Por favor, no alimente a los escritores…

Nuestro oficio es el que habla por nosotros, y a fin de cuentas escribimos para ser leídos. Y también para ser queridos, como decía magistralmente García Lorca.
Comienza una nueva FIL que promete ser extraordinaria. Aquí nos vemos.
Comienza una nueva FIL que promete ser extraordinaria. Aquí nos vemos. (Nelly Salas)

Guadalajara

Que no los llame a engaño el título de esta columna que hoy comien­za y que durará (un suspiro) lo mismo que dure la FIL 2015.

No me referiré a la calidad de lo que esos escritores escriben, porque no es mi papel; no soy crítico literario, ni tampoco suicida.

Más bien, por puro afán antropológico, ¿zoológico?, los invito a observarlos de cerca, ahora que se puede y que están reunidos en hoteles, pasillos y presentaciones, y ver cómo en éste ecosistema controlado se desarrollan y crecen y conviven y hablan de sí mismos y de otros, con sapiencia y a veces (las menos) con desparpajo y sentido del humor.

Porque habrá que decir que los escritores se han vuelto (nos hemos vuelto) tan serios, tan solemnes, tan exquisitamente distantes, que muchos lectores, con toda razón, prefieren leernos que vernos en persona, y no los culpo en lo absoluto.

Lo cierto es que nuestro oficio es el que habla por nosotros, y a fin de cuentas escribimos para ser leídos. Y también para ser queridos, como decía magistralmente García Lorca.

Llevo muchos años viniendo a la FIL y con una sola, breve oteada, he logrado distinguirlos y saber a ciencia cierta a que categoría pertenecen (Carlos Linneo tal vez se sentiría orgulloso de mí, pero no lo sabré nunca).

Puedo, entonces, desde el gremio al que me honra pertenecer, describir a algunos que podrán verse, sin mala leche, en este pequeño escaparate que es la Feria.

No cuento aquí a los escritores que escriben y que a ello se dedican a tiempo completo, y de ello viven y respiran; pero sí a una curiosa fauna que ha ido creciendo y desarrollándose al paso de los años.

Pondré tan sólo unos cuantos ejemplos:

Los escritores que no escriben. Son esos que trabajan desde tiempos inmemoriales en una novela que no acabará de ver nunca la luz, pero de la cual sus amigos aseguran que será mu­cho mejor que La Cordillera. Y ello les franquea el paso a cocteles, cenas y mesas redondas.

Los escritores que han escrito más libros de los que han leído. Y en este penoso caso no hay mucho más que decir.

Los escritores que escriben lo que firman otros "escritores". Se les llama también "negros" o "cabezas de turco". Es un oficio tan viejo como la escritura misma, talentos que viven a la sombra y que son casi una leyenda urbana, pero que existen y trabajan y que con su chamba pagan la renta propia y los lujos de sus empleadores.

Los escritores instantáneos. Famosos que sienten la necesidad imperiosa de dejar su impron­ta en caracteres de imprenta. Éxitos que se diluyen a la misma velocidad que se diluye la fama.

Los escritores que han escrito un solo libro y con él viajan por el mundo desde el siglo pasado, pero que parece nuevo, siempre. Y lo presentan una y otra vez hasta la convalecencia.

Políticos que escriben. Ayyy.

Si usted, amigo lector, encuentra a alguno de los antes descritos escritores, por favor, no lo alimente. Me refiero a su ego. Los que ejercemos el oficio con toda la dignidad de la que somos capaces, lo agradeceremos.

Comienza una nueva FIL que promete ser extraordinaria. Aquí nos vemos.