¿Por qué me río de esto?

Conocemos bien las virtudes de nuestro autor, presentes en toda esa obra narrativa: la prosa minuciosa, rápida y cuidadísima, pero que nunca tropieza en el alarde de estilo.
Fernando Vallejo
Fernando Vallejo (Mónica González)

Con algunas excepciones, en realidad pocas, en México nos tardamos en entender lo que sí entienden, digamos, los británicos desde siempre, los gringos desde el XIX o el Siglo de Oro español: que el humor en la literatura no es un condimento fuerte que debe espolvorearse con precaución por encima del pla­tillo ya cocinado, sino la materia prima con que se hacen los libros, es decir, una forma única de la inteligencia, una forma de leer y traducir el mundo. Lo entendió Jorge Ibar­güengoitia, como ya es un lugar común recor­dar, y lo entiende de manera incluso más re­calcitrante el colombiano que es mexicano Fernando Vallejo, que además lo aplica al género que más solemnidades ha concitado en la literatura nacional con el permiso de la poesía, es decir, las memorias (para no ir más lejos, lean al intensito de José Vasconcelos, que convierte en un acto de desgarramiento ontológico el hecho de tirarse a la vecina de al lado, por aquello de la culpa católica).

Y lo entiende Vallejo incluso más en su último volumen de memorias, ¡Llegaron!, que en ninguno de sus cinco volúmenes previos de memorias que tal vez sean novelas, esos que componen El río del tiempo, de suyo un reconcentrado francamente adictivo de mala leche, o que en sus novelas-novelas, siempre sospechosas de autobiográficas pero no siem­pre constatadamente autobiográficas: El des­barrancadero, La virgen de los sicarios, Mi hermano el alcalde... O desde luego la malig­na El don de la vida, donde aparece uno de los personajes de ¡Llegaron!: la libretita don­de Vallejo va a anotando a sus muertos, una lista, dice con regodeo, ya bastante larga.

Conocemos bien las virtudes de nuestro autor, presentes en toda esa obra narrativa: la prosa minuciosa, rápida y cuidadísima, pero que nunca tropieza en el alarde de estilo (otra plaga de la literatura mexicana); el ateísmo insidioso, discutidor, lúcido, con referencias continuas a lo científico y puyas a la religión institucionalizada o no, como las que prodiga en La puta de Babilonia; desde luego, la sexualidad sin tapujos; y todo el tiempo, pero también sin hacer alarde, la reflexión agudí­sima sobre la ciencia, la literatura, la política, como aparece todo el tiempo el bombardeo constante sobre Colombia, un país, hay que decir, obcecadamente nacionalista, igual que México, en el que por lo tanto esos dardos caerán como piedras... Todas esas virtudes es­tán en ¡Llegaron!, que sin embargo suma, o al menos enfatiza, una más: cierta melancolía.

Porque este libro es melancólico, aunque, otra vez, sin alardes. Es un libro de notas cre­pusculares, un libro sobre la vejez –sobre la vida que se va, diría otro con mala leche, Vi­cente Leñero–, y con una lista interminable de ironías sobre su familia, pero también con al­gunos afectos que no terminan de esconderse. Por lo demás, vaya vejez. Vallejo está en plena forma. El libro acentúa esa sensación gozosa y culposa que tenemos todos sus lectores, todo el tiempo: "Pero ¿por qué me río de esto?"

No sé cómo lo logra. Hace poco, en More­lia, me dijo Barbet Schroeder, connotado direc­tor que adaptó La virgen de los sicarios, que "Fernando es el mayor provocador que conoz­co". El término siempre es dudoso pero el elo­gio no es menor, sobre todo cuando viene del creador de Maîtresse, esa película, disculparán la brutalidad, en la que a Gerard Depardieu le clava el prepucio en una tabla una dominátrix.

Demos por buena la explicación, entonces, y sigamos con esa risa culposa, tan agradable.