La maquinita gris y verde que buscaba corazones heridos...

El servicio médico se prepara para atender las emergencias de lectores agotados o que quedan sorprendidos entre los pasillos de la feria más grande del mundo del mundo hispanohablante. 
Cuidado Médico.Una decena de paramédicos carga equipo de primeros auxilios.
Cuidado Médico.Una decena de paramédicos carga equipo de primeros auxilios. (César Álvarez)

La mujer, altísima, guapa, de ojos oscuros y enormes, de porte arrogante, hasta impertinente dirían algunos, insolente como la mueca de su boca, apuntarían otros, alertaba y ordenaba a su acompañante, su ujier, un hombre pequeñito y flaco de traje grisáceo que cargaba un portafolio rebosante de papeles y que todo el tiempo caminaba un paso detrás de ella:

--Vámonos por otro lado. Ese aparatito, nada más de verlo, nos puede atraer algo infausto. ¡Vámonos! Ni lo voltees a ver...

Y sí, huyeron del andador por donde iba aquella maquinita gris y verde que buscaba corazones heridos...

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Sus números provocan asombro y alegría, excitación, pero también pueden causar vértigo. Cefaleas. Mareos. Estimulan hasta trastornos somatomorfos. Así le ocurrió ayer a un visitante masculino de Mazatlán: somatizaba todo tipo de dolencias imaginarias. Y no es para menos. Mire usted las cifras, algunas de las coordenadas de la feria más grande del orbe en lengua hispana, la segunda más voluminosa del mundo:

--Aquí hay 34 mil metros cuadrados de exposición.

--Durante nueve días vendrán representantes de 44 países.

--Habrá más de 750 mil visitantes, quizá hasta un millón de personas.

--Más de mil 900 editoriales.

--Acudirán más de 650 autores.

--Habrá 25 premios y homenajes.

--Hay ya más de 20 mil profesionales del libro.

--Habrá 64 foros literarios.

--Más de mil 500 talleres y 83 funciones de espectáculos en la parte infantil de la feria.

"Es como llenar cada día el estadio Azteca. O dos estadios Jalisco. Vienen hasta noventa mil personas cada jornada", cuenta Juan Pablo Preciado Figueroa, doctor encargado de los servicios médicos de la FIL. Él coordina a cincuenta personas entre paramédicos, operadores de ambulancias, camilleros, enfermeras, médicos internistas y médicos pasantes.

Él, Juan Pablo, también está a cargo de cinco binomios o trinomios de personas que van recorriendo pasillos y más pasillos con un aparato bajo los brazos, una máquina de unos treinta centímetros, con colores grises y verdes, que está ahí por si surge una historia indeseable, una narrativa que podría inspirar a algún cuentista: portan un desfibrilador automático externo. Una maquinita para revivir algún corazón fatigado, enfermo, roto, un corazón que decida paralizarse justo aquí, en la FIL, quizá impactado luego de leer la última página de una novela estrujadora. O un corazón emocionado luego de que su dueño se tope con su escritor favorito, con un narrador que lo emocione hasta distorsionar los registros sistólicos o diastólicos de su alma.

Así, así le pudo haber ocurrido a una colimense. A una joven que este día tuvo que ser atendida por el personal médico, el cual la diagnosticó con un "trastorno depresivo". Por la emoción de los libros, por tantas horas de oler hojas al escudriñar tomos, quizá olvidó tomar su medicamento. "Sí --asienta el médico--, pudo haber suspendido el medicamento sin percatarse".

O, con todo y antidepresivo, tal vez el corazón de la mujer ya sufría arritmias y vino a buscar consuelo entre los miles y miles de libros que inundan los estantes de lugar. Porque aquí, en la FIL, no nada más hay miles de personajes que esperan vivir en cuanto alguien abre un libro, sino que aquí, también, surgen y pululan personajes. Eso dicen...