Muchos libros, pocos lectores

"Dejemos la broma pesada: el editor hace su trabajo y vive de él, porque resulta posible vivir de la edición en México. No hablo de enriquecerse, hablo de vivir".
EDITAR EN MÉXICO HOY: YAEL WEISS
EDITAR EN MÉXICO HOY: YAEL WEISS (Especial)

Guadalajara

El editor mexicano se ha acostumbrado, cuando habla de su trabajo, a escuchar el anticelestial coro de los “noes”. ¡Pero si en México no se lee! Uh, eso no es negocio: el mexicano no compra libros, sólo le alcanza para el huevo y la caguama. No arraigó la cultura del libro. No hay librerías suficientes. El papel mismo está en vías de desaparición, las imprentas quiebran a izquierda y derecha. ¿Libro electrónico? Hombre, aquí no hay tablets.

El editor podría responder a su interlocutor: La razón corre a chorros por tu boca, ¡gracias!, voy a cerrar el changarro, no tiene sentido hacer libros en México. Tanto tiempo de vano esfuerzo, de autoengaño, merece una cruzada en contra de la edición y del libro, ¿en qué estábamos pensando? 

Dejemos la broma pesada: el editor hace su trabajo y vive de él, porque resulta posible vivir de la edición en México. No hablo de enriquecerse, hablo de vivir. Hay distintas fórmulas. Los grandes grupos optan por la concentración de los sellos mientras que los pequeños editores, llamados independientes, sostienen su proyecto con servicios editoriales, coediciones, becas y subvenciones estatales. Otros más optan por un negocio paralelo de distribución de libros y revistas. Ninguna sorpresa ni irregularidad por este lado: el libro desborda la definición de “producto”, no se somete a las leyes del mercado, hay que establecer un sistema de compensación. Incluso en Francia, país que goza de una tradicional salud bibliográfica, los apoyos al libro son tan numerosos como las estrategias de supervivencia. Por ejemplo, durante sus primeras décadas de existencia, la prestigiosa Gallimard lanzó una colección policiaca, la célebre série noire, además de revistas deportivas, para mantener a flote su línea de literatura contemporánea.

A la hora del juicio final, los editores llamados a declarar en la banca de los acusados podrán alegar que hicieron su trabajo. Si “no” se lee en México, no es a falta de libros. Es asunto de nivel de alfabetización, de pobreza, de falta de difusión, de costumbre, pero libros hay. Claro, se puede hacer más, pero se trata de responsabilidades compartidas con la red de libreros, la educación nacional y algunos municipios que gastan, obedientes, su presupuesto para una Feria del Libro anual, pero olvidan invitar a los lectores. Es un panorama triste ver filas de libros en pasillos desérticos.

Pero en ninguna Feria del Libro me he encontrado con el panorama inverso. Los espacios destinados a los libros están ocupados, a menudo abarrotados. La edición experimenta lo que la mayoría de las industrias con vitalidad: la concentración, la globalización, el nacimiento y muerte súbita de empresas editoriales . En México el abanico de propuestas es amplio: abarca desde las más delicadas, como las de poesía experimental, o las más nuevo milenio, como los libros de diseñador, las novelas gráficas, los print on demand, los libros ecológicos, los ebooks y las aplicaciones electrónicas. 

Cuando en 2011, en la FIL, rodeado de libros, el candidato Peña Nieto no supo citar tres títulos, ya pintaban las cosas fúnebres. No sabremos si nuestro presidente leyó o no leyó, si tuvo amnesia súbita ante una pregunta inesperada (vamos, a todos nos pasa). Pero si no leyó, incurrió en omisión, porque los libros ahí estaban, siempre estuvieron. Esta FIL abre ante un panorama triste, de desapariciones y muerte. Si reclamamos un México nuevo, no incurramos en estas vergonzosas omisiones. Los libros están sobre las mesas, hay que leerlos, discutirlos, llevarlos a foro público.


Yael Weiss es editora de contenidos digitales del FCE.