Una industria editorial de contrastes

“Las independientes no fuimos avisadas  de esa posibilidad, con lo que ya se les dio una ventaja enorme”.
Carlos Fuentes.
Carlos Fuentes.

Guadalajara

Las mañanas no pueden comenzar tan tarde en la FIL Guadalajara, por más que el cuerpo resienta el intenso trabajo de la noche anterior… Perdón, del día anterior. Pero si el programa se integra con alrededor de tres mil actividades culturales, distribuidas en 19 salones, además del pabellón del país invitado o de los actos que cada casa editorial prefiere hacer en sus stands, habría que imaginar las dificultades para cualquiera que desea darse una vuelta por la Expo Guadalajara y apostarle a tener un pálido panorama de lo que sucede.

Entre toda la oferta se dan actos dirigidos a ciertos sectores que, se supondría, no inciden en lo cotidiano del encuentro, aun cuando al final sí suceda. Entre esas actividades estuvo la presentación de la Declaración Internacional de los Editores Independientes, impulsada por la Alianza Internacional de Editores Independientes, creada en 2002 y que en la actualidad está conformada por alrededor de 400 editoriales y colectivos de editores así, independientes, de 45 países.

Se trata de un documento con 80 recomendaciones, desarrollado a lo largo de dos años en ocho mesas de trabajo regionales –en distintas partes del mundo–, que apuestan por impulsar políticas públicas para garantizar la bibliodiversidad, desde la amenaza que significa Amazon para los editores independientes hasta el impulso a la edición en lenguas locales y nacionales.

Más tarde se dio a conocer el lanzamiento de la plataforma www.librosmexico.mx, cuyo objetivo primordial es impulsar los esfuerzos de las editoriales, los libreros, los bibliotecarios y los lectores, a través de un espacio en el que se fomente el libro digital e impreso, pero también el hábito de la lectura.

Una herramienta que fue reconocida en un primer momento, aunque después llegaron las quejas porque una de las posibilidades que ofrece es subir las novedades de las editoriales y se comenzó con las de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta, del Fondo de Cultura Económica y de sendos grupos trasnacionales, Planeta y Penguin Random House, mientras que las independientes “no fuimos avisadas de esa posibilidad, con lo que ya se les dio una ventaja enorme”, comentaba una voz que, sin embargo, no se quiso alzar tanto. Así las cosas en una industria editorial en la que no todo es miel sobre hojuelas, aunque siempre haya rostros sonrientes.

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Recetario para escribir una novela

Cuando falleció Carlos Fuentes, una de las primeras decisiones de la FIL fue darle su nombre al Salón Literario, el espacio del diálogo en torno a la creación, a las historias, a los libros, a los fantasmas y obsesiones que recorren los caminos de los escritores.

Y quizá sin planearlo de esa manera, la apertura del espacio se dio con dos personajes que tuvieron una relación bastante estrecha con el autor mexicano, amigos se podría decir de manera coloquial: Nélida Piñón y Sergio Ramírez, quienes a lo largo de casi dos horas mantuvieron una conversación que bien pudo llamarse “Recetario para escribir una novela”, porque se enfocaron en reflexionar sobre las raíces de la creación literaria, no sin antes reconocer a Fuentes como “un mexicano universal que nos ayudó a ser universales”.

Una conversación que giró alrededor de los mitos y los fantasmas que acompañan a cualquier ficción literaria; un diálogo acerca de su manera de entender a la vida y la literatura, aunque muchas veces sean realidades que se entretejen: “literatura y vida son inseparables en mi vida”, confesaba Nélida Piñón, la escritora brasileña que ya obtuvo el Premio Juan Rulfo, cuando así se llamaba.

“En especial me siento heredera de la tradición, no puedo imaginar la literatura sin el sentimiento de la continuidad”, decía mientras recordaba la importancia de los mitos en la construcción literaria, incluso convencida de que son subterfugios sin los cuales una historia literaria sería muy poco: “el mundo urbano no es un gran creador de mitos, el gran creador de mitos ha sido siempre el mundo coral”.

Sergio Ramírez no se quedó atrás en sus palabras, bajo la certeza de que los escritores son herederos de la memoria del pasado y de los mitos: “uno viene armado con esos mitos en la cabeza”, aunque lo que termina por encender de mejor manera la imaginación es la historia de cada país, que se convierte en la historia personal del escritor. “El gran deleite de la escritura es poder ir a esos territorios personales y encontrarse con la maravilla de que al reproducirse ese territorio el lector se encuentre en él.”

Palabras, conceptos, ideas de una conversación tras la cual ambos recibieron de Silvia Lemus la medalla Carlos Fuentes, instaurada por la FIL para continuar con el reconocimiento a un personaje fundamental en la historia de la feria.

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Recordando a José Emilio Pacheco

Ahí estaba Cristina, sentada en la primera fila, con la mirada de quien aún no se acostumbra a la ausencia. Arriba, en la mesa, estaba Laura Emilia. Seguramente hubieran preferido no estar en ese lugar, por la razón de la convocatoria: recordar a José Emilio Pacheco, pensar en su ausencia, en el hueco dejado en las letras, en el periodismo, entre sus colegas y sus amigos.

De ahí las palabras de Vicente Quirarte: “Perder a José Emilio es uno de los mayores desastres que le han ocurrido a México. No hay lector que no se haya formado con sus palabras: todos nos hemos enamorado de Mariana, todos hemos explorado ese lejano país llamado infancia, todos hemos vivido el esplendor y la decadencia de la capital mexicana”.

Una sesión para evocar conversaciones: Álvaro Uribe y José Emilio en una lejana estancia en París; Rafael Olea Franco en ese diálogo permanente que el investigador tiene con la obra. En todos, la coincidencia de que la mejor manera de referirse a José Emilio Pacheco es a partir del profundo sentido de su literatura, pero también de su vida: un escritor y un hombre que sigue presente, aun cuando no sea en su forma física. La obra ahí queda.

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