Norman Manea dialoga con mil jóvenes sobre su vida

El autor rumano, en la sesión de preguntas, habló sobre su vida, la literatura, su país y sus sueños.
Norman Manea respondió preguntas sobre Donald Trump, su profesión como ingeniero y la literatura.
Norman Manea respondió preguntas sobre Donald Trump, su profesión como ingeniero y la literatura. (Fernando Carranza)

Guadalajara

Ya desde las 17:00 horas el salón Juan Rulfo de la Expo se vestía de juventud, cerca de 800, esperaban con ansias o con desgana al ganador del premio FIL en Lenguas Romances.

Entró escritor rumano, y junto a él, Jerónimo Pizarro. Comienza el evento Mil Jóvenes con Norman Manea. Que pasó ágil, como una sesión de preguntas.

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Después de un saludo breve y de una introducción de Marisol Schultz, Pizarro preguntó al escritor, ¿por qué era seguidor de Kafka?

Manea, con más agudeza que su presentador, inició “me siento muy complacido de estar aquí. Esto es terapéutico y estoy seguro de que voy a salir más joven de aquí. Por eso quiero invitarlos a bailar y si no estoy a su nivel, pidan al encargado de esto que no me vuelva invitar a la feria. Por cierto al final de la charla quiero que ustedes decidan si yo soy un hooligan”.

“No les voy a hablar de Kafka, porque no los quiero aburrir, y no les vaya a asustar ese nombre que viene de la noche de la historia. Él escribió una eternidad, porque buscaba el absurdo de la vida. Ustedes pueden descubrir el absurdo, porque nos rodea, está en todas partes. En mi caso, no me considero destinado a ser seguidor de Kafka, yo soy el resultado de una época que amplió mis aspiraciones y mi forma de pensar”, dijo Manea para responder a la pregunta.

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“Les animo a que me hagan preguntas difíciles, que necesite pedir un médico, cuando se acabe esta conferencia”, Norman animó a los asistentes al verlos indecisos.

Pizarro, tomó la delantera de nuevo, “¿por qué se dedicó a la ficción, después de haber vivido una experiencia como la de los campos de concentración?”. Muchos de los asistentes, que seguramente contarían con 15 años o menos susurraron “¿qué es un campo de concentración?”, se sentía el temor, el miedo a preguntar algo de lo que todo el mundo hablaba, pero nunca se había escuchado.

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El escritor respondió que la ficción “es necesaria, para superar lo absurdo, el aburrimiento que produce lo cotidiano. Años atrás publiqué un libro en el que reflexionaba sobre lo vergonzoso que hemos hecho al enaltecer hechos estúpidos, en lugar de honrar a los hombres que se lo merecen, a los hombres de ciencia, a los que hicieron algo a favor y no en contra de la humanidad”.

A partir de aquí los más viejos se animaron a tomar el micrófono. Un señor canoso de la segunda fila cuestionó al autor sobre qué era autobiográfico en sus libros, a lo que este respondió que “Mi vida es lo que más conozco, y lo más natural es usar este material para mi escritura. Si les pidiera a cada uno de los presentes que escribiera de qué se trató esta plática, habría cientos de historias diferentes. Aquí hay que distinguir entre la novela y el periodismo”.

“El periodismo”, prosiguió después de una breve pausa, “se basa en testimonios, busca ser fidedigno, relatar la verdad de los hechos, escribir las cosas lo más cercano a los sucesos; la literatura va más allá, toma elementos de la realidad, pero los mezcla con otros imaginarios, busca cuestionarnos sobre la vida, la existencia, lo que nos rodea, lo que pasa dentro de nosotros”.

Una voz anónima y misteriosa irrumpió desde atrás: “¿qué opina entonces de los que pasó en Estados Unidos, con Donald Trump?”, el escritor, con agilidad respondió con otra pregunta “¿qué respuesta quieres?, ¿una novela o un reportaje?”, “un reportaje”, espetó la voz femenina.

“Los periodistas, quisieron predecir, construyeron un imaginario, se salieron de su papel. Ellos deben escribir sobre los hechos, no predecirlos. Son profesionistas, no profetas. Trump, juega, entretiene, es un payaso que busca manipular a las masas”.

“¿Qué hacían los niños en los campos de concentración?”, otra pregunta surgió, pero esta vez desde adelante. “Los niños hacían lo que hacen los niños, tratan de jugar, tratan de soñar y de platicar entre ellos. Jugaban a que estaban en un patio y que había centinelas, a esconderse. Se forzó a los niños a cosas que no correspondían a su edad, a convivir con adultos, en un ambiente en el que sucedían cosas horribles. Pero el lado infantil no desaparece. Yo, por lo menos, no entendía qué estaba pasando.

Sobre la religión y sobre el perdón, se le preguntó por qué los judíos y los cristianos tenían visiones tan diferentes, en especial con el caso del Holocausto, a lo que Manea respondió, “yo soy agnóstico, no puedo responder por ninguno de los grupos, pero sé que los judíos hablan de que a Dios solo le corresponde perdonar los pecados contra la santidad, pero lo que sucede entre los hombres es otra cosa. A los cristianos, en cambio, Cristo les enseñó que hay que poner la otra mejilla”.

Un joven, que por fin se animó, tomó la palabra y le preguntó por qué había sido escritor, si nunca había querido ser ingeniero o… “de hecho, soy ingeniero”, se adelantó Manea, “siempre quise ser escritor, pero vivía en un estado totalitario, donde la escritura era estaba bajo presión política, sometida a la censura, al espionaje y a la constante revisión. Era más fácil ser ingeniero que escritor”.

“¿Cómo se ve Rumania así misma? Hay algunos que piensan en gitanos, en Drácula, en amplias calles de seis carriles de cada lado con casas bellísimas, en hermosos paisajes con palacios derruidos…”, otro joven preguntó, con algo más que un aire romántico.

“Es una cosa compleja y yo no soy presidente de Rumanía como para dar una respuesta a nombre de todos los rumanos, que son personas con un gran sentido del humor, para lo que viven en el día a día, hedonistas…”, dio un suspiro.

“Los rumanos, en general son cristianos ortodoxos, pero no para bien, porque la Iglesia Ortodoxa fue obediente al poder y por lo mismo corrupta. A la caída del comunismo se descubrió que muchos sacerdotes revelaban la vida de las personas a la policía secreta, y esto provocó una crisis entre los creyentes”, añadió.

“La latinidad es otro concepto que no debemos olvidar. Los gitanos no son ni ortodoxos, ni latinos, son un pueblo, una minoría de migrantes con su propia lengua, que han sufrido muchas persecuciones. No hay que confundir una cosa con la otra. Rumanía es una tierra de contrastes, sí hay todo lo que comentas”.

La última pregunta la hizo una adolescente: “¿cuáles han sido los momentos más felices de su vida?, a lo que el público enternecido respondió con un suave ¡ah!, que se diluyó en un suspiro.

“Siempre hay situaciones de adversidad, pero aún allí hay momentos de felicidad, incluso en el campo de concentración. Ahora pregúntense si estoy haciendo periodismo o novela, si soy un hooligan o una persona decente”.

SRN