Mi vecino Juan

"Una tarde cuando paseábamos le pregunté por qué no se había quedado en la Argentina y me contó cómo una tarde por Buenos Aires se había encontrado con uno de los generales jefes de los torturadores”
Juan Gelman
Juan Gelman

Guadalajara

Conocí por casualidad a Juan, como se conocen las mejores cosas. Siguiéndole la ruta a Oswaldo Bayern (al que admiraba profundamente por sus Vengadores de la Patagonia trágica) tropecé con un pequeño libro titulado Exilio, escrito a medias por el historiador argentino y por el poeta Juan Gelman. Luego Bayern me contaría que se trataba de un libro colectivo argentino en el que se suponía participarían cinco autores (entre ellos Osvaldo Soriano), pero sólo ellos dos entregaron a tiempo. Rápidamente fui conquistado por ese libro conmovedor y brillante.

Miguel Bonasso me dijo años más tarde que Gelman vivía en México y resultó que no sólo vivía, sino que éramos vecinos, y me lancé a buscarlo y hoy ya no recuerdo cómo nos encontramos, aunque supongo que el pretexto fue que colaborara en las páginas negras de Siempre que yo dirigía. ¿Cómo no capturar a un poeta como Juan? Un superviviente de la dictadura que había escrito “A este oficio me obligan los dolores ajenos”, o “Si me dieran a elegir, yo elegiría/ este amor con que odio,/ esta esperanza que come panes desesperados”.

El caso es que Paloma y yo nos hicimos amigos de Juan y de Mara, su compañera, y nos queríamos bien.

Durante años aprovechamos la vecindad para pasear juntos por la colonia Condesa. A veces tropezábamos con los otros vecinos, José Emilio Pacheco, Humberto Mussachio, Federico Campbell. Me gustaría que hubiera existido ese club de paseadores, pero el asunto era mucho menos formal y mucho más accidental. Con Juan tropezábamos camino al banco o comprando refrescos. Solía quejarse del terror sonoro que causaba un antro debajo de su casa.

Regresó a la Argentina a la búsqueda de su nieta desparecida a manos de los militares que mataron a sus hijos, y sorprendentemente tuvo éxito. Pero regresó a México; el exilio no había terminado. Una tarde cuando paseábamos por la colonia le pregunté por qué no se había quedado en la Argentina y me contó la historia de cómo otra tarde caminando por Buenos Aires se había encontrado con uno de los generales jefes de los torturadores. Era un país muy pequeño para que cupieran los dos en él.

Fueron los años en los que Juan se hizo famoso. Su poesía circuló ampliamente, lo publicaban en España, en México y Argentina y era leído fervorosamente en toda América Latina, recibía premios y reconocimientos. No pareció afectarle demasiado.

Socarrón, de un humor particularmente acerado, parecía ser dos cuando escribía con una inmensa ternura en sefaradí. Seguía haciendo periodismo para Página12 en Buenos Aires y de vez en cuando sus artículos se republicaban en México.

Cenamos varias veces en familia y todas nuestras cenas, después de recorrer apasionadamente América Latina, terminaban con una cruenta discusión sobre las virtudes y los defectos del tango y el bolero, sin que jamás hubiera punto de acuerdo ni de mínima negociación. Argenmexes, chilenos y colombianos se alineaban, claro está, del lado del tango, cubanos y mexicanos del lado del bolero, y creo que recordar que en una de esas cenas se apareció un nicaragüense al que le importaba un bledo el tema y estuvimos a punto de matarlo entre todos.

Hablé por teléfono varias veces con él en los últimos meses de su enfermedad. Se negó a contarme lo que le estaba pasando, lo ocultó por pudor o por aburrimiento. Y de repente la noticia llegó como un mazazo.

Y por más que digan que los viejos poetas, los antiguos rockeros y los impenitentes rojos nunca mueren, me resulta de poco consuelo porque me he quedado sin volver a pasear con mi amigo Juan, que me hacía siempre apretar el paso, mientras echábamos pestes del gobierno.

Me quedo con algunos de sus versos, con todos, con los que recuerdo y con los que he olvidado, con ese que decía: “Años futuros que habremos preparado conservarán mi dulce creencia en la ternura”.