Yo... presento 

A falta de que alguien se animara a presentarlo, yo mismo me presenté: procuré ser amable conmigo como autor, me critiqué un poco, evité burlarme de mi aspecto y, al final, recomendé al público ...
Jorge F. Hernández presenta.
Jorge F. Hernández presenta. (Flickr FIL)

Muchos años después, frente al pelotón de lectores en potencia, el obispo de Papantla (con licencia) ha de evocar el día en que lo invitaron por primera vez a la FIL de Guadalajara en calidad de presentador. Sucede que algún día he de hacer la nómina curiosa donde consten todas las presentaciones en las que desde hace veintisiete años he tenido el honor de participar, todas las vicisitudes bizarras que las diferencian y el gran detalle de que en todo este tiempo sólo he presentado un libro mío. A falta de que alguien se animara a presentarlo, yo mismo me presenté: procuré ser amable conmigo como autor, me critiqué un poco, evité burlarme de mi aspecto y, al final, recomendé al público que comprara ejemplares para evitarme la pena de tener que llevármelos de vuelta en la maleta.

Vine a la primera FIL porque me dijeron que aquí podría ver en persona a un tal Juan Rulfo, y así en las primeras asistencias a lo que llamaban en ese entonces la Feria (como si fuera libro de Arreola) anduve de caza-autógrafos y catador de tequilas. Quizás eso explica la ocasión en la que llegué embalado y retrasado a un salón ya repleto de público y sin más me senté junto a otros dos sabios (que creí que me esperaban impacientes), y sin más empecé a soltar mi rollo sobre la trama, personajes, desenlace, afinidades cósmicas, y demás guiños de alta literatura. El presentador que se sentaba a mi lado me daba codazos que confieso haber desatendido… Hasta que el otro tomó el micrófono y dijo “Esta es la presentación de “Cactáceas en el Desierto de Sonora”” y tuve que salir ofuscado, avergonzado e intrigado: ¿Cómo carajos se llena un salón de la FIL con la presentación de un libro de cactáceas y luego vienen grandes escritores que tan sólo logran juntar quince o tres, siete o dos asistentes?

Están también las muchas ocasiones en que he logrado hacer llorar al autor, con la sincera admiración o el verdadero afecto (o la combinación de ambos) que a veces intento transpirar en las presentaciones, y hubo alguna ocasión en que tuve que defender a un autor novel ante la feroz embestida de un siniestro crítico que me precedió como presentador, cuando en realidad venía como sicario. Queda para la historia de la FIL la gloriosa costumbre de Fernando Rivera Calderón de presentar libros cantándolos o la ocurrencia genial de Xavier Velasco de presentarse a sí mismo por medio de un muñeco de ventrílocuo, y es garantía ya conocida que toda presentación donde anuncien a Trino y a Jis se convierte en una experiencia cósmica similar a la de leer dentro de una lavadora de ropa automática.

En un lugar de la FIL de cuyo nombre no quiero acordarme no ha mucho presenté un librito con Juan José Arreola en presencia de Miguel de la Madrid y ambos nos zampamos el contenido completo de una hermosa botella de champán (para rematar más tarde en una cantina de prestigio), y podría decirse que fue una gran presentación si no fuera por el hecho de que hablamos de todo, menos del librito que presentábamos. Con Alí Chumacero participé en una presentación que terminó en un ataque de risa incontenible. Nunca supimos bien a bien qué fue lo que provocó la explosión… Así como queda para siempre en el misterio la secreta lista de presentadores que han aprovechado el pretexto de su nerviosismo para solar flatulencias desde el presídium.

Llamadme presentador, diría Melville y the plot thickens, dijo Dickens en cuanto a la FIL y no pocas editoriales se les ocurrió que yo sería buen presentador de escritores extranjeros, dado que soy bilingüe en español e inglés. Resultado: presenté a Etgar Keret que habla hebreo y muy poco inglés, a dos serbios, un eslovaco, una rumana y dos poetas del África ardiente que no hablaban nada de inglés. Recurso: fingir que los entendía y repetir fonéticamente –con absoluta precisión—lo que ellos mismos decían en su propia lengua para que pareciera que yo hablaba serbio, eslovaco, rumano o swahili y lograr eso que podría llamarse el instante poético al pedirles que leyeran pasajes de sus obras delante del azorado público tapatío que jura y perjura que soy cosmopolita.

Sugiero públicamente que el año que viene se organice una mesa de Presentación de Presentadores con Mariana H., Benito Taibo, Jorge von de Brieder y el Obispo de Papantla (con licencia) para honrar el hermoso oficio de leer obligatoriamente, resumir preferiblemente, realizar preguntas claves y detectar claves ajenas que entraña el soberano oficio de presentar libros. Ofrezco a cambio subir de peso y venir como país invitado en 2020 con todo y bandera, himno tropical y edecanes de gran altura. En tanto alguien imagine su próxima obra maestra, que conste que yo… presento.