Esas 'selfies' con ermitaños que hacen fechorías…

Sí, ahí van los escritores por los pasillos de la FIL, rodeados de cardúmenes de fieles que siempre soñaron con escrutar de cerca sus manos, esos dedos que nunca han visto brincar de una tecla a otra.
Escritor con groupie.
Escritor con groupie. (Paula Vázquez)

Se pasan horas y horas en menesteres que hoy en día son propios de su oficio, debido a la devoción de decenas de miles de seres que los adoran desde el anonimato y que ahora los tienen aquí, al alcance de un rozón de piel. Ni hablar: en estos tiempos tienen agobiantes responsabilidades. Van y vienen de un set de televisión a otro. De un stand concebido para que den autógrafos se trasladan rápidamente a la presentación de una obra. Pero no, no van tan rápido. En los pasillos son detenidos una y otra vez. Sus fans los miran con sonrisas perplejas, congeladas. Los observan detenidamente, como si quisieran encuadrar la carne y hueso que ahora tienen ante sí con los personajes entintados a quienes les han dado vida a través de la escritura.

Sí, ahí van los escritores por los pasillos de la FIL, rodeados de cardúmenes de fieles que siempre soñaron con escrutar de cerca sus manos, esos dedos que nunca han visto brincar de una tecla a otra. Ni los verán, porque escribir ante una computadora, eso suele ser cosa casi de misántropos. Así que no, no podrán atisbar los aporreos de los teclados de estos escribientes, pero al menos las decenas de sus incondicionales sí se van con algo que presumirán siempre: se llevan sus selfies. ¡Click-click-clik!, resuenan una y otra vez los pequeños obturadores de los teléfonos móviles. Hombres y mujeres ya maduros, o chavos y jovencitas, más que pedir que les firmen un libro (aunque algunos también eso quieren), lo que desean en estos nuestros tiempos de redes sociales, es... su foto de celular. Esa misma que van a subir a Facebook, Twitter o Instagram.

Y es que, imagine usted al fan de Messi con una selfie del crack argentino. Olvídese del balón firmado: una foto del dios del balón y su fan abrazados...

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Xavier Velasco se ha vestido hoy como le da la gana: el autor de «Diablo guardián» se ha calzado tenis negros con suela naranja. Se ha puesto calcetas azules, naranjas y negras, hasta los tobillos. No lleva pantalón, pero sí un short negro con figuras de coronas amarillas. Tiene una camiseta negra con motivos que parecen chinos. Del cuello le cuelgan unos audífonos color beige. En la cabeza descansan sus gafas oscuras...

-Vaya euforia de la gente con ustedes los escritores... -le comento, luego de que posó para quién sabe cuántas fotos.

-Es maravillosa. Es maravillosa...

-¿Qué sientes? ¿No te engentas?

-No, no, yo me lo paso poca madre. He llegado a firmar libros seis horas seguidas y me la paso poca madre. Mira, cuando durante muchos años nadie te peló, nunca dejas de gozarlo (ríe). A lo mejor a los que siempre les fue bien... Es como el que siempre tuvo suerte con las mujeres, igual no lo aprecia, pero el que nunca la tuvo, ¡imagínate!... –no quita la sonrisa.

-Parecen rock stars, ustedes...

-Sí, ¡eres como Ronaldinho! Un día me lo dijo un cuate: "Te sientes Ronaldinho"... -se carcajea.

-Ustedes son como... -queda la idea incompleta.

-Como delincuentes... -prorrumpe en risa atronadora.

-¿Cómo?

-Yo sí creo que la escritura es una fechoría. Es como un atentado que estás preparando en total secrecía y de ponto, ¡pum!, lo sueltas. A lo mejor no pasa nada, pero a lo mejor sí. Yo empecé a escribir de niño y siempre he pensado en esto como algo que hago a escondidas y que, ¡sssss!, lo gozas.

-¿Gozas estas pasarelas?

-Yo gozo todo. Aquí gozo todo. A mi mujer la conocí aquí...

-¿En la FIL? ¿Una tapatía?

-¡Sí! Se me formaba en la fila. Y cada año yo decía: "¡Guau! ¡Guau!" Hasta que ya en diciembre pasado dije: "Nooo", y le torcí la manita... -se vuelve a reír.

-Hay otros que la padecen...

-Sí, sin duda, sin duda. Enrique Serna me dice: "Aborrezco ir a la FIL". ¡A mí me encanta! ¡Pota! Pero sí, algunos se engentan. Mira, yo estoy muy solo todo el año. Soy ermitaño. Escribo mirando a la barranca. Y entonces, de repente llegar aquí...

Pasa alguien y lo saluda familiarmente, un hombre con aspecto de funcionario de gobierno. Funcionario rico. Él responde con una sonrisa y le estrecha la mano, con gesto de quién demonios es: "Qué onda, man..."

-No sabes ni quién es...

-¡No, güey, claro que no, cabrón! ¡Por supuesto que no! Pero, pues así es la onda, así es esto... -nos carcajeamos.

Menesteres de escritores bajo el acecho de los cazadores de la selfie ansiada...