En la mejor compañía

Al salir yo también de Colombia y con la decisión tomada de dedicarme a escribir, me di cuenta de que García Márquez tenía razón.
Gabo.
Gabo. (Foto: Archivo Milenio)

Creo que al hombre que más tiempo he dedicado tratando de entenderlo es a Gabriel García Márquez. Todo empezó cuando yo tenía casi la misma edad de Fermina Daza al principio de El amor en los tiempos del cólera. Esos años de adolescencia cuando una es híbrido de niña y mujer; cuando se juega a las tinieblas con los chicos de la cuadra y se hojean con palpitaciones los libros de la biblioteca paterna. En esa biblioteca no me llamaron la atención sus libros, pues en esos años de mediados de los 70, en mi caribe colombiano, García Márquez no era tan, tan reverenciado. Ya había salido Cien años de soledad y ya el mundo se le había lanzado encima con un abrazo universal, pero para las familias de mi cuadra barranquillera García Márquez no estaba todavía en el escaparate de los clásicos. Seguía siendo Gabito, el muchacho pobre, mal vestido, tímido y medio hueva que había llegado a la mesa del bar Japi buscando quien lo pudiera ayudar a seguir con el destino que se había trazado desde niño: el de ser escritor. Los encontró y pasó dos años de su mano hasta irse a Bogotá y luego a París, a donde también llegaba la mano generosa de sus amigotes barranquilleros.

Un viernes por la noche en casa de mi abuela oí que después del programa de Topo Gigio entrevistarían a Gabriel García Márquez, que estaba de visita en el país. Mis hermanos se fueron “a la camita” después de la despedida del ratoncito con acento italiano, pero yo me quedé a escuchar lo que iba a decir el tal Gabriel García Márquez, ya escritor famosillo que a nadie en mi casa le interesaba. Me acuerdo de un señor de bigote que me sedujo con una voz más melosa que las voces masculinas a las que estaba acostumbrada. Habló de cuando salió de Colombia. Recuerdo que le preguntaron qué era lo que más le había llamado la atención de la vida europea. Respondió que haberse dado cuenta de que en Londres crecía la misma grama que en Aracataca. Yo no conocía Londres y le creí.

Al salir yo también de Colombia y con la decisión tomada de dedicarme a escribir, me di cuenta de que García Márquez tenía razón. El mensaje que recibí de niña, ávida de querer saber cómo era el mundo de afuera, fue contundente: tú puedes formarte tus propias conclusiones; puedes ver todo como tú quieras. Todo es como lo mires. Además puedes decirlo.

Años después, en 1995, ya radicada en Nueva York, escribiendo para periódicos norteamericanos y terminando mi primer libro, pasé tres días en Cartagena escuchándolo y observándolo muy de cerca. Fui su alumna en uno de los tres talleres que dictó. Desde ese momento, Gabriel García Márquez, el autor que definió mi mundo al mundo, el nombre que casi todos evocaban cuando yo mencionaba que era colombiana (a veces era el de Pablo Escobar), se convirtió en un hombre de carne y hueso con olor a la colonia de mi abuelo y el don y la disciplina para hipnotizar con palabras. Encontré un exceso de contradicciones que no hicieron más que aumentar mi interés y alimentar mi obsesión literaria. Había encontrado un gran personaje. Me tocaba ahora seguir su dictamen: encontrar la manera perfecta para contar su historia.

Por eso me pasé los últimos cuatro años escuchando a otros hablar sobre él. Entrelazo esas voces en Soledad & Compañía, el libro que me trae a la FIL este año. El resultado es el retrato de mi Gabo: un hombre de mi tierra que decidí convertir en mi profesor de vida, aquel que entendió que para manejar la soledad rilkeana --como lo hizo en Barranquilla, en París y en México ni se diga-- se necesita la mejor compañía.

Autora de:Soledad & Compañía. Un retrato compartido de Gabriel García Márquez.