El psicoanalista que cuenta historias

Gabriel Rolón es escritor, psicoanalista y músico. “Historias de diván” tiene un poco de los tres, pero  -y lo deja claro- no es un libro de autoayuda o una terapia móvil, sino una forma de ...
Gabriel Rolón.
Gabriel Rolón. (Milenio)

Guadalajara

Cuando Gabriel Rolón necesita terapia, escribe.  Así nació su primer libro, “Historias de diván”, un best seller.  Sólo en Argentina vendió más de medio millón de ejemplares.

Rolón es escritor, psicoanalista y músico. “Historias de diván” tiene un poco de los tres, pero  -y lo deja claro- no es un libro de autoayuda o una terapia móvil, sino una forma de entender el psicoanálisis. Porque un libro no ayuda a nadie, dice, o al menos no acaba con neurosis y complejos. Para resolverse a uno mismo, sólo vale el diván.

¿Fue difícil escribir de lo que haces?

En realidad lo difícil era tratar de salir del lenguaje técnico para poder comunicarse con la mayoría de los lectores, porque yo no escribo para que me lean solamente los psicoanalistas, yo escribo libros para difundir el psicoanálisis. Y una de las dificultades era no quedar atrapados entre los libros de autoayuda. Es un género por el que tengo respeto, pero me interesaba mucho diferenciarme de los autores de autoayuda porque yo lo único que quería era transmitir la experiencia del psicoanálisis.  

Por eso empecé con un libro que tiene que ver con casos clínicos. Le conté a la gente algunos casos que yo había llevado adelante, por supuesto con permiso de los pacientes y modificando sus nombres, sus edades, para que no se dieran cuenta de quién hablaba, pero escribí un libro donde conté nueve historias de pacientes: uno que se había separado, uno que tenía una enfermedad terminal, otro que era un enfermo de celos. En fin, algunas cosas graves y otras no, para mostrarle a la gente que el psicoanálisis es un espacio para contener el dolor y para poder superar algunas cosas.

Fue un desafío hermoso; un desafío complejo, pero hermoso. Hasta el punto tal que en algunas cátedras en las facultades empezaron a dar mis libros para aplicar los temas.

¿Tu intención al escribir es ayudar a entender el psicoanálisis o ayudar a través del psicoanálisis?

No, a través del psicoanálisis ayudo en el consultorio, que es la única manera. Yo no creo que un libro ayude a nadie más que haciéndolo una mejor persona, que ya es ayudar mucho, pero en eso vale un libro de Shakespeare, de Octavio Paz o de Jorge Luis Borges, no hay un género. Lo que ayuda a un lector es un buen libro, cuando un lector lee un buen libro lo termina y es una persona distinta.

En ese sentido, un libro te ayuda, pero lo que es clínicamente solo puedo ayudar en el consultorio.  El resto es la difusión del psicoanálisis y también, no hay que negarlo, un placer personal por escribir. Esto es lo que te permite la literatura.

A veces estás más o menos, a veces estás mal, y en lugar de encerrarte a llorar te sentás a escribir. Entonces de lo que era solamente angustia generaste un hecho artístico. En ese sentido, cuando me agarran mis tristezas me pongo a escribir.

¿Es tu propia terapia?

Sí, por supuesto. Además de tener mi propio analista, que lo tengo, escribir es un acto terapéutico.

¿Todavía existe esa idea de que quien va con un psicoanalista es porque está loco?

Totalmente. Esa fue una de mis primeras intenciones con este libro: mostrar los casos de gente común, digamos que para ir en contra de esa idea de que hay que estar loco, de que hay que tener vergüenza de decir que uno va al psicólogo. Como tengo un cuerpo, tengo emociones. Cuando me duele el cuerpo tengo que ir a un médico; cuando me duelen las emociones, tengo que ir a un psicólogo.

¿Cuándo te diste cuenta de que querías hacer esto?

Desde muy chico. Si bien la profesión la comencé más grande, porque yo antes hice estudios en ciencias económicas, un profesorado en matemáticas, soy profesor de música y de guitarra. Pero mirando atrás, yo encuentro mi vocación en la infancia. Mi padre había tenido una vida muy difícil, encerrado 10 años en un colegio, sin que nadie lo pudiera ir a visitar, sin salir a la calle. Y algunas noches me levantaba cuando él se quedaba despierto solo y me sentaba a escucharlo, y él me contaba su infancia, sus días en el colegio, sus fines de semana en soledad. Yo me quedaba una o dos horas escuchándolo.Tenía seis o siete años. Creo que ahí empecé a ser psicoanalista.