Una novela viajera

La última edición del Premio Herralde quedó en manos de la mexicana Guadalupe Nettel. Les ofrecemos una conversación de la novelista con FILIAS y un fragmento del libro ganador.
Guadalupe Nettel formará parte de la delegación mexicana en la FIL de Buenos Aires.
Guadalupe Nettel (Archivo)

Guadalajara

Siempre soñó con ganar el Premio Herralde de Novela, uno de los galardones más prestigiosos de la literatura en lengua española y cuyo palmarés va de Álvaro Pombo a Sergio Pitol, pasando por nombres como Roberto Bolaño, Javier Marías, Enrique Vila-Matas o Félix de Azúa. Ahora Guadalupe Nettel (ciudad de México, 1973) ha sido reconocida con el premio que otorga la editorial Anagrama por Después del invierno, una obra en la que el jurado destacó “su estilo incisivo, a veces humorístico y a veces conmovedor, mediante el cual muestra los mecanismos de las relaciones amorosas, así como sus diversos ingredientes”. 

La novela narra la historia de amor entre Claudio, un cubano que vive en Nueva York y trabaja en una editorial, y Cecilia, una mexicana que vive en París y es estudiante. Durante un viaje de Claudio a París sus destinos se entrecruzan. Así, mientras Claudio y Cecilia describen con minuciosidad su día a día en París y Nueva York, ambos dejan traslucir las neurosis, pasiones, fobias y las reminiscencias del pasado que dictan sus miedos, dando cuenta de cómo se conocieron y de las circunstancias que los llevaron a gustarse, a quererse y a detestarse de manera intermitente.

¿En qué medida esta novela insiste en situarse en los márgenes de los procesos de realidad que podrían afectarte como escritora, como es la realidad mexicana?

En esta novela en particular no hablo nada sobre México porque está situada fuera del país. Se trata más bien de la realidad de los que viven fuera y tienen que adaptarse a otro país, a otra cultura. Y esa adaptación trastoca y redefine muchísimo las personalidades de los personajes, porque ahora que vivimos en un mundo donde todos viajamos, nos vemos contagiados por otro tipo de ideas y de costumbres. En ese sentido también mi propia literatura se ha visto afectada por esos cambios, pues tengo historias situadas en diferentes ciudades, con problemáticas que atañen a esas ciudades.

¿Esa marca que ha dejado tu experiencia como emigrante se refleja más en el plano de las historias que en el plano formal de tu escritura?

En este caso tiene que ver con la trama, pero también con el lenguaje, que se ve influenciado. Uno de los narradores de Después del invierno usa muchos modismos cubanos; no todo el tiempo, pero sí intenté que su lengua estuviera llena de las palabras cotidianas de un cubano que no vive en Cuba. Lo mismo pasa con la narradora mexicana. Así que elaboro un juego voluntario del lenguaje y del léxico. En cuanto a la trama, el hecho de ser cubano o mexicano hace que se lea el mundo de una manera particular, pues se tiene que reflejar desde los ojos de alguien que creció en un país determinado y que se siente un tanto extraño.

¿Hubo en la concepción de esta novela algún punto que hayas trabajado especialmente?

Por primera vez en mi obra, es una novela en la que hablan dos narradores y toda la novela es un diálogo, aunque no se hayan conocido todavía. Es una forma de contrapunto, pero no es nada experimental ni ambiciosa en ese sentido, y no me planteé un reto formal tremendo. En cuanto al estilo, hay un poco más de búsqueda por esa diferencias del lenguaje y por cómo el español se va llenando de influencias.

¿En este momento de qué tradición te sientes más deudora?

Me siento deudora de muchísimas tradiciones. Pero en especial podría decir que Josefina Vicens me encanta y creo que ha influido no solo en mi manera de escribir, sino de pensar. También Julio Cortázar, siempre lo he dicho.

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Fragmento de “Después del invierno”

Mi departamento está sobre la calle Ochenta y siete en el Upper West Side de la ciudad de Nueva York. Se trata de un pasillo de piedra muy semejante a un calabozo. No tengo plantas. Todo lo vivo me provoca un horror inexplicable, igual al que algunos sienten frente a un nido de arañas. Lo vivo me amenaza, hay que cuidarlo o se muere. En pocas palabras, roba atención y tiempo y yo no estoy para regalarle eso a nadie. Aunque algunas veces logré disfrutarla, esta ciudad, cuando uno lo permite, puede llegar a ser enloquecedora. Para defenderme del caos, he establecido en mi vida cotidiana una serie muy estricta de hábitos y restricciones. Entre ellos, la absoluta privacidad de mi guarida. Desde que me mudé, ningunos pies excepto los míos han cruzado la puerta del departamento. La sola idea de que alguien más camine por este suelo puede desquiciarme. No siempre me siento orgulloso de mi manera de ser. Hay días en que anhelo una familia, una mujer silenciosa y discreta, un niño mudo, de preferencia. La semana en que me instalé, hablé con los vecinos del edificio –la mayoría inmigrantes– para dejar claras las reglas. Les pedí, de una manera correcta, con un dejo de amenaza, que se abstuvieran de hacer el menor ruido después de las nueve de la noche, hora a la que suelo volver del trabajo. Hasta este momento, mi orden ha sido acatada. En los dos años que llevo aquí, nunca se ha hecho una fiesta en el edificio. Pero esa exigencia mía también me obliga a asumir ciertas responsabilidades. Me he impuesto, por ejemplo, la costumbre de escuchar música únicamente con audífonos o susurrar en el auricular si llamo por teléfono, cuyo timbre mantengo inaudible igual que el contestador. Una vez al día, reviso a un volumen casi imperceptible los mensajes, por lo demás bastante escasos. La mayoría de las veces los recados son de Ruth, aun si le he pedido, en varias ocasiones, que no me llame jamás y espere a que sea yo quien lo haga.

Compré este departamento por una buena razón: su precio. Durante la primera visita, cuando la vendedora de la agencia inmobiliaria pronunció la cantidad, sentí un hormigueo en el estómago: por fin me sería posible hacerme de algo en Manhattan. Mi sentido del ridículo –siempre vigilante– me impidió frotarme las manos, y la alegría se concentró finalmente en la zona intestinal. Nada me gusta tanto como adquirir cosas nuevas a un precio bajo. Sólo una vez terminada la transacción, constaté un poco decepcionado que no tenía vista a la calle. Las dos únicas ventanas debían de medir como mucho treinta centímetros cuadrados y ambas daban a un muro.

Pensar en la casa me es desagradable y a pesar de ello me ocurre todo el tiempo. Lo mismo sucede con esa novia que se inmiscuyó en mi vida sin que yo pudiera evitarlo. Ruth es cuidadosa y obstinada como un reptil, capaz de desaparecer siempre que mi bota está a punto de estamparla en el suelo y también de esperar a que quiera verla. En cuanto me sereno, vuelve a deslizarse hasta mí, suave y resbalosa. Decir que es inteligente sería exagerar. Su habilidad, desde mi humilde opinión, tiene que ver más con su instinto de supervivencia. Hay animales adaptados para vivir en el desierto y ella pertenece a esta categoría. ¿Cómo justificar, si no, que haya resistido mi carácter? Ruth es quince años mayor que yo. Sus ojos siempre parecen al borde del llanto y eso les confiere cierto tipo de atractivo. El sufrimiento silencioso la beatifica. Las arrugas, comúnmente llamadas patas de gallo, le dan un aire semejante al de los iconos ortodoxos. Ese martirio reemplaza su ausencia objetiva de belleza. Una vez a la semana, sobre todo los viernes, salimos juntos a cenar o vamos al cine. Duermo en su casa y templamos hasta el amanecer, lo cual me permite limpiar el sable y satisfacer las necesidades de la semana. No negaré las virtudes de mi novia. Es atractiva y refinada. Pasear con ella es casi ostentoso, como pasear del brazo de un escaparate: bolso Lagerfeld, espejuelos Chanel.

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