Brasil, como con acciones directas, como las protestas de los agricultores colombianos del año pasado o los disturbios callejeros en Brasil. En todos lados, la región burbujea con efervescencia social.

Este ambiente de agitación se extiende a todas las tendencias políticas. Por un lado está Venezuela, un país pésimamente administrado, bendecido con las reservas energéticas más grandes del mundo y que, aún así, está coqueteando con el incumplimiento de pago de deuda, gracias a un Estado tan incompetente . ¿Recuerda la última escena de la película Thelma & Louise, cuando las heroínas arrancan su automóvil hacia el acantilado? No sorprende que las encuestas muestran que la mayoría de los venezolanos piensan que el presidente Nicolás Maduro debería renunciar.

En el otro extremo se encuentra Chile, a menudo tomado como un modelo de sobria administración económica. Pero en tan sólo un año, el crecimiento de esta economía dominada por el cobre se ha reducido de casi un 5% hace un año a tan sólo 1.5% en el tercer trimestre. La atmósfera política de Santiago se ha vuelto tóxica y la popularidad de Michelle Bachelet cae después de su aplastante victoria electoral del año pasado.

Entre los dos extremos hay una serie de experiencias, y una gran excepción: México. A diferencia de América del Sur rica en materias primas, durante la última década sufrió en lugar de disfrutar. Pero ahora el aumento del costo salarial en China está levantando la presión competitiva en su economía basada en la manufactura, y los términos de comercio están cambiando a su favor. Con el tiempo, a pesar de los graves problemas de seguridad, deberá generar a un crecimiento.

En Latinoamérica, como escribió el filósofo español José Ortega y Gasset: “Todo el mundo vive como si sus sueños del futuro ya fueran realidad”. Pero ahora ese futuro ha llegado y, tristemente para los países como Brasil, está repleto con deuda de los consumidores, otra razón para que se desacelere el crecimiento.

Aún así, a pesar de este pronóstico tan sombrío, no todo es malo. Hay una tendencia natural para asumir que las cosas buenas (como un mayor crecimiento y más democracia) van de la mano. Aunque esto no siempre es así. De la misma manera, también es cierto que no todas las cosas malas van de la mano.

En medio de la efervescencia social, América Latina no ha sufrido de los golpes de estado de tiempos pasados, aunque en algunos países se ha producido una sutil erosión de los controles y equilibrios constitucionales (como en Bolivia, en donde Evo Morales acaba de ganar su tercera elección consecutiva).

Ha mejorado la creación de políticas económicas -con algunas notables excepciones- desde el último ciclo. Los tipos de cambio flotantes están demostrando ser un amortiguador esencial durante la desaceleración de las materias primas. La mayoría de los precios de los productos básicos siguen a un nivel históricamente alto, y las tasas de interés mundiales todavía son bajas (la expansión cuantitativa ha terminado en EU, pero ¿cuándo veremos crecer las tasas de interés en Europa o Japón que están empapadas por la deflación?) América Latina encara una desaceleración y no un colapso.

Sin embargo, será crucial la manera como se administre políticamente la desaceleración, especialmente con respecto a la recién emergente clase media baja de la región. Alrededor de 50 millones de personas se han unido a las clases medias de la región en la última década, y normalmente ellos tienen tres trabajos, ven hacia el futuro y creen en el valor de la educación de sus hijos. Pagan los impuestos y por naturaleza, quieren una mejor rendición de cuentas del gobierno, menos corrupción y mejores servicios públicos. De la manera como sus demandas sean satisfechas cuando hay menos dinero para financiarlas requerirá de un espíritu de apertura de los políticos en lugar de las certidumbres ideológicas del pasado reciente.

“Se acaba la fiesta”. Durante una década, muchos en la región se felicitaron entre sí por sus logros. Algunos egos nacionales crecieron a proporciones amazónicas. Aunque fue el falso orgullo de la mayoría de los auges: gran parte de esos logros se deben a eventos en otros lados.

Ahora los años de despreocupación se acercan a su final. Como un ciclista que se acerca al pie de una colina después de disfrutar de un largo y fácil recorrido, el crecimiento puede volverse muy lento. Hay otra cuesta en el horizonte y para llegar a la cima se necesitará trabajar duro. Pero este no es el fin del mundo; siempre es así con todas las colinas.

johnpaul.rathbone@ft.com