Los invitados

En torno de un encuentro librero como la FIL de Guadalajara, cada vez todo depende menos de la generosidad de los políticos.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario. (Archivo Milenio )

Guadalajara

Podría decirse, de forma coloquial, que ni son todos los que están, ni están todos los que son. Sin embargo, eso sería entrar en honduras críticas que mejor es eludir, so riesgo de entrar en ásperas polémicas como las que animó el comentario del gran Tomás Eloy Martínez cuando, en pleno menemismo, allá por los años 90 del siglo XX, cambalache (“problemático y febril, el que no llora no mama y el que no roba es un gil”), siendo la Argentina invitada de honor por primera vez, no fue convidado a formar parte de la delegación oficial. El autor de Santa Evita señaló en aquella ocasión, según nos lo acaba de recordar Constanza Bertolini (La Nación, 27-XI-2014), que había “un elenco estable del gobierno” en la delegación oficial de escritores que había palomeado --como se dice en la picaresca política mexicana-- el responsable de asuntos culturales de la cancillería que entonces presidía Guido Di Tella.

El hecho es que a las comitivas oficiales de escritores de Argentina las persiguen duras controversias. Para no ir más lejos, en el pasado Salón del Libro de París los funcionarios del kirchnerismo (los ismos se acuñan con la eternización en el poder de algunos nombres y clanes) dejaron fuera a escritores como Beatriz Sarlo, Santiago Kovadloff y Martín Caparrós. Este último resumió para Radio Francia Internacional la situación que él y otros vivieron (y siguen viviendo): “Yo no he denunciado a nadie, pero sí supe que un alto funcionario del gobierno argentino me rayó de la lista, desde hace varios meses. Es triste que así sea. Es una muestra de cómo procede tontamente el gobierno argentino. En este caso, como en otros, los criterios fueron premiar lealtades y castigar a los críticos”.

Uno querría que las letras fueran por un lado y la sucia política por otro,  pero en nuestros países (donde vaya que es sucia) eso resulta poco menos que imposible. Por suerte, en torno de un encuentro librero como la FIL de Guadalajara, cada vez todo depende menos de la generosidad de los políticos. No hace falta, por ejemplo, que Magdalena Faillace, directora general de Asuntos Culturales de la Cancillería de Argentina, diga (aludiendo a aquellos que no vinieron) “pedí que hubiera libros de ellos”. Quizá no lo sepa (o finge no saberlo para que luzca más su bondadoso gesto)  pero los libros, como sus autores y editores, pueden viajar por otros medios y ser también, fuera de la lista oficial, invitados de honor.