Contra la traición de la memoria

Regina, la nieta, conversa con Federico, el hijo, sobre don Jesús Reyes Heroles, el padre, el político, el Tito.
El texto histórico también es revelador y está escrito con rigor.
El texto histórico también es revelador y está escrito con rigor. (Especial)

Una vez más me senté a conversar con mi tío. Esta vez, no para platicar o consul­tarlo, sino por la extraña petición de Carlos Puig de entrevistarlo sobre su nuevo libro, Orfandad.

La conversación, como siempre, fácil de iniciar y retadora. ¿Qué preguntarle al autor que plantea un texto histórico, biográfico, autobiográfico y tan cercano a mí?  Su libro me golpeó desde el octavo enunciado: "Sin más nos dijo, me voy a morir".  Es la historia de él con su padre, su relación, sus conversaciones, su tiempo juntos. Es la historia de un personaje público, a quien mi tío llama: Reyes Hero­les. Y es la historia de mi Tito.

La narración es fluida, una crónica basada en el ejercicio de la memoria. El lector transita entre lo per­sonal -una suerte de autobiografía para llegar a la biografía del padre- y el texto histórico. Este último sobre el personaje público, el político, siempre docu­mentado por entrevistas y el archivo.

Su reto en esta novela, me contó, fue hacer a un personaje del mundo de la historia y la política, terre­nal. Y lo logra. Si para el lector el aspecto histórico no es un gancho, lo será la relación con un padre que reta a su hijo a pensar, a leer y a discutir, un padre que además se sabe desde el inicio que va a morir.

¿Por qué escribirlo ahora?

La respuesta más inmediata fue que había personajes de la narración histórica que si no los buscaba ahora, quizás en unos años no estarían presentes. También me dijo que sentía que era el momento correcto por­que la memoria es traicionera y si no la ejercitas llega un momento en el que olvida. Finalmente, venía el 30 aniversario de la muerte y "no sé dónde estaré yo para el cuarenta aniversario", me dijo. Me sorprendió. Mi tío tiene 60 años y para el 40 aniversario de la muer­te de mi Tito tendrá apenas 70. Creo que solo con la mirada de extrañamiento que le hice supo que debía explicarse. "Cuando tienes un padre que murió a los 63 años, sí te preguntas un poco sobre tu futuro".

¿Porque eres el siguiente en la línea?

"Sí". Hoy siente que puede ser el siguiente en la línea, no cuando Tito murió a sus 30 años. Entonces, le dije, ¿estabas también preparado emocionalmente para escribirlo? "Sí, antes no hubiera podido escribirlo y, además, quiero cerrar el expediente".

El padre del que habla es un padre al que extraña, pero es un personaje con tal sentido del humor que no hay lector que no se le doblegue. Es un hombre bro­mista, supersticioso al extremo de cargar un palillo de madera en el bolsillo del saco, un fumador, un comelón, un bebedor, un gozador. Al final, el hombre público llegaba a su casa y gozaba la vida con sus hijos y con mi Tita. Viajaron, conversaron, se rieron. Sobrevivieron a las varias renuncias, él se entregó a su trabajo, pero como núcleo familiar se apoyaron siempre.

El texto histórico también es revelador y está escri­to con rigor. El tono cambia si se habla de eventos documentados, no solo por las notas de mi Tito, tam­bién por las entrevistas o archivos generales. Dentro de ese texto conocemos a un hombre público que trama la Reforma Política de los 70 desde las oficinas del IMSS, por ejemplo.

Es el retrato de un México que se desvanece, y esto lo digo sin tratar de cargarlo con alguna connotación.

Una de las cosas que me gustan de ese México, es la movilidad social que permitió a un tuxpeño curioso por el conocimiento salir de una casa en donde "no debe haber habido libros", escribe mi tío, para no solo ocupar puestos públicos, sino construir una biblioteca de dos pisos llena, repleta -y esto lo sé porque curio­seé dentro de ella- de volúmenes de todo tipo de lec­turas en varios idiomas. Es el único lugar en el que pude cumplir mi sueño de subir a una escalera y des­lizarme para agarrar un libro fuera de mi alcance. A mi Tita, por cierto, no le pareció tan gracioso. Fue un hombre lector, devorador de libros y por lo tanto, escritor y creador de ideas. "Su amor por los libros no tenía límite". Creo que esto nos lo heredó.

La narración está llena de anécdotas deliciosas y divertidas, y acaso las describa así por mi muy sub­jetiva lectura, pero me hizo reír y llorar. Cuando estaba en el PRI, mi Tito, cuenta mi tío, pidió a un amigo, encargado de las finanzas del partido, que a algunos de los sobres de nómina les pusiera mil pesos de más y a otros mil pesos menos. "Si reciben menos y no te reclaman, son unos pendejos. Si reciben más y no te lo aclaran son unos rateros." Evidentemente, dice mi tío, esta lista le dio muchas carcajadas.

Mi Tito sobrevivió a un accidente aéreo el mismo día que corrió para escaparse de la corneada de toros. Y sí, eso también es parte de la genialidad de ese México.

Federico escribe: "conoció a nietos que difícilmen­te lo conocieron a él. Murió con dignidad y sin arre­pentirse de su forma de vida. No hubiera sido lo que fue sin ser lo que era todos los días. Se ríe y se segui­rá riendo en mi memoria".

Gracias, Federico, por compartir tu Weltanshauung de ese momento y ese personaje. Y, de paso, ayudarme a conocerlo a él, a ese Tito del que tan pocas memorias reales tengo -porque la mayoría son las implantadas por ustedes, mi papá, tú y Tita- un poco más.