La ley del padre

Poder contar la historia y hacerlo desde la felicidad y la placidez es una hazaña.
Jorge G. Castañeda
Jorge G. Castañeda (Martín Salas)

Guadalajara

Héctor Aguilar Camín, Adiós  a  los  padres.

Quizá lo único más difícil de superar que un padre omnipotente, ganador, presente y avasallador, sea lo contrario: el padre ausente, derrotado por el tiempo, aplastado por la familia y la fortuna, humillado por su propio padre, víctima de su propia tragedia y de la que le infligieron las tribulaciones de la existencia. Para un hijo adolescente, hay algo peor: ese padre, desaparecido a los 13 años, devuelto por las vicisitudes de la vida 35 años más tarde, y cuya presencia inicial fue más devastadora que su ausencia posterior o su reaparición final. Poder contar la historia, y hacerlo desde la felicidad y placidez de un entorno familiar, amistoso, profesional y político inmejorable, es una hazaña. Si además todo eso se consuma a través de un prosa pulcra y sucinta –cierta o verdadera, diría Hemingway; de oraciones breves, pediría Fuentes; impersonal, sostiene Aguilar Camín–, con un vocabulario infinito mas no procedente de los diccionarios de sinónimos, nos hallamos ante un texto excepcional. Es el caso de Adiós a los padres, título en homenaje, supongo, a Papa, y quizás al Patrimony de Philip Roth, autor querido y disecado por Aguilar Camín. Chapeau.

La biografía familiar incluye espléndidos pasajes sobre la ciudad de México y supongo que también sobre Chetumal, aunque ignoro de qué manera se pueda explayar un escritor sobre semejante pueblo arrabalero, así como detalles directos y subliminales de la vida política mexicana tanto de provincia como de la capital. Más que nada, encierra historias entrañables y páginas envidiables sobre el terrible dolor de un adulto en el umbral de la vejez, que revisa las heridas y los obsequios de su madre, su tía, sus hermanos y, de refilón, de Ángeles, su pareja. Los abuelos de Héctor no alcanzan la incidencia procreativa y analítica de los de Sartre en Les Mots, pero algo hay de eso: el hueco del padre invisible lo llena siempre alguien, en el caso de Aguilar la relación de Godot, su padre, con Don Lupe, el suyo, que lo despoja de mucho y es perdonado por poco, sin que nunca se sepa de qué o por qué.

Aguilar Camín comprende que la vida es más complicada: el abandono a los 13 años puede causar menor daño que los signos del fracaso y la impotencia a los cinco. Como lector, conversador y estudioso magistral que es de los seres humanos, no puede ignorar que nadie es transparente para sí mismo. Gracias a su notable inteligencia, entiende que la verbalización de la historia personal es un acto analítico por excelencia, y que por tanto necesita de una escucha que lo procese y se lo devuelva. Nadie podrá hacerlo de la manera tan descarnada y concisa como lo hace Aguilar, pero eso no significa que no deba hacerse. Allí hay otro libro, por lo menos.

No se si Héctor salde cuentas con sus demonios a través de este texto, ni que hubiera pensado su madre –para quien escribía siempre– de haberlo leído. La ley del padre sí se trasladó a la tía; el rencuentro con el padre pareció una reconciliación; la angustia por la debilidad extrema de la paternidad de Godot se zanjó con la fuerza de una paternidad propia y admirada por todos, incluyendo a su hijo y sus dos hijas. ¿Con eso se conjuran los fantasmas? Quién sabe, pero qué suerte disponer del talento, la audacia y el valor de intentarlo así, para el deleite de sus lectores y el cariño de sus amigos.