El escritor que quiso ser Batman

El argentino del día: Rodrigo Fresán.
Rodrigo Fresán.
Rodrigo Fresán. (César Álvarez)

Guadalajara

Al argentino Rodrigo Fresán, cuentista, ensayista, novelista (Historia argentina, La velocidad de las cosas), se le clavó la literatura en la vida cuando tenía cuatro años. Es por esa filia a la literatura, y por su profundo interés en los escritores, que Fresán explora la literatura y el conflicto de los escritores con la novela La parte inventada.

¿Cómo crees que la literatura ayuda en situaciones críticas, como el caso de la violencia en México?

El ejercicio de la literatura cumple una función social tan importante y tan atendible como pueden ser la odontología, los cultivos de los campos o la física nuclear, en el sentido de que una de las cosas que separan a los humanos de los animales es que necesitan que les cuenten historias todo el tiempo, por distracción o por una cuestión mucho más interesante: que leer es lo que te permite tener vidas alternativas y hacer cosas que tal vez nunca vas a hacer.

Con los temas políticos muy puntuales, siempre he utilizado la literatura para no pensar en ellos. Hay una literatura que ayuda a reflexionar también y que se dedica a esos temas, pero para mí la literatura siempre fue un punto de fuga hacia adelante.

¿Por qué decidiste con La parte inventada hablar de literatura?

Es lo único que me interesa a nivel profesional. En todos mis libros está presente la figura del escritor, el objeto libro, la práctica de la literatura.

A mí me gustan los escritores como animales: me interesan, me gusta leer biografías de escritores, me gusta enterarme de cosas, me gustan los libros de cartas de escritores. Básicamente, porque siempre quise ser escritor.

La vocación literaria, salvo casos de escritores muy tardíos, es una vocación infantil en el mejor sentido de la palabra. El querer ser escritor corre parejo al querer ser Batman. Más o menos por la misma edad se te ocurre la posibilidad.

De hecho, yo creo que en algún momento todo somos escritores, pero hay mucha gente que lo va dejando porque se da cuenta de que es mucho más complicado de lo que parece, y mucho menos redituable: es muy difícil vivir de escribir o vivir de la literatura.

El personaje de tu novela es nostálgico de un mundo antiguo.

El personaje de mi novela no soy yo exactamente, es una especie de versión alternativa, exagerada y extrema de mi persona. Quiero pensar que es alguien más tonto que yo. A la hora de armar el personaje me establecí una serie de diferencias, que a mí me parecían decisivas para separarme de este personaje, que también ha quedado atrapado en una idea de literatura muy adolescente, ya no infantil, el pensar que todo, absolutamente todo, es literatura.

La gran diferencia, y para mí el rasgo decisivo, entre el personaje del libro y yo es que no se ha casado y no ha tenido hijos. Un hijo te ecualiza y te pone en un lugar completamente diferente.

¿Crees que un escritor para ser bueno debe haber vivido?

La idea del escritor vitalista, del viva primero y escriba después, o sea, la idea de Hemingway corriendo en Pamplona con los toros detrás para poder escribir de eso, se me hace una tontería, tan tontería como el del que está encerrado en su cuarto con la máquina de escribir o con una pluma de ganso. Sí ayuda, hay que conocer, hay que ver las cosas.

El escritor en tu libro interactúa con lectores, ¿qué pasa con los lectores?

Hay tanta clases de escritores como de lectores. Una de las maneras de dividir a los escritores es que están los lectores que escriben y los escritores que leen. Yo soy claramente un lector que escribe.

Luego está el lector que lee el libro que tiene que leer porque todo el mundo lo está leyendo en ese momento, que entonces tiene una necesidad de pertenencia, y el que  tiene que leer al que no está leyendo nadie para sentirse singular y único. Los dos extremos me parecen “enfermitos”.