El ruido de los chamacos

En el sexto día de actividades en la FIL, estudiantes de secundaria y prepa se apoderaron, como zombies, de las instalaciones de la Expo Guadalajara.
Miles de jóvenes inundaron los pasillos de la Expo Guadalajara
Miles de jóvenes inundaron los pasillos de la Expo Guadalajara (Foto: Paula Vázquez)

Guadalajara

Son como un enjambre de mosquitos que acribilla a los asistentes de la Feria por la mañana del jueves, zumbando por todos lados, taladrando los tímpanos de quienes trabajan en los stands con ese “bzzzzzz, bzzzzz” de sus voces sobrepuestas en los pasillos principales. Son las y los chavitos de secundaria y preparatoria que vienen en manada este día de la semana.

Caminar entre sus cuerpos sudorosos, llenos de ese naciente olor a sobaco que se te instala en la nariz, es un acto kamikaze, pues contrario a las indicaciones coherentes en situaciones complicadas, ellos sí gritan, sí corren y sí empujan. Se acuestan en el piso a comer tortas de jamón, a revisar sus mínimas compras; meten las manos en las peceras con obsequios como botones, plumas o separadores, agarrando souvenirs para toda su familia.

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Dicen, mientras caminan sin rumbo fijo: “¡Mira, un libro para tener glúteos!”, “¡mira, los de mandalas!”, “¡mira, uno de Metallica!”, “¡mira, el cómic que quería!”, y así la llevan sin fijarse en las novelas por las que babean los adultos ni en esos grandes tratados de la literatura universal. Tal vez estas visitas anuales los lleven a amar los libros. Sería lo ideal. No obstante, por ahora se conforman con cumplir la obligación que les dará puntos necesarios para su calificación.

En medio de la multitud se escucha el grito de una voz a la que se le suman decenas más. ¿Será que dicen “peso” o “beso”? La respuesta viene de inmediato, cuando una pareja de chiquillos rodeada por la multitud se da su primer beso ensalivado ante la mirada ardiente de los de su edad. El asunto se vuelve recurrente como su ruido.

Los booktubers los atraen. Van corriendo al concurso de video reseñas 2017, casi llevándose de corbata al escritor Elmer Mendoza, quien camina por el pasillo principal como si no hubiera nadie a su alrededor.

Dos chicas de secundaria tienen un programa y un mapa de la FIL en las manos. Tratan de ubicar algo que sea de su interés, pero hay tanta información que miran las letritas de las publicaciones como si no entendieran español. Su interés parece loable hasta que dicen: “De todos modos ni vamos a ver nada, porque debemos estar a las cuatro en el camión”. Mejor quedarse a descansar.

Pletóricos de hormonas descontroladas, de uniformes feos, de granitos en la cara y cabelleras largas coronadas por diademas de gatito, su presencia en la FIL puede llegar a ser entrañable, como esas novelas de iniciación en donde los protagonistas se quieren comer el mundo a través de besos y sinsentidos. 


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